15 de abril de 2014

La revolución española, 1931.

Manifestación popular en la Rambla de Santa Mònica,
Barcelona, 15 de abril de 1931. (AFB. J. M. Sagarra i P. Ll. Torrents)




El núcleo monárquico que aún quería resistir empleando un aparato ortopédico de fuerza, iba siendo cada vez más reducido. El rey, personalmente, era partidario de no ceder. Pero la burguesía en masa lo abandonaba. Había que sacrificarlo para evitar males mayores.

Todo el problema estribaba en el peligro de la transición. El momento de levantar las compuertas era inquietante.

Los monárquicos recalcitrantes propusieron celebrar en marzo las elecciones a Cortes, continuando en suspenso la Constitución. La burguesía sintió que esto era retrasar más todavía la hora de la transmisión de poderes, y dejar que la verdadera revolución siguiera preparándose.

Por fin la fórmula fue hallada. Ir a las elecciones municipales y conceder durante unos días libertad de Prensa y de reunión.

Las elecciones del día 12 de abril dieron en 46 capitales de provincia el triunfo a los republicanos. No cabía duda ya. La Monarquía era impopular. Era detestada por toda España, por los obreros como por una gran parte de la burguesía.

El conde de Romanones ha escrito sobre la agonía de la Monarquía memorias que vale la pena de consultar. Romanones era ministro de Estado en el último Gabinete monárquico.

«El Gobierno -dice Romanones- descontaba evidentemente una derrota monárquica en Madrid; pero jamás pudo suponer que se produciría una catástrofe tan completa. En cuanto a Barcelona, creíamos sin dudas en el triunfo de la Lliga, y se esperaba un empate posible, por lo menos, en Valencia y Zaragoza, lo mismo que una victoria republicano-socialista en las ciudades donde el predominio del elemento obrero es evidente. Lo que nunca supusimos fue el fracaso en Guadalajara, en Teruel, en Cuenca, en una palabra: en todas las demás ciudades de España, salvo cuatro.»

¡Resumen magnífico! Barcelona, Cuenca, Guadalajara, Badajoz..., es decir la gran masa obrera, y la burguesía agraria constituían la clave decisiva.

En las elecciones del día 12 de abril se cerró el largo paréntesis de la abstención política de la clase trabajadora española.

Durante veinte años aproximadamente, las grandes masas proletarias de España se han mantenido alejadas de la actividad política. El movimiento sindicalista, como reacción contra el republicanismo pequeñoburgués, comienza a intensificarse hacia 1911, y desde entonces va en progreso constante. Las masas obreras se encastillan en un economismo estrecho. Creyéndose revolucionarias, son profundamente reformistas. Dejan intacto el poder del Estado. No comprenden que la política no es más que la economía concentrada.

Esta abstención política de los trabajadores da estabilidad al régimen monárquico. La oposición no existe casi. El republicanismo va en descenso, se deshincha. El partido socialista es endeble. La burguesía, monárquica, como es natural, se siente fuerte. Nadie le disputa las posiciones. La clase obrera española duerme.

El golpe de Estado en 1923 fue posible gracias a la falta de un movimiento obrero con una firme conciencia política. Primo de Rivera, el día 13 de septiembre de 1923, establecía la Dictadura sin que nadie protestara. Los obreros, que eran los que habían de sufrir más el peso del régimen, se mantuvieron tranquilos. Parecía que lo que acababa de ocurrir carecía de importancia.

Sin embargo, la Dictadura constituyó el latigazo brutal sobre la espalda del proletariado. Durante el período de Gobierno despótico de Primo de Rivera, silenciosamente, sin que saltara a la superficie, se iba operando una transformación ideológica profunda en los medios ayer dominados por el sindicalismo apolítico. Esa reacción tomó formas expresivas contundentes el 12 de abril de 1931. La gran masa obrera, que durante largos años no había intervenido en las contiendas electorales, votó ese día con gran entusiasmo. La movilización política de la clase trabajadora fue general en toda España. Pero donde esto tuvo una importancia mayor fue en Barcelona.

Barcelona es el foco motor de la vida política española. Por la misma razón que el golpe de Estado, en 1923, tenía lugar en Barcelona, la revolución que destruyera la Dictadura había de hallar allí su base principal.

Si el día 12 de abril hubiera ganado las elecciones en Barcelona la Lliga -posible solamente continuando la abstención política obrera-, la República no se hubiese proclamado el día 14. Los cronistas de las horas de agonía de la Monarquía han contado cómo el Gobierno Aznar-Berenguer y el rey en persona esperaban con inquietud el resultado electoral en la capital catalana. Su vida o su muerte dependía de lo que hubiera ocurrido al pie del Tibidabo. Si Barcelona se mantenía en la pasividad, si triunfaban los elementos al servicio de la Monarquía, ésta podía aún prolongar su existencia. La «neutralidad» de Barcelona le hubiese dado ánimos para hacer un último esfuerzo agudizando el régimen de fuerza.

La estabilidad de la Monarquía durante un tercio de siglo se ha basado, en gran parte, en la anulación de Barcelona como fortaleza política. Lerroux, desde 1901 a 1912, consiguió arrastrar a la clase trabajadora a un republicanismo inofensivo, cuyos orígenes estaban muy cerca de la misma Monarquía. El lerrouxismo, alborotador y escandaloso, constituía una salvaguardia del régimen. Después, Barcelona ha quedado así aniquilada como factor decisivo por espacio de más de treinta años.

¿Qué ocurriría el 12 de abril? ¿En qué sentido habría reaccionado el movimiento obrero de Barcelona durante los siete años de la Dictadura? ¿Qué marcha seguiría la nueva generación, la que ha entrado en la brecha en esta última etapa?

De que esto se resolviera de un modo o de otro dependía el colapso final del viejo régimen.

El resultado fue inesperado para casi todo el mundo. Aun los triunfadores se quedaron sorprendidos.

El bloque de Maciá confiaba obtener, en Barcelona, cinco o seis puestos, y, sin embargo, conquistaba la mayoría absoluta. Los sindicalistas se sentían empujados por el huracán de la historia y hacían acto de presencia. La Barcelona obrera aparecía en escena y ganaba una formidable batalla política.

Al mismo tiempo, la burguesía provinciana se manifestaba también. Guadalajara, Córdoba, Huesca, etcétera, habían dejado de ser monárquicas...

El lunes, día 13, fue el momento inquietante. La burguesía no estaba completamente segura de sí misma. Le daba miedo afrontar el porvenir. ¿Quién se lanzaría al asalto primero, la burguesía o la clase trabajadora? Había llegado, por fin, el instante supremo. No era posible esperar más.

Sin embargo, la burguesía no creyó, durante el lunes, día 13, que el derrumbamiento final fuese cuestión de unas horas.

«Los acontecimientos decisivos del 14 de abril constituyeron para todos los españoles, sin excepción, y en todos los partidos, una sorpresa absolutamente desconcertante» ha dicho Romanones.

Alba, discutiendo con Alcalá Zamora en el Parlamento, le decía: «El 14 de abril quedó usted tan sorprendido como yo de lo que ocurrió».

La clase trabajadora, el día 14 de abril, se dispuso a terminar lo que había comenzado. Las dos poblaciones que primeramente proclamaron la República fueron Eibar y Barcelona, dos centros obreros.

Un diputado de la Esquerra Catalana ha dicho en el Parlamento: «El día 14 por la mañana nosotros, al ver que el pueblo se había tirado a la calle, no tuvimos más remedio que ir al Ayuntamiento y a la Diputación y enarbolar la bandera republicana».

Las masas obreras entraron en acción en toda España. La burguesía procuró ponerse delante para no perder la dirección.

El movimiento nacionalista catalán se trocó en poderoso factor revolucionario. La proclamación de la República catalana fue la carga final que hizo saltar hecho trizas el andamiaje monárquico.

La bandera republicana se izaba en las capitales de provincia a medida que llegaba la noticia de que el movimiento había triunfado en Barcelona.

El grito republicano de Barcelona provocó la sublevación general. Pero lo que en Madrid, en las esferas oficiales y en las zonas conspirativas de lo que fue luego el Gobierno provisional, determinó el paso definitivo, no era tanto la proclamación de la República como el que se tratara específicamente de la República catalana. Esto engendró el pánico. La conjunción de los movimientos separatistas y republicano producía una explosión formidable. Por otra parte, la República catalana naciente se apoyaba en las masas trabajadoras. Y esto hacía presagiar una posible transformación fulminante del movimiento revolucionario. El carácter de la revolución era, pues, de mal augurio para toda la burguesía. Precisaba obrar con la mayor rapidez.

Las negociaciones entre el antiguo equipo y el que había de sustituirle, entre el Gobierno Aznar-Berenguer y el de los jefes republicanos, duraron unas horas. El espectro de una República catalana, posiblemente roja, zarandeaba sin compasión a los ministros que caían y a los que iban a surgir. Urgía apresurarse. Unos minutos podían perder la tan difícilmente preparada «transmisión pacífica de poderes».

En casi toda España, la República había ido proclamándose durante las horas de la tarde. El pueblo de Madrid se lanzaba a la calle, y Alcalá Zamora y Romanones seguían negociando...

El rey propuso declarar el estado de guerra. Se resistía hasta el último momento. Pero era inútil. El desbordamiento popular lo dominaba todo.

Por fin, cuando el pueblo hubo ganado totalmente la batalla, el Comité republicano, a las ocho de la noche, proclamaba la República desde el Ministerio de la Gobernación. Daba estado legal a un hecho consumado.

Toda la inquietud del flamante Gobierno provisional fue «mantener el orden» y proteger la huída del rey.

La burguesía quería evitar la justicia histórica. Pretendía hacer una revolución sin sangre. Los espectros de Carlos I de Inglaterra, de Luis XVI, de Maximiliano de Méjico, de Nicolás II, le aterrorizaban. Había que salvar al rey, que, en el extranjero, quedaba convertido en una valiosa reserva si la República fracasaba.

Cuando el Gobierno provisional supo que el rey estaba fuera de peligro, respiró.

La transmisión de poderes se había hecho sin sobresalto. La revolución había sido evitada. La burguesía española podía dormir tranquila.

«Los vencidos -dice Romanones-, en medio de aquellas tristezas, podíamos sentir una satisfacción muy honda. La de nuestra conciencia, que nos decía que habíamos contribuido a que en España, sin derramarse una sola gota de sangre, y sin perturbaciones, se cerrara una época de su historia y diera comienzo otra; que el rey salía sano y salvo; que no huía, sino que llegaba a tierra extranjera en un barco de la Marina de guerra con todos los honores que correspondían a su rango; que se despedía de su patria sin altanerías ni humillaciones.»

Así es cómo entraba en funciones el Gobierno provisional.


Joaquín Maurín 
«La Revolución española», 1931, Capítulo VI





14 de abril de 2014

922. ¡Viva la República!






Alguien, desde Madrid, nos llamó por teléfono, gritándonos: 

—¡Viva la República!

Era un mediodía, rutilante de sol. Sobre la página del mar, una fecha de primavera: 14 de abril. Sorprendidos y emocionados, nos arrojamos a la calle, viendo con asombro que ya en la torrecilla del ayuntamiento de Rota una vieja bandera de la República del 73 ondeaba sus tres colores contra el cielo andaluz. Grupos de campesinos y otras gentes pacíficas la comentaban desde las esquinas, atronados por una rayada "Marsellesa" que algún republicano impaciente hacía sonar en su gramófono.  Mientras sabíamos que Madrid se desbordaba callejeante y verbenero, satirizando en figuras y coplas la dinastía que se alejaba en automóvil hacia Cartagena, un pobre guarda civil roteño, apoyado contra la tapia de sol y moscas de su cuartelillo, repetía, abatido, meneando la cabeza: 

—¡Nada, nada! ¡Que no me acostumbro! ¡Que no me acostumbro! 

—¿A qué no te acostumbras, hombre? —quiso saber el otro que le acompañaba y formaba con él pareja. 

—¿A qué va a ser? ¡A estar sin rey! Parece que me falta algo.  

[...]  

La República acababa de ser declarada entre cohetes  y claras palmas de júbilo. El pueblo, olvidado de sus penas y hambres antiguas, se lanzaba regocijado, en corros y carreras infantiles, atacando como en un juego a los reyes de bronce y de granito, impasibles bajo la sombra de los árboles. A la reina y los príncipes, que quedaron un poco abandonados por los suyos en el Palacio de Oriente, ese mismo pueblo, bueno y noble, los protegió con una guirnalda de manos. Nadie puede decir que le asaltaran la casa, le robaran la hacienda, desvalijasen los bancos o matasen una gallina. El único suceso grave que recuerdo fue una pedrada contra los cristales del coche del poeta Pedro Salinas, al cruzar la Cibeles en compañía del escritor francés Jean Cassou. Todo aquello fue así de tranquilo, así de sensato, de cívico. Dentro de la mayor juridicidad —como entonces la gente repetía satisfecha— había llegado la República.


Rafael Alberti, 
“La arboleda perdida”

11 de abril de 2014

921. Recordando a León Felipe en el 130 aniversario de su nacimiento.




"Toda la luz de la tierra
la verá el hombre
por la ventana de una lágrima"
(León Felipe)



Las revoluciones se hacen y se seguirán haciendo en la historia contra los tramposos: no solo contra el capitalista, el señorito y el mercader, como quieren alguno, sino contra el historiador tramposo, contra el arzobispo tramposo y contra el líder tramposo también.Las revoluciones se hacen para restaurar la justicia y para colocar a cada hombre en su lugar. No se hacen tan sólo para resolver un problema de desigualdad económica y social, sino para resolver el gran problema del hombre. Y no se hacen solamente contra las dictaduras humanas, sino contra la dictadura de las estrellas también.

Estrellas, estrellas dictadoras nos gobiernan.

Las revoluciones se hacen contra el silencio de los dioses y los designios implacables de los hados sobre todo.

Y no las hacen las masas ni los tiranos. Las hace el hombre. No un hombre singular, sino el hombre. El genio poético y prometeico que está en potencia, dormido en todos los seres humanos y que tiene que despertar el gran líder, no el gran demagogo . El gran demagogo es el que habla al hombre de felicidad, y despierta en él el egoísmo y la concupiscencia; el gran líder es el que habla de sacrificios y despierta en él el heroísmo.

No se puede hacer ninguna revolución mirando a la tierra solamente. Si luchamos por el pan nada mas, solo habrá guerras y rapiña. Y la historia no será más que un eterno "quítate tú de ahí para que me ponga yo".

Mañana al mundo lo gobernarán los poetas.

¿A qué poetas me refiero yo?

El genio poético-prometeico es aquella fuerza humana y esencial que en los momentos fervorosos de la Historia puede levantar al hombre rápidamente,
de lo doméstico a lo épico,
de lo contingente a lo esencial,
de lo euclidiano a lo místico,
de lo sórdido a lo limpiamente ético.

El poeta no es aquel que juega habilidosamente con las pequeñas metáforas verbales, sino aquel a quien su genio prometeico despierto le lleva a originar las grandes metáforas:
sociales,
humanas,
históricas,
siderales.

Don Quijote es un poeta de esa clase. Es un poeta activo y de transbordo. Y se diferencia de todos los demás poetas ordinarios del mundo en que quiere escribir sus poemas no con la punta de la pluma, sino con la punta de la lanza.

Allí donde está la imaginación ha de estar la voluntad en seguida,
con la espada,
con la carne, 
con la vida,
con el sacrificio, 
con el ridículo, 
con la pantomima, 
con el heroísmo,
con la muerte...

La historia la hacemos entre los dioses y los hombres.

Y cuando los dioses se duermen por cansancio o por astucia, es cuando más ha de vigilar el hombre. Y dar la señal de alarma. La señal de alarma la da siempre el poeta prometeico.


León Felipe
El payaso de las bofetadas



10 de abril de 2014

920. Miguel de Molina, in memoriam.

Miguel de Molina
10 de abril de 1908 - 4 de marzo de 1993




«Yo sólo fui un señor que nació pobre en Málaga, 
trabajó toda su vida y le gustaron los hombres. 
Y ahí se acaban todos los símbolos»
(Miguel de Molina) 




María Torres / 7 Abril 2014

Miguel Frías Molina decide con tan solo trece años ser artista. Nace en el seno de una familia humilde del barrio de Capuchinos de Málaga,  bajo la monarquía de Alfonso XIII y en una Andalucía gobernada por la pobreza, el hambre, el clero, los terratenientes y la ignorancia.

Con esa edad el joven de gitano perfil abandona la miseria del hogar familiar y trata de esconder los turbios recuerdos que acompañaron sus primeros años en un internado de los Salesianos donde su madre le escolariza con una beca para pobres. Recala en Algeciras, y «apoyaó en el quicio de mancebía» de «Pepa la limpia», un burdel más reluciente que los chorros del oro en donde consigue trabajo de limpiador, espera tiempos mejores mientras mira «encenderse la noche de mayo». Después un deambular por distintos tablaos saraos, zambras, y fiestas privadas, cantando y bailando, irán puliendo al artista.

Llega a Madrid en 1930. «Yo quiero ser diferente», dice, y lo es. Debuta con la llegada de la República en el Teatro Romea. Se convierte en Miguel de Molina, un transgresor de la escena que es capaz de salir al escenario con el torso desnudo decorado con monedas de oro pegadas al pecho, o a lomos de un borriquito. Comparte tarima con las figuras artísticas más sobresalientes de la época y es aclamado como rey indiscutible de la copla. («Pasaban los hombres y yo sonreía»). Las camisas de lunares y volantes de manga ancha, las chaquetas floreadas, los chalecos de torero a los que incorporaba crespones de mantón y los ceñidos pantalones que diseñaba y cosía el mismo para su puesta en escena con una máquina Singer que le acompaña hasta el final de sus días, hacen de Miguel de Molina una figura singular, con un estilo único y provocador que cobra por actuación cinco mil pesetas. Alguien dijo que la voz de Miguel de Molina parecía venir de serie con las radios Marconi. 

Cuando el golpe de estado de 1936, se dedica a recorrer los frentes, la retaguardia y los hospitales con una pequeña compañía de varieté cantando y bailando para levantar el ánimo de los soldados republicanos. Francisco Ayala dejó escrito que «hizo más estragos en el ejército de la República que los cañones de Franco». También se le ve en los «fines de fiesta», un invento de la CNT, que se daban en los cines después de las películas y que servían de trabajo a los artistas de variedades en un tiempo en que solo había lugar para las balas. 

Con el fín de la Guerra comienza su calvario y declive.  La copla, género que se forja en el ambiente de libertad de la Segunda República, pasa a denominarse casi por decreto ley "canción española" y la gran mayoría de los artistas de este género se fusionan con el régimen franquista que además, no admite en el Nuevo Estado en construcción ni vencidos ni homosexuales. Tal vez a Miguel de Molina le podrían haber perdonado ser "rojo" incluso olvidar aquella declaración suya de: «Yo solo pido trabajo para todos, libertad y respeto mutuo y eso, solo nos lo garantiza la República» pero lo que jamás le podrían perdonar era su homosexualidad, que como la de tantos fué perseguida durante el franquismo por los "macarras de la moral".

El caché de las cinco mil pesetas republicanas se reduce a las quinientas de la nueva España y Miguel de Molina que no quiere entonar la obligada melodía franquista, se ve abocado a retomar sus orígenes de miseria malviviendo encima de los escenarios y entre copla y copla trata de digerir el amargo sabor del desprecio y las amenazas de los empresarios. Y aparecen los contratos abusivos cuyas solapadas clausulas exigen que por su pasado republicano y su condición sexual debe bajar la cabeza. Como si de un crimen político se tratara, los recaudadores de cuerpos abatidos en las madrugadas le acechan primero para explotarle a cambio de seguridad. Una seguridad que no estaban tampoco dispuestos a ofrecerle.

Un día de noviembre de 1939, al concluir su actuación en el Teatro Pavón de Madrid, tres desconocidos que se identifican como policías aparecen en su camerino y le obligan a seguirles. Le introducen en un vehículo y en los altos de la Castellana le hacen salir y le propinan una brutal paliza. «¡Esto por marica y por rojo! Vamos a terminar con todos los maricones y los comunistas. ¡Uno por uno!»

Por «marica y por rojo» le rapan el pelo, le obligan a beber aceite de ricino mezclado con vaselina líquida, le rompen los dientes y le desfiguraron la cara. Un alto precio para alguien que solo quería seguir sobreviviendo de su arte. («Ná te debo, ná te pido»).

Llegó a identificar más tarde a dos de los agresores. Sus nombres: José Finat y Escrivá de Romaní, conde de Mayalde (Director General de Seguridad y torturador que llegó a ser Alcalde de Madrid, además de ganadero de toros bravos), y el falangista Sancho Dávila, que sería a principios de los años cincuenta presidente de la Federación Española de Fútbol. Ambos murieron protegidos por la más absoluta impunidad.

Días después, en una actuación en el Teatro Cómico, es abucheado por un grupo de falangistas que le gritan «marica, marica ...». Miguel de Molina hace parar la orquesta y responde: «Marica no: Maricón, que suena a bóveda».

La vida en la España de los vencedores se torna insoportable. Se le prohíbe trabajar y se le confina en Cáceres y Buñol. «Cinco meses de destierro sin sentido alguno y, en lugar de abrirse alguna puerta hacia la libertad, me han comentado que el gobernador de Valencia ha pedido informes a la Guardia Civil, para saber ¡qué comportamiento sigo en Buñol! Como si fuera un criminal en libertad condicional». Solo le queda una salida: el exilio y esa letanía convertida en deseo : me voy de tu vera olvídame ya”. Pero el franquismo no le olvida ...

«... y, en un barquito, Miguel de Molina se embarca caminito de ultramar... » En 1942 llega a Buenos Aires con dos pesetas de plata en el bolsillo que tira al agua al entrar en el puerto. Retoma su carrera artística y sorprende con todo su talento. Siempre cuenta con el incondicional apoyo del público que abarrota las salas en las que se presenta y cuando el triunfo comienza a sonreírle de nuevo es reclamado por las autoridades españolas y las argentinas, tras siete días de encarcelación, ordenan su expulsión por "malas costumbres" y su regreso a España, donde se reanuda la persecución, la prohibición y la miseria.

Miguel de Molina es consciente del odio hacia su persona y descubre que el origen de su mala suerte se encuentra en un alto funcionario del gobierno franquista, homosexual y a las órdenes de Serrano Súñer, al que ni tan siquiera conoce personalmente.  Uno de tantos que conserva íntegras sus ansias de venganza, su odio y su fanatismoTal vez la sensatez de Miguel, es la que siempre le hace reaccionar ante tantas miserias y tantas grandezas, pues en esa dualidad transcurre su vida. Todo lo ganó y todo lo perdió, para volver a ganarlo y volverlo a perder.

Un año después se traslada a Mexico. Junto con él viaja la desdicha como una pasajera más. En este país sufre el acoso de Jorge Negrete y Mario Moreno "Cantinflas", dos homófobos que hacen lo posible por desprestigiarle, emitiendo incluso comunicados a la prensa para que sea repudiado. Para ambos, Miguel de Molina es «un traidor que mancha la gloriosa tradición de nuestra raza». El control de los teatros mexicanos lo ejerce un sindicato que preside Negrete, quien no cesa de boicotear cada actuación de Miguel.

Dicen que una llamada de Eva Perón y la invitación a un festival benéfico pone fin a la cadena de desdichas. También dicen que es el propio Miguel el que escribe a Evita pidiendo árnica. Sea como sea, regresa a Argentina, le llueven los contratos y vuelve a ser aquella primera figura de los años treinta. Organiza el mismo hasta el último detalle de sus espectáculos. Cuentan que colocaba una alfombra roja desde la puerta del teatro hasta su camerino y en cada butaca dejaba un ramillete de flores para que después se lo lanzase el público.

En 1957, tras la muerte de su madre, la inestabilidad política de Argentina le anima a viajar a España, pero en su país sigue siendo un proscrito. Habían desaparecido todos sus discos del mercado y cualquier referencia a su persona. 

En 1960, cuando contaba 52 años, decide retirarse. Se refugia en su casa porteña a pelear en solitario con sus recuerdos. Le habían robado los mejores años de su vida, le habían obligado a salir de su tierra. Durante casi treinta años permanece silencioso y escribe su autobiografía: Botín de Guerra. Apenas se acuerdan de él. Varios años después de la muerte del dictador se procura su regreso a España, se le concede la Medalla de la Villa de Madrid, se le ofrece una casa en Málaga, pero ya es demasiado tarde.

En 1992 al chavalillo que había dejado Málaga con trece años y un hatillo al hombro, se le otorga la Orden de Isabel la Católica, pero ya es demasiado tarde. La entrega de la medalla se hace en la embajada española en Argentina. Es su última aparición pública ataviado con un traje de terciopelo negro, una camisa roja con botones de zafiro, un moño y un sombrero de ala ancha. No regresaría jamás. «Gracias a la democracia, a Su Majestad y al pueblo se barrió el fantasma de Caín... Pero yo sentía que esa reparación, que quería simbolizarse en la medallita, me llegaba demasiado tarde. De 1940 a 1992 España tardó cincuenta y dos años en darse cuenta de que habían tronchado la vida de un hombre que hubiera querido crecer artísticamente y desarrollarse en la tierra donde nació, sin ser ingrato con la Argentina que me cobijó».

Tres meses después fallece en su casa de Buenos Aires. Un silencioso infarto pone fín a su vida. («Subiste al caballo/te fuiste de mí,/y nunca otra noche/mas bella de Mayo han vuelto a vivir»). Tenía 84 años. Fue enterrado en el panteón de la Asociación Argentina de Actores del cementerio de la Chacarita en el nicho nº 397.

En el año 2007 se le nombra Hijo Predilecto de Málaga a título póstumo. Un año después, coincidiendo con su centenario, la Diputación de esa ciudad quiere llevarle a su tierra nata, incluso habilita un panteón en el cementerio de San Gabriel, pero la familia se niega a la repatriación de sus restos. 


Demasiado tarde.



9 de abril de 2014

919. Alegorías de la II República española.



Alegoría de la República de J. Barreira



















































Medallón en la Plaza Mayor de Salamanca

Alegoría de la República de Alfonso Gabino Pariente.

Alegoría de la II República de Emilio Manescau Baccarelli, en1932

Composición alegórica (banderas catalana-aragonesa, vasca, valenciana, extremeña y andaluza)

Alegoría de la II República en León

Alegoría de la República en madera de 1932, destruida en 1939. Presidió 
el 1 de diciembre de 1936, la primera reunión de las Cortes Republicanas en Valencia

Alegoría que presidió el salón de sesiones del  Ayuntamiento de Melilla en la II República























"La República española no ha dejado de existir jamás en derecho. Fue desposeída por la fuerza, pero para todo espíritu democrático su existencia legal sigue en pie".

Albert Camus.