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Auschwitz, 27 de Enero de 1945.





El 27 de enero de 1945 el Ejército soviético abría las puertas del infierno en Auschwitz II-Birkenau. Cerca de 7.000 prisioneros, más de 600 menores, recuperaban la libertad tras sobrevivir al horror. 

Transcribimos los recuerdos de Primo Levi, prisionero de Auschwitz, el día de la liberación hace 70 años.



La primera patrulla rusa avistó el campo hacia mediodía del 27 de enero de 1945. Charles y yo fuimos los primeros en divisarla: estábamos llevando a la fosa común el cadáver de Sómogyi, el primer muerto de nuestros compañeros de habitación. Volcamos la camilla sobre la nieve sucia, porque la fosa estaba llena ya y no había otra sepultura: Charles se quitó el gorro, saludando a los vivos y los muertos.

Eran cuatro soldados jóvenes a caballo, que avanzaban cautelosamente, metralleta en mano, a lo largo de la carretera que limitaba el campo. Cuando llegaron a las alambradas se pararon a mirar, intercambiando palabras breves y tímidas, y lanzando miradas llenas de extraño embarazo a los cadáveres descompuestos, a los barracones destruidos y a los pocos vivos que allí estábamos.

Nos parecían asombrosamente corpóreos y reales, suspendidos (la carretera estaba más en alto que el campo) sobre sus enormes caballos, entre el gris de la nieve y el gris del cielo, inmóviles bajo las oleadas de viento húmedo y amenazador del deshielo.

Nos parecía, y era así, que la nada llena de muerte en que dábamos vueltas desde hacía diez días había encontrado su centro sólido, un núcleo de condensación: cuatro hombres armados, pero no armados contra nosotros; cuatro mensajeros de paz, de rostro rudo e infantil bajo los pesados cascos de pieles.

No nos saludaban, no sonreían; parecían oprimidos, más aún que por la compasión, por una timidez confusa que les sellaba la boca y les clavaba la mirada sobre aquel espectáculo funesto. Era la misma vergüenza que conocíamos tan bien, la que nos invadía después de las selecciones, y cada vez que teníamos que asistir o soportar un ultraje: la vergüenza que los alemanes no conocían, la que siente el justo ante la culpa cometida por otro, que le pesa por su misma existencia, porque ha sido introducida irrevocablemente en el mundo de las cosas que existen, y porque su buena voluntad ha sido nula o insuficiente, y no ha sido capaz de contrarrestarla.

Así, la hora de la libertad sonó para nosotros grave y difícil, y nos llenó el ánimo a la vez de gozo y de un doloroso sentimiento de pudor que nos movía a querer lavar nuestras conciencias y nuestras memorias de la suciedad que había en ellas: y de pena, porque sentíamos que aquello no podía suceder; que nunca ya podría suceder nada tan bueno y tan puro como borrar nuestro pasado, y que las señales de las ofensas se quedarían en nosotros para siempre, en los recuerdos de quienes las vivieron, y en los lugares donde sucedieron, y en los relatos que haríamos de ellas. Pues —y éste es el terrible privilegio de nuestra generación y de mi pueblo— nadie ha podido comprender mejor la naturaleza incurable de la ofensa, que se extiende como una epidemia. Es una necedad pensar que la justicia humana pueda borrarla. Es una fuente de mal inagotable: destroza el alma y el cuerpo de los afectados, los apaga y los hace abyectos; reverdece en infamia sobre los opresores, se perpetúa en odio en los supervivientes, y pulula de mil maneras, contra la voluntad misma de todos, como sed de venganza, como quebrantamiento de la moral, como negación, como cansancio, como renuncia.



Estas cosas, confusas entonces, y advertidas por la mayoría sólo como una súbita oleada de cansancio moral, acompañaron nuestro gozo por ser liberados. Por ello, pocos de nosotros corrimos al encuentro de los salvadores, pocos caímos de rodillas. Charles y yo nos quedamos en pie junto al hoyo desbordante de miembros lívidos mientras los demás tiraban las alambradas; luego volvimos con la camilla vacía a llevar la noticia a nuestros compañeros.

Durante el resto del día no sucedió nada, cosa que no nos sorprendió y a la que estábamos acostumbrados hacía mucho tiempo. En nuestra habitación la litera del muerto Sómogyi fue ocupada inmediatamente por el viejo Thylle, ante la visible repulsión de mis dos amigos franceses.

Thylle, por lo que yo sabía entonces, era un «triángulo rojo», un prisionero político alemán, y era uno de los ancianos del Lager; como tal había pertenecido por derecho propio  la aristocracia del campo, no había trabajado manualmente (al menos en los últimos años) y había recibido alimentos y ropas de su casa. Por estas razones, los «políticos» alemanes eran raramente huéspedes de la enfermería, en donde por otra parte gozaban de varios privilegios: el primero de ellos, el de escapar a las selecciones. Como en el momento de la liberación era él el único, había sido investido por los SS que huían, del cargo de jefe de barracón del Block 20, del que formaban parte, también, además de nuestra sala de enfermos altamente contagiosos, la sección de TBC y la sección de disentería.

Como era alemán, se había tomado muy en serio aquel precario nombramiento. Durante los diez días que mediaron entre la partida de los alemanes y la llegada de los rusos, mientras cada uno libraba su última batalla contra el hambre, el hielo y la enfermedad, Thylle había hecho diligentes inspecciones de su recientísimo feudo, controlando el estado de los suelos y de las escudillas y el número de las mantas (una por huésped, vivo o muerto). En una de sus visitas a nuestra habitación había hasta elogiado a Arthur por el orden y la limpieza que había sabido mantener; Arthur, que no entendía alemán, y mucho menos el dialecto sajón de Thylle, le había contestado «viejo asqueroso» y «puta de los boches»; a pesar de ello Thylle, desde aquel día en adelante, con evidente abuso de autoridad, había cogido la costumbre de venirse todas las tardes a nuestra habitación para servirse del cómodo retrete que teníamos instalado allí, el único en todo el campo que se limpiaba regularmente, y el único situado en la proximidad de una estufa.

Hasta aquel día el viejo Thylle había sido para mí un extraño, y por ello un enemigo; además, un poderoso, y por ello un enemigo peligroso. Para la gente como yo, es decir, para la mayoría del Lager, no había más matices: durante el larguísimo año transcurrido en el Lager yo no había tenido ni curiosidad ni ocasión de indagar en las complejas estructuras de la jerarquía del campo. El tenebroso edificio de los poderosos malvados estaba por encima de nosotros, y nosotros mirábamos al suelo. Y sin embargo fue este Thylle, viejo militante endurecido por cien luchas por su partido y dentro de su partido, y petrificado por diez años de vida feroz y ambigua en el Lager, el compañero y el confidente de mi primera noche de libertad.



Durante todo el día habíamos tenido demasiado que hacer para tener tiempo de comentar el acontecimiento que, sin embargo, sentíamos marcaba el punto crucial de toda nuestra vida; y tal vez inconscientemente lo habíamos buscado, el quehacer, precisamente con el fin de no tener tiempo, porque frente a la libertad nos sentíamos desvanecidos, vacíos, atrofiados, incapaces de desempeñar nuestro papel.

Pero llegó la noche, los compañeros enfermos se durmieron, también Charles y Arthur se quedaron dormidos con el sueño de la inocencia, porque estaban en el Lager hacía solamente un mes y todavía no habían absorbido todo su veneno: solo yo, aunque agotado, no podía dormirme, por el mismo cansancio y por la enfermedad. Tenía doloridos todos los miembros, la sangre me golpeaba convulsamente en la cabeza, y me sentía invadido por la fiebre. Pero no era eso sólo: como si hubiese caído un dique, precisamente en aquel momento en que todas las amenazas parecían desaparecer, en que la esperanza de un retorno a la vida dejaba de ser una locura, me sentía vencido por un dolor nuevo y más vasto, antes sepultado y relegado fuera de los límites de la conciencia por otros dolores más urgentes: era el dolor del exilio, de la casa lejana, de la soledad, de los amigos perdidos, de la juventud perdida, y de la multitud de cadáveres que había a mi alrededor.

Durante el año que había estado en Buna había visto desaparecer a las cuatro quintas partes de mis compañeros, pero no había sentido nunca la presencia concreta, el asedio de la muerte, su hálito sórdido a un paso, al otro lado de la ventana, en la litera de al lado, en mis propias venas. Yacía, así, en un duermevela enfermo y lleno de pensamientos funestos.

Pero pronto me di cuenta de que alguien más velaba. A la respiración pesada de los durmientes se sobreponía a ratos una inhalación ronca e irregular, interrumpida por golpes de tos y por gemidos y suspiros sofocados. Thylle lloraba, con fatigoso y desvergonzado llanto de viejo, insoportable como la desnudez senil. Tal vez se dio cuenta, en la oscuridad, de algún movimiento mío; y la soledad que hasta aquel día ambos, por diversos motivos, habíamos buscado, debía de pesarle tanto como a mí, porque en mitad de la noche me preguntó: «¿Estás despierto?», y sin esperar respuesta se encaramó con gran trabajo hasta mi litera, y se sentó autoritario junto a mí. No era fácil entenderse con él; no sólo por motivos de idioma sino también porque los pensamientos que teníamos en el pecho durante aquella larga noche eran desmesurados, maravillosos y terribles, pero sobre todo confusos. Le dije que sentía nostalgia; y él, que había dejado de llorar, «¡diez años!», me dijo, «¡diez años!»: y después de diez años de silencio, con un hilo de voz estridente, grotesco y solemne a un tiempo, se puso a cantar la Internacional dejándome turbado, desconfiado y conmovido.



La mañana nos trajo las primeras señales de libertad. Llegaron (evidentemente mandados por los rusos) una veintena de civiles polacos, hombres y mujeres, que con escasísimo entusiasmo empezaron a moverse para poner orden y limpieza entre los barracones y llevarse los cadáveres. Hacia mediodía llegó un niño asustado que arrastraba una vaca por el cabezal: nos dio a entender que era para nosotros y que nos la mandaban los rusos, luego abandonó el animal y salió huyendo como quien lleva el diablo. Imposible decir cómo el pobre animal fue muerto en pocos minutos, vaciadas sus entrañas, descuartizado, y cómo sus despojos se esparcieron por todos los rincones del campo donde anidaban los supervivientes.

A partir del día siguiente vimos dar vueltas por el campo a más muchachas polacas, pálidas de compasión y de asco: limpiaban a los enfermos y les curaban las heridas lo mejor que podían. También encendieron una hoguera enorme en medio del campo, que alimentaban con los pedazos de los barracones derrumbados, y sobre la que hacían una sopa en recipientes improvisados. Por fin, al tercer día se vio entrar en el campo una carreta de cuatro ruedas guiada festivamente por Yankel, un Häftling: era un joven judío ruso, puede que el único ruso entre los supervivientes y, como tal, se había encontrado naturalmente revestido de la función de intérprete y de oficial de enlace con los mandos soviéticos. Entre sonoros trallazos anunció que estaba encargado de llevar al Lager central de Auschwitz —transformado en un hospital gigante— a todos los que quedábamos vivos, en grupos pequeños de treinta o cuarenta al día, empezando por los enfermos más graves.

Mientras tanto había empezado el deshielo que temíamos hacía tantos días y a medida que la nieve iba desapareciendo el campo se convertía en una sucia ciénaga. Los cadáveres y las inmundicias hacían irrespirable el aire nebuloso y blando. Y la muerte no había dejado de atacar: morían a decenas los enfermos en sus literas frías, y morían acá y allá, por las carreteras fangosas, como fulminados, los supervivientes más ávidos que, siguiendo ciegamente los impulsos imperiosos de nuestra antigua hambre, se habían atracado con las raciones de carne que los rusos, que seguían enzarzados en combate en frentes no lejanos, nos hacían llegar al campo irregularmente: unas veces poco, otras nada, otras en una abundancia disparatada.

Pero de todo cuanto ocurría a mi alrededor yo no me daba cuenta más que de manera intermitente y confusa. Parecía que el cansancio y la enfermedad como bestias feroces y viles, hubiesen estado en acecho al momento en que me despojaba de toda defensa para echárseme encima. Yacía en un torpor febril, consciente sólo a medias, fraternalmente asistido por Charles, atormentado por la sed y por agudos dolores en las articulaciones. No había médicos ni medicinas. Me dolía también la garganta y tenía media cara hinchada: la piel se me había puesto roja y rugosa, y me ardía como si me hubiese quemado; tal vez sufría de muchas enfermedades a la vez. Cuando me llegó la hora de subir a la carreta de Yankel ya no podía tenerme en pie.

Me alzaron al carro Charles y Arthur, junto con una carga de moribundos de los que no me sentía muy distinto. Lloviznaba, y el cielo estaba bajo y oscuro. Mientras el lento paso de los caballos de Yankel me arrastraba hacia la lejanísima libertad, desfilaron por última vez ante mis ojos los barracones donde había sufrido y había madurado, la plaza de la Lista en la que se erguían ahora, una cosa al lado de la otra, la horca y un gigantesco árbol de Navidad, y la puerta de la esclavitud sobre la que, ya inútiles, se leían aún las tres palabras sarcásticas: «Arbeit Macht Frei», «El trabajo nos hace libres».

Primo Levi
"La Tregua" - Capítulo I "El deshielo"




1280. Te recuerdo Amada ...

María Torres / 26 Enero 2015

Recuerdo a Amada García en esta fecha, cuando se cumplen 77 años de su asesinato. Aprendí de ella a través de los ojos de su hijo Gabriel, que imaginaba sus caricias, el sabor de la cálida leche que brotaba de sus senos y el amoroso abrazo que le unió a ella apenas tres meses. La muerte les separó el 27 de enero de 1938. Amada se aferraba a él más que a su propia vida hasta minutos antes de perderla cuando un pelotón de fusilamiento rompió su cuerpo y su alma contra el muro del castillo de San Felipe, entonces habilitado como cárcel. Dicen que los soldados que componían el pelotón se resistieron a cumplir la orden y en una primera descarga dispararon al aire antes de acabar con su vida.

También cuentan que hubo presos que se ofrecieron a morir por ella, incapaces de soportar la desgarradora imagen de una madre abrazada a su pequeño hijo. No hubo clemencia. Sus 27 años de vida y lucha quedaron diseminados contra la piedra del paredón y la tierra que acogió su cuerpo.

No perdonaron a Amada. Decían que era roja y revolucionaria, que había bordado la hoz y el martillo en una bandera que escondía en su casa. Ellos desconocían que era una de tantas mujeres que florecieron con la República. Comunista, buena oradora, luchadora en favor de los derechos de las mujeres y de la libertad y la justicia. Por esto y solo por esto decidieron matarla.

Había nacido en Mugardos, y allí vivía con su marido Gabriel y una hija. Cuando se produjo el golpe de estado en julio de 1936, las autoridades de Mugardos organizaron la resistencia. Amada ayudó y alentó la defensa del pueblo contra la barbarie fascista que no tardó en invadir Galicia. Pero mucho antes que eso ocurriera ella ya se había ganado las antipatías de los sectores conservadores de Mugardos que recordaban su participación en la campaña del Estatuto de Autonomía.

Cientos de páginas con falsas acusaciones componían el sumario que la sentenció a muerte. A punta de pistola obligaron a sus vecinos a firmarlas. A punta de pistola negaron a varios la posibilidad de retractarse cuando lo solicitaron. Ninguno de los cargos que pesaron sobre ella en el consejo de guerra sumarísimo celebrado en Ferrol el 1 de diciembre de 1937 por delito de rebelión era cierto. Le fueron aplicadas todas las agravantes, incluida la de género. (1)

De nada sirvieron los informes favorables y las peticiones de clemencia del Alcalde y el Párroco de Pontedeume, así como las del párroco y el coadjutor de Mugardos.  Es más, por tratar de ayudarla los sacerdotes fueron desterrados. Para el presidente del Tribunal, el teniente coronel Romero, los únicos informes verídicos eran los de Vázquez Fariña, alcalde de Mugardos tras la sublevación y expresidente del comité del Partido Radical.

Amada estaba embarazada y sus verdugos decidieron esperar a que naciera el niño para ejecutar la condena. La llevaron a la cárcel de mujeres de Ferrol y el 31 de octubre de 1937, en una fría madrugada en la que los dolores del parto la dejaban sin respiración, fue trasladada al hospital de caridad, donde tuvo que parir bajo la vigilancia de un guardia armado. Así nació Gabriel, el único varón, el niño que nunca pudo abrazarla ni sentir su cálido aliento.

88 días después la colocaron ante un pelotón de fusilamiento. No estaba sola. Junto a ella morirían Juan José Teijeiro Leira, José María Montero Martínez, Ángel Rodas Gelpi, Antonio Eitor Caniña, Ramón Rodríguez López, Jaime González Pérez y Germán López García.

Ese mismo día, a la misma hora, un pequeño bote cruzaba la Ría alejándose de la fortaleza militar. Navegaba bajo el estruendo de la descarga de los fusiles. En él iban sus hijos y su marido, que más tarde sería encarcelado.

Gabriel se crío junto a los padres de Amada, Juan y Petronila, un pescador y una redeira. Creció y vivío lleno de tristeza y atesorando el recuerdo de su madre, hasta el 2 de mayo de 2014 en que murió. Desde ese día está con ella en una fosa del cementerio de Serantes. De nuevo juntos después de 76 años.



(1) (Causa  379/37, contra veciños de Mugardos y Ares) Fueron procesasas 64 personas, entre ellas tres mujeres. Se realizaron dos juicios.





1279. Emérita en Palomera.




Segaba la niña
y ataba,
y a cada manadita,
descansaba.
(Popular)


Cuenca es el lugar más apartado del mundo; lo está por leguas y leguas de tiempo y nada de lo que hoy es le llega. Aunque por Carretería cruzan los automóviles y se encienden los anuncios de los cines todo esto resbala sobre la ciudad, sin abrir brecha en su aislamiento. Al fin y al cabo, esta avenida «a la moderna», con asfalto y todo en las aceras, no tiene, otra función que la de ser el medio por donde Cuenca elimina lo nuevo que pugna por pegársele. 

Metiéndose ciudad adentro, cogido entre la maraña de sus calles y los cerros de junto al río, arranca el camino a Palomera. Antes de llegar a este pueblo, desviado de la carretera un buen trecho hacia la izquierda, está Molino de Palomera, rincón ya tan fuera del mundo que está detrás de Cuenca, defendido por ella de todos sus vaivenes.

Es una aldehuela de esas que pueden servir de ejemplo del tesón con que los españoles se agarran a la vida donde pueden y echan raíces en las propias rocas. Ni una sola de esas razones históricas o geográficas que por millares tienen clasificadas los urbanistas para justificar el origen de los pueblos valdría para ser la del suyo. Es cierto que en tiempos y en el arroyo tumultuoso que por allí pasa hacia el Júcar, hubo montada una máquina eléctrica, pero hacía tres o cuatro siglos que existía ya el pueblo como ahora sigue existiendo cuando de aquella máquina no quedan más que unos cuantos hierros mohosos. La gente se ha venido a vivir aquí tal vez porque no encontrara otro sitio donde hacerlo en más fiera lucha contra la naturaleza y contra todo.

Emérita nació en el Molino hace trece años. Como todos los niños que se crían entre estas breñas, estuvo al borde de la muerte a los pocos meses de su vida, pero —tan rubia y tan menuda como es—, salvó con suerte la barrera en que los demás suelen quedarse. Ella misma ha visto morir a los cinco hermanos suyos que vinieron después. Nadie sabe muy bien como esta criatura, tan delicada que parece, pudo burlar la terrible acechanza. Su madre dice: «¡Es tan lista!», y cree firmemente que fué su habilidad, lo despierta que es esta niña, quien la puso a salvo de la muerte, la hizo escurrirse de entre sus dedos.

Emérita es una trabajadora. Sabe hacer todo lo que se hace en el pueblo, hasta bollos de manteca; pero en lo que más se ocupa es en coser y bordar. Lo hace muy limpio, y su trabajo significa una gran ayuda a la casa cuando la madre baja al mercado y vende los paños que la chica deshila y puebla luego de esos monstruos que sólo ha visto en su fantasía: dragones de color naranja y color verde, pájaros con crestas descomunales, peces, matas de extrañas flores.

En los meses de invierno también va por los montes en busca de aliagas y tomillos para el fuego. Son pocos en la casa, el padre está en el campo y la madre al horno. Emérita es quien mejor puede hacer estas cosas y por eso a ella se le encargan.

De ir a los montes vecinos, de pasar por Palomera y las carreteras de alrededor, Emérita ha comprendido que es la guerra que sacude España, por qué los hombres luchan y contra quien se matan. En el Molino no saben mucho de esto y ni apenas se habla de ello. Están demasiado encerrados entre piedras, empedernidos en las mismas preocupaciones de siempre, para que les llegue nada de lo que sucede fuera. 

Emérita no puede hablar con nadie, y sólo meterse en cavilaciones sobre lo que en una y otra parte escucha. Pero una cosa se le está muy clara: que se han abierto ríos de sangre para que la gente no se seque entre matojos, se consuma en la agría cerrazón de aquellas sierras. 

El siete de agosto, Emérita hizo su hato y, como todos los días, bajó del Molino a Palomera, pero para no volver a la noche. Había siega abundante, faltaban brazos y estaba decidida a prestar los suyos.

Se apuntó en una de las cuadrillas y la pusieron para atar las mieses. El trabajo era duro, el sol muy fuerte. Emérita, a duras penas podía seguir al que segaba. Parecía como si los surcos crecieran interminablemente y cada vez fuesen más anchos y más blanda la tierra que los formaba. Sentía sus pies hundirse más hondo a cada nuevo paso; por momentos el peso de la fatiga redoblaba el de su cuerpo.

Hubo un instante en que temió no poder sostenerse ya más. Se sentía vencida, aplastada. Después de él ni volvió a sentir su cuerpo. No le dolían los brazos ni la espalda, las piernas ya no le flaqueaban al agacharse. Estaba segura de que lo mismo que pudo cumplir aquella jornada, después de que pasó aquel angustioso trance en que todas las fuerzas a la vez le huían, podría haber seguido empalmando el trabajo de un día al otro sin advertir el esfuerzo. Era como si alguien trabajase por ella. Maquinalmente cogía los haces; los ataba, de nuevo los tendía sobre la tierra y en nada parecía que interviniesen sus manos.

La cara vuelta hacia la tierra, encorvada en los surcos, Emérita sentía como una fuerza inmensa que la empujaba y sostenía en su trabajo. Los niños no volverían a perderse, como semilla que no pesa, al aire, ni los días huirían la sierra iguales de vacíos y de lánguidos. En el Molino, las ruinas de la fábrica serían la fábrica y todo se llenaría del ruido de las máquinas. Por los caminos, por muchos, muchos caminos que se entrecruzaban, iban los hombres afanosos, alegres de su trabajo. Sobre Palomera y el Molino, sobre Cuenca, sobre España se abría pródiga la victoria.


Abrazó el haz contra su pecho. Luego lo ataría. 


Vicente Salas Viu, "Tres historias ejemplares"
Cerro Gordo, Teruel, abril de 1938 
Publicado en Hora de España, Valencia, Junio 1938





1278. Viaje a la aldea del crimen XIII

Miedo en los «de abajo». El guardia, el señor y el alcalde pedáneo. Ayuntamiento, no hay.


La esperanza orientaba a los grupos de campesinos a través de la obscuridad. Iban a casa de «Seisdedos». Volvían del Sindicato. Se agrupaban en los rincones sin demasiada precaución, y se cambiaban palabras y cartuchos. Estos movimientos llegaron a conocimiento de las autoridades, naturalmente. El cura, un jovenzuelo que vive en la fonda y que pasea por la plaza con el libro de horas. El sargento y los tres guardias civiles. El alcalde. Pero éste —Juan Bascuñana— no daba importancia a aquéllo. No estaba en ninguno de los dos bandos. La autoridad se la habían dado de arriba, pero tampoco estaba seguro de que fuera verdadera autoridad. Allí la autoridad estaba en la casa-cuartel. Era alcalde a disgusto, porque sólo podía ser un instrumento más al servicio del orden. Y el orden era allí la casacuartel. Mientras la Guardia civil velaba por el orden hacían sus números los propietarios. Había un presupuesto del Estado para la autoridad armada y rentas pingües para los propietarios. Él, que no cobraba sino cuando trabajaba, no podía ser verdadera autoridad, ni veía en el orden público el mismo orden de las autoridades. Pero tampoco era obrero, porque para serlo íntegramente había que estar en el Sindicato. En definitiva, creía que todo seguiría siempre como cuando nació. Y que los campesinos eran hombres honrados, incapaces de verdaderos crímenes. No comprendía bien el miedo de los cuatro propietarios al afianzar las cerraduras de la cancela, repasar los contrafuertes de las ventanas y dejar y volver a coger el rifle o la pistola con la obsesión de ser esclavos de su propiedad, como los otros de su hambre. En las familias de los propietarios se hablaba de listas negras, en las que aparecen los nombres de los que han de ser degollados y las mujeres burguesas que han de ser repartidas. El alcalde les dice que son cuentos, y entonces los propietarios miran al alcalde con recelo. ¿No será de los otros? ¿No será un espía? El alcalde pretende disuadirles. Es sereno y reflexivo, y cree que todo aquello está fuera de lugar. No le hacen caso. Ve en las miradas rencor y escama, y se va a la calle pensando que algún remordimiento llevarán en la conciencia para tanto sobresalto. Se dirige al Sindicato, pero no llega, porque observa el mismo recelo y despego en los obreros. Antes, esa actitud, siendo la misma, no era agresiva, como esta noche. Se dirige entonces al cuartel. El sargento se ha quitado las polainas y lleva las cuerdas del pantalón gris en torno a la rodilla. Se cubre la cabeza con un gorro de cuartel. Va a hacer él alcalde algunas observaciones al sargento, pero éste no le escucha. «Leña es lo que necesitan esos vagos. El pueblo está envenenao.» El alcalde quiere advertirle que los campesinos deben ser tratados humanitariamente. Pero el sargento le acompaña a la puerta, le da un pitillo y le dice:

—Si pasa algo, venga usted aquí.

Se va el alcalde, una vez más, con la impresión de no ser alcalde, de no ser nadie. Todos pueden más que él. Recuerda que una vez habló de las leyes republicanas a los obreros, y éstos replicaron que ni comían con la monarquía ni con la República; que les habló de la República a los propietarios, y éstos respondieron: «¿Qué República?» Y que, al referirse en cierta ocasión a las libertades individuales con la Guardia civil, ésta le dijo muy atenta: «Mire usted: aquí, con todos los respetos, lo que rige es nuestro reglamento orgánico. Las Ordenanzas.»

No hay Ayuntamiento en el pueblo, porque es un agregado de Medina Sidonia. Aunque lo hubiera, como el Sindicato no va a las elecciones, es «apolítico», el Ayuntamiento sería un órgano artificial e ineficaz. Pero, además, ¿qué Ayuntamiento armonizador cabe en un pueblo donde sólo existe un hombre no ligado directamente al interés de clase? ¿Qué Ayuntamiento republicano cabe en un pueblo donde sólo hay un republicano? Porque Bascuñana, el alcalde pedáneo, es el único republicano que hay en Casas Viejas. Un republicano ingenuo y de buena fe, que cree que todas las cosas tienen arreglo dentro de la República con intención recta y con «buena voluntad».



Ramón J. Sender
Viaje a la aldea del crimen (Documental de Casas Viejas) 1933














En la imagen Juan Bascuñana Astudillo, el alcalde pedáneo.





1277. Insomnio. Madrid es una ciudad de un millón de cadáveres.






Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas).

A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro, y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o huir blandamente la luz de la luna.

Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, huyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.

Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma, por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid, por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.

Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre? ¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día, las tristes azucenas letales de tus noches?


Dámaso Alonso,  (22 de octubre 1898-25 de enero 1990)
Hijos de la ira, 1944.



27 de Enero - RECORDAR.





RECORDAR y hacer un alto para condenar sin reservas cualquier manifestación de intolerancia, de acoso o violencia, contra personas o comunidades basada en su origen étnico o en sus creencias religiosas.

DENUNCIAR a quienes trivializan o niegan el genocidio.

RECORDAR al pueblo judío, republicanos españoles y personas de izquierda, pueblo gitano, homosexuales y discapacitados que fueron masacrados sin piedad y sin más motivo que el odio.

6.184.812 víctimas del exterminio nazi.






1275. Marcelino Bilbao Bilbao.


Recordamos a Marcelino Bilbao Bilbao, cuando se cumple el primer aniversario de su muerte en Poitiers. La imagen que podréis ver al final del texto nos la ha hecho llegar su sobrino, Axio Villegas. Nuestro agradecimiento a Marcelino, siempre.


CNT Guipuzkoa / 14 enero 2010

Abandonado por sus padres biológicos, no se conoce la fecha exacta de su nacimiento, pero se cree que Marcelino Bilbao nació el 16 de enero de 1920 en Alonsotegui, pueblo de la margen izquierda de Bilbao. Una familia numerosa y humilde lo acoge en su seno, ofreciéndole el mismo cariño que a todos sus hermanos adoptivos. Obligado por su maestro a dejar la escuela a los doce años, empieza, temporalmente, a trabajar junto a su padre en la mina “La Primitiva”. Poco después comenzará a trabajar en la fábrica de hilaturas de yute “Rica”, lugar en el que comenzará a desarrollar su activismo político. Al amparo de su hermano Jesús, a los trece años comienza a participar en las distintas manifestaciones, huelgas y sabotajes que se llevan a cabo en Bilbao durante la II República. Miembro de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), al estallar la guerra se une a un grupo de anarquistas que se movilizan para hacer frente a la sublevación en Euzkadi.

Los primeros batallones anarquistas se forman en septiembre de 1936 y Marcelino se integra en el batallón “Isaac Puente” de la CNT. En noviembre comienza la ofensiva sobre Villarreal, el primer choque importante entre los dos bandos en Euzkadi, y Marcelino destaca en una acción de valor que le granjeará la simpatía de los oficiales anarquistas que poco antes habían desconfiado por su filiación socialista. En febrero y marzo de 1937 el “Isaac Puente”, integrado en la 1º Brigada de las Brigadas Expedicionarias Vascas, lucha por la conquista de Oviedo; pero vuelve al País Vasco para frenar la ofensiva que Mola está llevando a cabo contra Vizcaya. El 26 de abril Marcelino es testigo directo del bombardeo de Gernika, en el que ayuda a la población civil a evacuar la villa recogiendo a niños y mujeres aterrorizados. Sigue luchando junto a los efectivos asturianos en Sollube y Peñas de Lemona y es herido dos veces.

Después de la caída de Bilbao empieza a ejercer de teniente, grado con el que combatirá hasta el final de la guerra. Tras la caída de Santander en manos de los nacionales, el “Isaac Puente” es junto al “Larrañaga” y el “Zabalbide” uno de los tres batallones vascos que continúan combatiendo en el norte hasta el final de la guerra. Ya en Asturias, el “Isaac Puente” destaca en los combates del Mazuco. Por estos combates el presidente del Consejo de Asturias, Belarmino Tomas, condecorará a todo el batallón con la Medalla de la Libertad entregada al comandante Antonio Teresa de Miguel.

En la caída del frente norte, Marcelino Bilbao junto a algunos compañeros intenta evadirse por mar en Gijón, pero la presencia de la quinta columna los disuade y finalmente consiguen embarcar en Avilés rumbo a Burdeos.

Tras algún que otro incidente con los gendarmes, los supervivientes de la guerra en el norte son trasladados en tren hasta Cataluña. Después de unos días de descanso en Figueras junto a las Brigadas Internacionales, en diciembre de 1937 Marcelino Bilbao se encuadra en la “63. compañía de ametralladoras maxim” de la DECA. Como teniente es el responsable de tres ametralladoras antiaéreas que eran transportadas sobre camiones Katiuska.

En febrero de 1937 participa en la Batalla de Teruel, donde conoce a Valentín Gonzalez, “El Campesino”. Tras la fracasada ofensiva sobre Teruel, la compañía va reculando por el río Segre hasta llegar a Lerida, donde otra vez coincide con Valentín Gonzalez (“El Campesino”) y Enrique Lister. A finales de 1938 es trasladado a la Batería nº 528 Oerlikon de la DECA, y el 9 de febrero pasa la frontera por la Junquera.

Una vez llegado a Francia comenzará la verdadera odisea de Marcelino, en el que pasará de un calvario a otro mayor. Primeramente, es retenido en el campo de concentración de Saint-Cyprien, del que intenta evadirse sin resultado. Después se le traslada al campo de concentración de Argelés sur mer, donde entre otros horrores, ve morir a niños recién nacidos. Finalmente es trasladado al campo que el Gobierno Vasco construye en Gurs. Allí conoce a José María Agirre, compañero de fatigas durante el holocausto y futuro cuñado.

Desde Gurs es trasladado a Tarbes, donde tiene que ingresar en la “25 compañía de trabajo”. Después de una corta estancia en Septfonds (donde verá el trato inhumano al que estaban sometidos los soldados de la II República) es trasladado junto a José María a la Línea Maginot. Hecho prisionero por los nazis en Epinal en junio de 1940, es trasladado al Stalag de Estrasburgo (número de identificación 3293).

El 13 de diciembre de 1940 llega al infierno de Mauthausen. Allí se encuentra con su amigo bilbaíno Ángel Elejalde, internado seis meses antes en Mauthausen, es éste quien le avisará de las atrocidades del campo. Gracias a este aviso, en un primer momento, Marcelino se une al grupo de trabajo de los jardineros, del que será expulsado por su desconocimiento en la materia. Bajado a la cantera de Mauthausen, logra sobrevivir gracias a su picaresca y su juventud. Le abren la cabeza con la punta de un pico, enferma hasta agonizar, participa en un experimento que el doctor Aribert Heim lleva a cabo con 30 prisioneros y de los cuales solamente sobrevivirán 7...

Finalmente el 10 de abril de 1943 abandona definitivamente Mauthausen para trasladarse al campo anexo de Ebensee. Allí, gracias a la experiencia adquirida y al grupo de republicanos españoles, consigue hacerse con un puesto en la cocina del campo.

Ante la retirada de los nazis de todos los frentes, participa en el aparato de resistencia del campo creado a fin de evitar la matanza de todos los prisioneros y testigos del holocausto de Mauthausen y Ebensee. Este aparato conseguirá desbaratar los planes que tiene el mando del campo para enterrar en vida a los prisioneros en varios túneles y será el que por fin, el 5 de mayo de 1945 libere el campo de Ebensee.

Tras una última odisea por Austria junto a otros compañeros, consigue llegar a pie hasta Paris, donde será atendido por el Gobierno Francés. Ante la imposibilidad de volver a España y sin un hogar al que retornar, acude a casa de su compañero José Mari Aguirre. La familia Aguirre Salaberria, instalada en Chatellerault, le acoge en su seno como a un miembro más de la familia, y es aquí donde conoce a su futura mujer: Mercedes Aguirre.

En su nueva vida de civil Marcelino Bilbao comienza a trabajar en una pequeña lechería. Más adelante cambiará de lechería y en total trabaja diecisiete años en este ramo. También practica el fútbol en el equipo de Dissay, deporte en el que destaca desde la infancia y hasta en el infierno de Mauthausen.

Por última vez cambia de trabajo y durante los siguientes quince años trabaja en una fábrica petroquímica. En esta fábrica en la que hay trescientos empleados se afilia a la CGT y se sumerge otra vez en el mundo sindical: A consecuencia de la poca conciencia social que hay en la comarca, solamente son doce los compañeros afiliados a los distintos sindicatos, y será este grupo el que lleve la iniciativa en las distintas huelgas así como el que realiza labores de agitación y propaganda. Finalmente esta agitación sindical no será óbice para que el director de la fábrica le muestre su cariño al marcharse por su jubilación.

Actualmente Marcelino Bilbao vive en Chatullerault, es padre de dos hijas y abuelo de una nieta. Se interesa por el desarrollo de la humanidad, sigue con pasión al Athletic Club de Bilbao, no olvida el sufrimiento que padecieron y sobre todas las cosas intenta mantener vivo el recuerdo de los compañeros que perecieron en el camino.





1274. La vocación y el deber.




Al estallar la guerra le faltaban un par de asignaturas para acabar su carrera de médico. Pensaba sacarlas en septiembre y al invierno instalar una clínica con otro amigo en un barrio obrero. Llevaba ya algún tiempo ejerciendo y hasta contaba con clientela y todo para empezar.

Con la sublevación fascista todo había cambiado. Enrique Padrón se presentó voluntario y fué encargado con otros camaradas de organizar los primeros hospitales de guerra con que contaron las milicias. Después, ya constituido el Ejército regular, fué agregado a una de sus Brigadas.

La dureza de la guerra le había hecho más silencioso, más reconcentrado que lo fuera antes. Tenía fama de sombrío entre sus compañeros y, aunque jamás se le oyó una voz más alta que otra, las enfermeras sentían verdadero pánico a su supuesto malhumor y por nada del mundo se atreverían a cambiar con él la menor broma. Pero todo esto en realidad le rodeaba de un prestigio extraño que más que aislarle del resto de sus camaradas, hacía que se sintieran atraídos hacia él por no sé qué misteriosa fuerza. 

Habían corrido sobre Padrón mil historias disparatadas. De todas ellas lo único que quedaba de cierto, era que a la hora de las verdades, cuando en la destreza o en la rapidez de una intervención va la vida de un hombre, era un cirujano estupendo, de una habilidad increíble.

Fué en los días del ataque a Teruel, en uno de los más movidos de aquella batalla.

El puesto de socorro había sido trasladado dos veces desde la madrugada. Parecía como si alguien avisase a la artillería enemiga la situación exacta que ocupaba cada vez.

Ahora estaba en buen sitio. La cueva tenía encima un monte entero. Estaba abierta en la falda de la Muela y la mole de arena de ésta la resguardaba del luego contrario. En cuanto a la aviación, ya podía tirar lo que quisiera.

Había desaparecido la visión obsesionante entre los sacos terreros de aquel árbol solitario sobre la tierra roja, descamado por la metralla. Padrón podía ahora concentrar toda su atención en el trabajo. De fuera no llegaba más que el sonido apagado de las explosiones cercanas y algún que otro ramalazo de ametralladora. Parecía como si el silencio denso de dentro de la cueva se apretara también en su cerco para aislarla de todo. Por primera vez en aquellos días, Padrón se sentía un médico entre sus enfermos y nada más. No existía para él otra realidad que esta, y hasta la terrible presencia de la guerra se desvanecía de sus sentidos conforme su trabajo le absorbía.

Sobre la mesa tenía un herido en el vientre. Reconoció despacio la herida, que era grave. El muchacho apenas ya si se quejaba. Su respiración era lenta, fatigosa. Había que operarle allí mismo. Le quedaba muy poca vida, era estrechísimo el margen de tiempo en que intentar salvársela.

Cosió, ligó minuciosamente. El soldado resistía la operación, respondía bien a los estímulos con que se reanimaba su caída naturaleza.

La aviación bombardeaba recio y muy cerca. Caían las bombas todas a un tiempo y los muros de la cueva trepidaban sordamente con lo continuo de las explosiones.

—Ya están de vuelta esos... — dijo el ayudante entre dientes, arrastrando las palabras, cada vez más oscuras, como si poco a poco, por su peso se le hundieran en la garganta.

Hubo necesidad de volver a avanzar en aquella jornada el primer puesto de socorro. Quedaba demasiado lejos de las líneas; el número de los heridos era considerable. El propio Padrón ordenó el traslado a una chabola pegada a la carretera.

Seguía la pelea con el mismo brío de los primeros días, si es que no iba en aumento. Los fascistas contraatacaban con furia.

La humedad de la tierra, el aire que se metía por todas partes hacían el frío insoportable. Se quedaban los dedos rígidos, tiesos como de palo.

Fué dándose cuenta de ello poco a poco y tan blandamente como si se sumergiera en una pesadilla. Igual la realidad se fué apoderando de él, atrayéndole hacia sí. Estallaban los obuses cerca —a veces la metralla desgarraba los sacos terreros de la entrada—, y el aire estaba lleno de voces ahogadas, de jadeos.

Padrón fué comprendiendo todo esto que se le ofrecía entre la tensión de su trabajo en sensaciones desperdigadas, verdadero desbarajuste de trozos sueltos de una realidad incongruente. Algo grave había ocurrido allí en la línea inmediata. El ruido de la fusilería por momentos era más cercano. Sin embargo no era ocasión de atender a otra cosa que a quien sobre la mesa de cura, con la llamada viva de la sangre, reclamaba su ayuda. Pasara lo que pasase había que continuar. Y continuó.

El fuego se hizo intensísimo, un explosión continua llenaba el aire. Las paredes, el suelo de la cueva vibraban furiosamente. Padrón siguió allí frío, tranquilo, ocupándose de sus heridos. Lo hizo así hasta que la tierra, derrumbándose, les unió en una misma tumba.


Vicente Salas Viu, "Tres historias ejemplares"
Cerro Gordo, Teruel, abril de 1938 
Publicado en Hora de España, Valencia, Junio 1938




1273. Viaje a la aldea del crimen VII








La casa del «Seísdedos» después de cincuenta y cinco años de trabajo.

Desde el Sindicato, el «Seisdedos» volvió con sus hijos Francisco y Pedro Cruz, de treinta y treinta y ocho años, a la choza. Detrás iban la nieta Mariquilla con Manuel. Iban también el padre de Mariquilla, José Silva, yerno del «Seisdedos»; la vecina Josefa Franco, otro vecino llamado Francisco Lago Gutiérrez, y su hija, Francisca Lago Estadillo, muchacha de dieciocho años. Ésta y Mariquilla subían riendo y bromeando. La torrentera, pelada y blanca, se estrechaba ose abría entre cercas por donde a veces surgían los brazos de las chumberas. La luz eléctrica no llegaba tan alto. Habían quedado las dos ultimas bombillas pegadas a dos esquinas más abajo. Hacía rato que iban subiendo en la obscuridad. No eran las sombras de la noche en el pueblo, sino del campo abierto, del monte, con ráfagas heladas. Esa noche del día 10 ha sido una de las más frías de este invierno en Andalucía. Un frío seco y cortante como el dé Castilla. Abajo quedaba el pueblo en silencio. Serían las ocho de la noche. Les seguían las explosiones a compás del pobre motor de la plaza, cansado siempre y siempre en marcha. Los vecinos de Casas Viejas no conciben la noche sin ese motor, que se oye desde todas partes, y que es como el corazón del pueblo.

Iban cinco hombres y tres mujeres. El viejo Curro Cruz, el «Seisdedos», no hablaba. Su hijo mayor, Pedro, tampoco. El otro, Francisco, era más locuaz y más joven. Las mujeres hacían cálculos de calderilla para el día siguiente, menos la pequeña Mariquilla, que iba con su novio, satisfecha de ver en todo el mundo una esperanza y una inquietud que por primera vez en la vida no era sólo la esperanza de comer ni la inquietud de desagradar a los amos. Una esperanza con responsabilidades, creadora. Había algo nuevo en el pueblo, en la cara de todos, en la mirada de todos. Cuando el grupo llegó arriba, a la choza del «Seisdedos», la obscuridad les impedía verse las caras. Entró Mariquilla y encendió luz. Fueron pasando, encorvados; bajaron los dos escalones abiertos en la tierra. Detrás del último chirriaron unas tablas flojas, mal ajustadas, que nunca se podían cerrar. Estaban en la casa del «Seisdedos». En el repalmar de la cerca había una gallisa que daba un resplandor amarillento. En seguida se notó el olor del humo.

La casa la formaba una sola habitación con el piso de tierra. La techumbre, de paja y ramas secas, caía en forma cónica y la sostenían dos maderos en aspa y algunos listones, reforzando otros podridos por la lluvia, Por fuera tenía el techo un remiendo de lata y otro de hule, procedente, quizá, de la cuna de alguna casa y recogido de los vertederos. Son muchas las casas que hay aquí como la de «Seisdedos». No se veía salida de humos. Luego vimos que no hacía falta. Dentro, la choza medía hasta cuatro metros de lado, y era cuadrada. Aunque parezca que no puede quedar espacio para dos habitaciones, lo cierto es que un pedazo de arpillera remendado con tela que un día pudo ser blanca y clavado en un larguero separaba un rincón donde había una cama de hierro. Era el lujo de la vivienda. Lo demás, pared monda. En una pequeña mesa de pino había un vaso de cinc con asa. Al pie, en el suelo, una lata abollada, de las de petróleo, con una cuerda de cáñamo entrecruzada con alambre. Sobre la mesa, y al lado del vaso de cinc, plomo de postas de caza. Colgadas de dos clavos sobre la pared, dos escopetas, una con la culata rajada. La pared medía dos metros de altura, de los cuales uno era de profundidad, respecto de la calle. Como no ligaban esas dos partes con exactitud, quedaba un pequeño saliente, donde había un retratito en marco de hojalata de la «vieja»—la difunta mujer del «Seisdedos»—, y al lado, un anaquel con su mantel blanco, en el cual se reconoce en seguida la pequeña toalla de los soldados en los cuarteles. Aquel mantelillo procedía de un hurto de Curro o de Pedro, cuando fueron soldados. También había una silla desfondada, erizada de paja por abajo, y dos taburetes, fabricado el uno con un tronco de encina o de alcornoque y el otro con una caja de embalaje. En una viga pegada al fondo había una piel de cabra con dos agujeros para pasar los brazos—una especie de chaleco de abrigo— y tres hoces en muy buen uso con la punta resguardada por una zoqueta de corcho.

Si queremos hacer un inventario minucioso habrá que añadir que había otra lata de las de petróleo debajo de la cama para casos de enfermedad, y una gamella de lata muy parecida a los platos de los soldados, quizá para lavarse. En el espacio libre entre los pies de la cama y el muro, un cajón con alguna ropa. Los cartuchos quemados de la caza los guardan y los vuelven a vender o hacen con el casquillo del fulminante botones o refuerzos para la punta de la vara. Las alpargatas podridas sirven de «burlete» en las junturas de la puerta, y los trozos de suela substituyen muy bien a un gozne de metal de un ventanuco o de la misma puerta.

La cama es el gran lujo del «Seisdedos». El recinto estrecho donde aparece el túmulo de dos jergones de paja está comenzado a encalar. Hay paja también, amarilla y obscura a trozos, en el suelo. El viento hace crujir la techumbre y espolvorea de tierra la pequeña habitación. En esa cama nacieron Francisco, Pedro, José María y Francisca Cruz, hijos del «Seisdedos». José murió joven, y su viuda — hambre y nervios en sus pocas carnes— habla ahora en el corro, que se ha agrupado con dificultad. No queda espacio para moverse. Dos periódicos de título inequívoco y una litografía en la pared, cerca de la gallisa, autorizan el apodo de la familia: «los Libertarios».

La litografía representa un hombre desnudo, fuerte y sano, que golpea con un mazo una gran campana. En círculos se esparcen alrededor de la estampa las horas en alegoría: la de trabajar, la de amar, la de luchar por la idea, la de estudiar e instruirse. Al fondo, detrás y debajo de la gran campana, una multitud con banderas. Los hombres y las mujeres que aparecen en la litografía son colorados y fuertes. No hay en Casas Viejas un solo labriego que se pueda sentir fisiológicamente hermano de ésos. El dibujante y el litógrafo eran optimistas pensando en el comunismo libertario. «Seisdedos», que tantas veces ha contemplado esa estampa con melancolía, también lo es ahora, cuando Josefa Franco se lamenta de la suerte de las tres familias reunidas.

—Mañana será todo de tos.

¿Quién habla de comer esa noche? Pero, además, ¿dónde iban a hacer la comida? A la entrada, junto a la puerta, hay dos piedras requemadas y ahumadas. Antes comían caliente en dos épocas: en la seituna y en la siega. Ahora, desde que vino la República, sólo en la siega. Y eso en las anchas cocinas de los cortijos, donde hay lo necesario para guisar. Aquí, para calentar agua y «migar pan negro», basta con esas piedras. Cuando llueve meten las piedras dentro de la choza, encienden fuego y dejan abierta la puerta para que salga el humo.

«Seisdedos» abre el cajón que se oculta a los pies de la cama y saca los cartuchos a puñados. Con las dos manos llenas se queda mirando la cama. Aparece con el rostro sombrío.

—¿Qué te pasa, Curro?

—¡Si viviera la vieja! Mañana va a haber pa tos, y la vieja no lo verá.

La «vieja» fue joven en aquella cama. Y murió también en ella. Los días que «hacía malo» no podían encender fuego porque el humo la ahogaba, y no podían cerrar la puerta porque necesitaba aire puro. La dejaban abierta. Claro que con el aire entraba «la helá».


Ramón J. Sender
Viaje a la aldea del crimen (Documental de Casas Viejas) 1933