23 de julio de 2014

1028. Recuerdos de la Guerra Civil española VI

Madrid, Ciudad Universitaria, diciembre de 1936




El resultado de la guerra civil española se determinó en Londres, en París, en Roma, en Berlín, pero no en España. Después del verano de 1937, los que veían las cosas tal y como eran se dieron cuenta de que el gobierno no podría ganar la guerra si no se producía un cambio radical en el escenario internacional. Si Negrín y los demás decidieron proseguir la lucha se debió en parte a que esperaban que la guerra mundial que estalló en 1939 lo hubiera hecho en 1938. La desunión del bando republicano, de la que tanto se habló, no estuvo entre las causas fundamentales de la derrota. Las milicias populares se organizaron deprisa y corriendo, estaban mal armadas y hubo falta de imaginación en sus planteamientos militares, pera nada habría sido diferente si se hubiera alcanzado un acuerdo político global desde el principio. Cuando estalló la guerra, el trabajador industrial medio no sabía disparar un arma y el pacifismo tradicional de la izquierda constituía un gran obstáculo. Los miles de extranjeros que combatieron en España eran buenos como soldados de infantería, pero entre ellos había poquísimos que estuvieran especializados en algo. La tesis troskista de que la guerra se habría ganado si no se hubiera saboteado la revolución es probablemente falsa. Nacionalizar fábricas, demoler iglesias y publicar manifiestos revolucionarios no habría aumentado la eficacia de los ejércitos. Los fascistas vencieron porque eran más fuertes: tenían armas modernas y los otros carecían de ellas. 

Ninguna estrategia política habría compensado ese factor. 

Lo más desconcertante de la guerra civil española fue la actitud de las grandes potencias. La guerra la ganaron en realidad los alemanes y los italianos, cuyos motivos saltaban a la vista. Los motivos de Francia y Gran Bretaña son menos comprensibles. Todos sabían en 1936 que si Gran Bretaña hubiera ayudado a la II República, aunque sólo hubiera sido con unos cuantos millones de libras esterlinas en armas, Franco habría sucumbido y la estrategia alemana habría sufrido un serio revés. Por entonces no hacía falta ser adivino para prever la inminencia de un conflicto entre Gran Bretaña y Alemania; incluso se habría podido predecir el momento, año más o menos. 

Pero la clase gobernante británica, del modo más mezquino, cobarde e hipócrita, hizo cuanto pudo por entregar España a Franco y a los nazis. ¿Por qué? La respuesta más evidente es que era protofascista. Indiscutiblemente lo era, pero cuando llegó la confrontación final, optó por oponerse a Alemania. Siguen sin conocerse las intenciones que sustentaban su apoyo a Franco, y es posible que en realidad no hubiera ninguna intención clara. Si la clase gobernante británica es abyecta o solamente idiota es una de las incógnitas más intrincadas de nuestro tiempo, y en determinados momentos, una incógnita de importancia capital. 

En cuanto a los rusos, sus motivos en relación con la guerra española son completamente inescrutables. ¿Intervinieron en ella, como creían los izquierdosos, para defender la democracia y frustrar los planes nazis? En ese caso, ¿por qué intervinieron a una escala tan ridícula y al final dejaron a España en la estacada? ¿O intervinieron, como sostenían los católicos, para promover la revolución? En ese caso, ¿por qué hicieron todo lo posible por abortar todos los movimientos revolucionarios, por defender la propiedad privada y por ceder el poder a la clase media y no a la clase trabajadora? ¿O intervinieron, como sugerían los troskistas, únicamente con intención de impedir una revolución en España? En ese caso, ¿por qué no apoyaron a Franco? La verdad es que la conducta de los rusos se explica fácilmente si se parte de la base de que obedecía a principios contradictorios. Creo que en el futuro acabaremos por pensar que la política exterior de Stalin, lejos de ser una astucia diabólica -como se ha afirmado-, ha sido sólo oportunista y torpe. 

De todos modos, la guerra civil española puso de manifiesto que los nazis, a diferencia de sus oponentes, sabían lo que se traían entre manos. La guerra se libró a un nivel tecnológico bajo y su estrategia fundamental fue muy sencilla: el bando que tuviera armas, vencería. Los nazis y los italianos dieron armas a sus aliados españoles, mientras que las democracias occidentales y los rusos no hicieron lo propio con los que deberían haber sido sus aliados. Así pereció la República española, tras haber «conquistado lo que a ninguna república le falta»

Si fue justo o no animar a los españoles a seguir luchando cuando ya no podían vencer, como hicieron todos los izquierdistas extranjeros, es una pregunta que no tiene fácil respuesta. Incluso yo pensaba que era justo, porque creía que es mejor, incluso desde el punto de vista de la supervivencia, luchar y ser conquistado que rendirse sin luchar. No podemos juzgar todavía los resultados de la magna estrategia de la lucha contra el fascismo. Los ejércitos andrajosos y desarmados de la II República resistieron durante dos años y medio, mucho más, indudablemente, de lo que esperaban sus enemigos. Pero no sabemos aún si de ese modo alteraron los planes fascistas o si, por el contrario, se limitaron a posponer la gran guerra y a dar a los nazis más tiempo para calentar los motores de su maquinaria bélica. 


George Orwell
Recuerdos de la Guerra civil española
Capítulo VI


Recuerdos de la Guerra civil española VII



22 de julio de 2014

1027. Recuerdos de la Guerra civil española V







La columna vertebral de la resistencia antifranquista fue la clase obrera española, sobre todo los trabajadores urbanos afiliados a los sindicatos. A largo plazo -y es importante recordar que sólo a largo plazo-, la clase obrera sigue siendo el enemigo más encarnizado del fascismo, por la sencilla razón de que es la que más ganaría con una reorganización decente de la sociedad. A diferencias de otras clases o estamentos, no se la puede sobornar eternamente. 

Decir esto no es idealizar la clase obrera. En la larga lucha que siguió a la Revolución Rusa, los derrotados han sido los trabajadores manuales y es imposible no creer que la culpa fue de ellos. 

Los obreros organizados han sido aplastados una y otra vez, en un país tras otro, con métodos violentos manifiestamente ilegales, y sus compañeros extranjeros, con los que estaban unidos por un sentimiento de teórica solidaridad, se han limitado a mirar, sin mover un dedo. ¿Quién puede creer ya en el proletariado internacional con conciencia de clase después de los sucesos de los diez últimos años? Las matanzas de trabajadores en Viena, Berlín, Madrid o donde fuera, parecían tener menor interés e importancia para sus camaradas británicos que el partido de fútbol del día anterior.

Con todo, eso no altera el hecho de que la clase obrera seguirá luchando contra el fascismo aunque los demás cedan. Un rasgo sorprendente de la conquista nazi de Francia ha sido la cantidad de defecciones que ha habido entre los intelectuales, incluso entre la intelectualidad política de izquierdas. Los intelectuales son los que más gritan contra el fascismo, pero un respetable porcentaje se hunde en el derrotismo cuando llega el momento.

Saben ver de lejos las probabilidades que tienen en contra, y además, se los puede sobornar, pues es evidente que los nazis piensan que vale la pena sobornar a los intelectuales. Con los trabajadores sucede al revés: demasiado ignorantes para ver las trampas que les tienden, creen con facilidad en las promesas del fascismo, pero tarde o temprano siempre reanudan la lucha; y así debe ser, porque siempre descubren en sus propias carnes que las promesas del fascismo no se pueden cumplir. Para amordazar de una vez por todas a la clase trabajadora, los fascistas tendrían que subir el nivel de vida general, cosa que ni pueden ni probablemente quieren hacer. 

La lucha de la clase obrera es como una planta que crece. La planta es ciega y sin seso, pero sabe lo suficiente para estirarse sin parar y ascender hacia la luz, y no cejará por muchos obstáculos que encuentre. ¿Cuál es el objetivo por el que luchan los trabajadores? Esa vida digna que, de manera creciente, saben que ya es técnicamente posible. La conciencia de este objetivo tiene flujos y reflujos. En España, durante un tiempo, las masas obraron conscientemente, avanzaron hacia una meta que querían alcanzar y que creían que podían alcanzar. Esto explica el curioso optimismo que impregnó la vida en la España republicana durante los primeros meses de la contienda. La gente sencilla sentía en sus propias entrañas que la República estaba con ellos y que Franco era el enemigo; sabía que la razón estaba de su lado, porque luchaba por algo que el mundo le debía y estaba en condiciones de darle.

Hay que recordar esto si se quiere enfocar con objetividad la guerra civil española. Cuando se piensa en la crueldad, miseria e inutilidad de la guerra -y en este caso concreto, en las intrigas, las persecuciones, las mentiras y los malentendidos- siempre es una tentación decir: «Los dos bandos son igual de malos; me declaro neutral». En la práctica, sin embargo, no se puede ser neutral, y difícilmente se encontrará una guerra en la que carezca de importancia quién resulte vencedor, pues un bando casi siempre tiende a apostar por el progreso, mientras que el otro es más o menos reaccionario. El odio que la República española suscitó en los millonarios, los duques, los cardenales, los señoritos, los espadones y demás bastaría por sí solo para saber lo que se cocía. 

En esencia fue una guerra de clases. Si se hubiera ganado, se habría fortalecido la causa de la gente corriente del mundo entero; pero se perdió y los inversores de todo el mundo se frotaron las manos. Esto fue lo que sucedió en el fondo. Lo demás no fue más que espuma de superficie.


George Orwell
Recuerdos de la Guerra civil española
Capítulo V





1026. Una canción.


Recordando a Max Aub. 
(París, 2 de junio de 1903 – Ciudad de México, 22 de julio de 1972) 



 A Joaquín Díez-Canedo


El sol restalla y la tierra está sorda. Nada tiene sombra. Sólo bajo las piedras está la frescura, el agua y la muerte. También el sudor es sordo. Allá, abajo, el riachuelo está seco; cauce de piedras, cantos, arena y polvo: lecho de nadie.

Se desprende una hoja de olivo, y cae: acontecimiento. Gira lenta, roncera, despacio, sostenida por el calor, antes de depositarse, parsimoniosamente, en el polvo ardiente del olivar. Una hoja de olivo es una hoja pequeña, una hoja gris y pequeña, gris de polvo y sol, verde.

Entonces llega la canción, una canción lejana de sierra lejana, de campo lleno y sombras de atardecer; la canción que se lleva adentro y que, de pronto, viene por el aire irrespirable del mediodía de fuego. La canción vieja del mundo viejo.

Olivar vetusto, blanda ladera rojiza, piedras blancas de los bancales y la hoja del olivo cayendo por el azul del cielo.

La canción, la vieja canción.

Todo existe. Sí: ahora suena un tiro y hay un muerto tirado, panza arriba, tras el tercer olivo, a la derecha. Un muerto de mi compañía. Un muerto que me hace compañía. Un compañero muerto en campaña, en el campo, al duro sol que merodea allá arriba, verdadero.

La canción, la vieja canción, que viene del otro lado del muerto.

España, toda España.

(Las moscas verdes sobre la herida negra: apretadas, juntas, quitándose el puesto las unas a las otras, procurando que la sangre no se seque, pequeño oasis, fuente imperceptible ya barrosa y borrosa. Ahí, con sus trompas, no dejando que se seque. ¡Que mane, dios de las moscas verdes, que mane todavía un poco, que no se seque! Las moscas verdes, tornasoladas, calientes, en piña, amontonadas, a granel, semillas de muerte, pléyade familiar, ya más de él que de ellas. Racimo moviente, única vida que le queda. Y el sol, tremendo, a plomo.)

Hasta la noche no se le puede buscar.

Ahora disparan a la izquierda, pero con desgana: las balas que más duelen. Morir en un ataque es cosa leve, o rechazándolo: no le pasan a uno por encima. Se puede más. Pero así, tontamente, ¡habiendo tanto aire!, que le den a uno por casualidad. Balas perdidas. Disparar por no hacer otra cosa, por no dormirse.

Olivar al mediodía, leve declive escalonado. Chicharras. Achicharrado.

El olor del sol, y el fusil a mano. Y la canción lejana. ¿Quién canta? Uno de por aquí, o aquel bizco, de Córdoba. No se mueve nada. ¡Que nadie se mueva! Mediodía. Nada se mueve. ¡Oh, torcidos troncos retorcidos, grises, que continuáis creciendo al ritmo de la tierra!

La canción, otra vez, y una hormiga. Una vieja canción cualquiera:

En el alma te tengo
tan a lo vivo, 
que despierto soñando
siempre contigo. 
Y en despertando
me digo yo a mí mismo: 
vamos soñando.

Seguidilla de la tierra: yo soy el muerto. La hormiga, negra, sube por el tronco, vivo y muerto. Vivo y muerto, como yo. Uno vive siempre y siempre está muerto; fuera y dentro: de arriba a abajo; de las raíces al pelo.

La canción, la vieja canción.

La guerra, estamos en guerra. Matar y morir. La hormiga se metió por un gran agujero. Sol de mediodía. Ni un soplo. Las chicharras y el silencio.

Olivar: olvidar. Y dormir. Pero si me duermo, me puedo morir sin darme cuenta, y siempre hay que morir con los ojos abiertos.

¿Quién eres tú?

(A veces uno vuelve solo a casa, después de la lluvia. El cielo está más azul, con nubes. Los charcos brillan entre el lodo. Los setos verdes y negros. La hierba, todavía mojada. Los zapatones embarrados, los carriles con aguas paralelas, de trecho en trecho, plata. La niebla dormida en las laderas de los oteros. Transido. El airecillo frío. Allá arriba. Parece mentira que sea también España.)

El olivar, oro.

Yo soy el muerto, todavía vivo. Yo vivo, todavía muerto. Me pegaron un tiro entre los dos ojos. Sordo sudor sordo, mudo. Mediodía de plomo ensordecedor. Peso hundido, mudo. ¿Quién recuerda el recuerdo? Yo. Pero, ¿qué recuerda el recuerdo?

Quema el cerrojo. Si atacaran, ¿qué haría yo? Pegarme a la tierra, entre el tronco y esta piedra. Olivar, ¿te estremeces? ¿Es posible que sea el viento? No: la calentura del sol. Todo quieto, todo blanco, todo rojo.

La hormiga ha vuelto a salir del agujero del tronco, empujando algo blanco, un grano. ¡Qué sueño! ¿Qué sueño? Y aquél -¿de Córdoba?- otra vez, cantando:

En el alma te tengo
tan a lo vivo, 
que despierto soñando
siempre contigo. 
Y en despertando
me digo yo a mí mismo: 
vamos soñando.

Allá, entre las líneas, por el arroyo -ni nuestro, ni de ellos- de pronto, cola al aire, husmeando, un perro.


Max Aub
De Laberinto mágico



21 de julio de 2014

1025. Recuerdo de Antonio Carrasco a su abuelo.






Ahora es a mí a quien le toca explicar mi historia, tu historia, nuestra historia, con mi voz.

Vaya por delante mi abrazo a todos aquellos que hoy, como hiciéramos nosotros en su día, vivirán momentos inolvidables, para aquellos que experimentaran ese torrente de emociones que  recorrerá su cuerpo y su historia.

Esa historia que no está en los libros, ésa que se nos ha trasmitido de palabra, la historia de todas y cada una de nuestras familias. Palabra a veces fluida y otras vomitada con rabia, de los labios de aquel que no te miente. Palabras del padre, la madre, el tío o tía o de la abuela, nunca del padre o abuelo que dejó aquí sus huesos y su esperanza.

Palabras que no buscaban arrancar el odio en nosotros, los nietos. Palabras que pretendían solo arrancar ese motorcito que no para en nuestra cabeza, la razón. Y solo a través de la razón, conocer algún día la verdad. Y aquí estamos hoy para eso, porque la razón al igual que la verdad solo tiene un camino.

Hoy ese camino que muchos y desde lejos habéis recorrido hasta Valdenoceda, ha sido, imagino, un  rodar por el recuerdo, por la ilusión y el reencuentro.

Estos últimos días, asistimos al despliegue necesario de medios, para poder encontrar el cuerpo de la hija asesinada, de viajeros, pescadores o soldados accidentados y  sepultados en el fondo de los mares, de las víctimas de terremotos, de infinidad de desastres. Y así es como debe ser, para descanso del periplo sin luto de sus familiares, porque el luto es necesario, pero solo lo puedes llevar a cabo ante la conciencia de ese cuerpo recuperado, lo demás es angustia, resignación, dolor…mucho dolor. Pero no luto.

Nadie en su sano juicio puede condenar el uso de dinero público destinado a tal menester, cueste lo que cueste, repito, nadie.

Y es que esos cuerpos encontrados, alivian, nos dan la certeza de que lo presagiado es cierto aunque no queramos creerlo. Nos sacan de la locura, para hacernos caer de bruces en la pena. La absoluta pena de que el ciclo natural de la vida, se trunque y nos deje desmembrados antes de tiempo.

Esos cuerpos, además, facilitan el engranaje del repulsivo y burocrático legal sistema de la muerte. Burocracia que permite finalmente ser subsidiario de indemnizaciones, compensaciones y pensiones para ello legisladas, por nimias que estas sean.

¿Y los nuestros? Nuestros muertos. ¿No merecen acaso el mismo trato? ¿Tan indignas fueron sus vidas? o ¿Quizás es que lo indigno fue su muerte, y por eso no convienen ...

Aquel que se atreve a asegurar que gente como tú o como yo, solo hemos buscado a los nuestros y nuestra historia, la que se nos a escrito con la voz del huérfano o la viuda cuando ha habido dinero por medio, debe tener su ser relleno con odio y no con razón. Quizás la voz de algún huérfano o viuda lo envenenó con esa semilla. Sin duda fue un huérfano o viuda de los que también sufrieron ausencia y dolor, pero que a pesar de haber recuperado a su muerto, a pesar de encontrarle un monumento en cada plaza de un pueblo, a pesar de haber sido recompensado con una paga, con un estanco, con honores, etc… Aún así siguió odiando y con su voz pudrió al niño que escuchaba. Ese niño que hoy es político, y cobra un sueldo pagado por todos, los que piensan como él, los que no, y también todos los que estamos aquí.

Y sí, para hacer todo este trabajo faraónico de recuperar a los nuestros como para todo, hace falta dinero. Y sí, las subvenciones son necesarias, tan necesarias como para otras cosas que a mi no me afectan, pero que van para el bien de otros.

Recordarle a ese representante del pueblo, que juntando la deuda de pensiones de orfandad, de viudedad, de discapacidad o de daños y perjuicios o del trabajo sin remunerar que hicieron nuestros abuelos en las prisiones a lo largo y ancho de la península, esa deuda que contrajo la dictadura con todos nosotros; deberíamos tener suficiente y sobraría para exhumar todos los cuerpos y construir 20 o 30 improductivos aeropuertos más. Pero en fin, eso es lo que tiene ocultar o maquillar la historia. La rabia no se acaba matando al perro, la rabia se acaba cuando se investiga y se encuentra la vacuna para que no te afecte. La rabia estará ahí, pero con la vacuna, ni usted señor representante del pueblo, ni yo… la padeceremos, y dejaremos de tener miedo el uno del otro. ¡Haga usted el favor, señor representante del pueblo!. En fin, como decimos en Cataluña: Joans, Peps i assès, hi han a totes les cases. (Juanes, Pepes y Burros, hay en todas las casas).

Este 2014, sin duda ha marcado mi vida. Nada más empezarlo, mi padre, el huérfano de quien aquí descansa, nos dejó. Hoy el huérfano soy yo, y mi tipo de orfandad es la que todos deberíamos experimentar. La que te deja vacío del cuerpo de tu padre,  pero te deja pletórico de enseñanzas, de vivencias, de recuerdos, de vida. Todavía hoy, cuatro meses después de su muerte, no he tenido la necesidad de llorarlo. Una buena amiga, psicóloga para más señas, ante mi preocupación de este hecho, me resolvió: -No es tan extraño Antonio, tuvisteis una magnífica relación, os disteis el uno al otro, todo lo que padre e hijo son capaces de ofrecerse mutuamente y el poder subsanar el no saber donde estaba enterrado su padre, ayudándole a marchar con la herida cerrada, sin duda alguna, tiene mucho que ver con cómo te sientes.

Y eso, mi bienestar tras su muerte, no tiene precio, pero si agradecimiento:

Gracias Asociación de familiares de presos de Valdenoceda. Gracias Pepe por arrancar todo esto y mantener la marcha puesta, seguro que lo vas a seguir haciendo durante mucho tiempo, ese pie no se va a levantar del acelerador tan fácilmente.

Ya hace tiempo que soy nieto, hijo, padre y como he dicho antes este 2014 ha marcado mi vida profundamente. Ahora, también soy abuelo. ¡Abuelo! ¡Ahora soy yo, el abuelo!

Ahora es a mí a quien le toca explicar mi historia, tu historia, nuestra historia, con mi voz. Y esa criaturita de dos semanas que hoy me impide estar aquí para acompañar a estas familias a vivir lo que yo tuve el privilegio de haber vivido, sabrá de ti, de tus compañeros, de tus sueños.

Mi padre en su poesía, la que descansa junto a tus huesos, te decía que a pesar de lo que te hicieron, de lo que nos robaron, los Carrasco seguimos aquí, en  pie.

Doy fé de qué así es, y la llegada de tu tataranieta lo confirma.

Felicidades a todos aquellos que hoy tenéis la suerte de recoger eso que a otros les parecen solo huesos, pero que encierran la esencia de todas y cada una de nuestras familias, y mi ánimo a todos aquellos que aún no lo podéis hacer, el día llegará.


Antonio Carrasco
Valdenoceda 12 de Abril de 2014


20 de julio de 2014

1024. ¿Quién financió la Guerra española?

António Oliveira Salazar, Adolf Hitler y Benito Mussolini




ALEJANDRO TORRÚS - 10/11/2013 - Público.es

Antes incluso de comenzar la descripción del sistema financiero de la República española y del ejército de Franco, señalado en la obra como Gobierno de Burgos, José Ángel Sánchez Asiain, autor de la obra La financiación de la guerra civil española (Editorial Crítica), ganadora del Premio Nacional de Historia de España, hace la siguiente reflexión: la Guerra Civil la pagaron los ahorros y el sufrimiento de los ciudadanos del Estado español. "La República pagó el coste del la Guerra Civil con cargo al ahorro que los españoles habían acumulado en el pasado, y el Gobierno de Burgos lo financió con el ahorro futuro. Con lo que los españoles se iban a ver obligados a dejar de consumir en los años sucesivos para satisfacer esa deuda de guerra", escribe el autor.

A partir de ahí, la obra realiza un análisis pormenorizado de las ayudas financieras que recibió cada uno de los contendientes, el sistema financiero de los dos territorios, el comportamiento de la banca y las cajas de ahorro, la financiación exterior, y los diferentes sistemas de captación de fondos de ambos bandos en sus respectivas sociedades. El presente artículo, dada la extensión del análisis de la obra de Sánchez Asiain, se limita a recoger los nombres, entidades financieros o países que prestaron dinero al Gobierno republicano o a los sublevados, sin entrar en los métodos de recaudación en el interior mediante suscripciones e incautaciones o responsabilidades políticas por daños de guerra.

Una de las principales conclusiones que se pueden obtener de la detenida lectura de la obra en los mencionados aspectos es que, por una parte, prácticamente nadie, salvo la URSS y de una manera muy discreta Francia, comerció con la República española ya sea por miedo al comunismo o a sus aliados nazi-fascistas. Y, por otro lado, que el golpe de Estado que provocó la Guerra Civil y que tuvo su única justificación en la consigna de "salvar España" estuvo financiado prácticamente en su integridad por capital extranjero que impuso altos intereses. Curiosa manera de salvaguardar los intereses de España.


La financiación del golpe militar y 'Gobierno de Burgos'

La financiación y ayuda monetaria y bélica que reciben los primeros conspiradores, después golpistas y, finalmente, ejército de Franco en la Guerra Civil debe ser analizada en tres fases: la primera arrancaría el mismo 14 de abril de 1931, fecha de la proclamación de la II República; la segunda sería la preparación del golpe de Estado del 18 de julio de 1936 hasta noviembre de 1936 cuando Franco renuncia a intentar tomar Madrid y, por último, la financiación de los tres años de Guerra Civil.

La conspiración para poner fin a la República había comenzado, de hecho, el mismo 14 de abril cuando un reducido grupo de "personajes significativos" se reunió en casa del conde de Guadalhorce (Rafael Benjumea, miembro del directorio civil de Primo Rivera y presidente de Renfe durante la dictadura de Franco) para derrocar "por todos los medios" a la nueva República. Carlistas y monárquicos comenzaron a perfilar el bloque y los socios exteriores necesarios para la sublevación del 18 de julio. Como apunte sirve introducir que en 1932, los monárquicos ya habían conseguido 20 millones de pesetas para la causa visitando a españoles residentes en Francia.
Sin embargo, no sería hasta marzo de 1936 cuando se comenzara a concretar la sublevación. Se formalizó en casa del agente de cambio y bolsa y diputado de la CEDA José Delgado, y su objetivo no era otro que organizar un "movimiento militar destinado a preservar al país de la ruina y del desmembramiento". "La operación se hacía en nombre de España, con exclusión de toda otra etiqueta", escribe el autor. En aquella reunión, según apuntó el historiador Jellinek, había asegurado a los generales asistentes que el Vaticano reconocería inmediatamente la sublevación, y apenas podía haber dudas de que así lo harían Alemania, Italia y Portugal.

Las primeras ayudas, por tanto, al golpe de Estado militar del 18 de julio de 1936 vendrían de tres fuentes fundamentales: Navarra, Juan March y Portugal, sin contar con la inestimable ayuda de Italia, Alemania y diferentes bancos, que se analizará más adelante. "Cada día parece más claro que sin esas tres fuentes de financiación, la sublevación no hubiera triunfado de ninguna manera y se hubiera desmoronado en pocas semanas", agrega Sánchez.

Juan March. El banquero y contrabandista Juan March, cuya familia sigue disponiendo de una amplia fortuna, era el hombre más rico e influyente de la España de 1936 y no tuvo ningún reparo en financiar todo tipo de acciones para socavar la República. Primero alentando la "conspiración" luego facilitando medios para que la rebelión fuera una realidad en 1936, y  posteriormente, siendo generoso con su dinero, especialmente en los primeros momentos, a la hora de financiar la compra de todo tipo de material de guerra.

Hoy día es todavía imposible cuantificar cuánto dinero puso March a disposición de los militares sublevados. Las cifras de historiadores y periodistas han oscilado entre los mil millones de pesetas a 15 millones de libras esterlinas más la financiación de buena parte de la intervención italiana en Mallorca.

De cualquier modo, sí está claro que ya March en los primeros días del golpe de Estado puso a disposición del general Mola 600 millones de pesetas de la época a través de una cartera de Valores. Así, tampoco dudó en financiación el alquiler del avión inglés que llevó a Franco de Canarias a Marruecos y en avalar cuantos créditos fueran necesarios para la causa franquista, no sin establecer unos intereses beneficiosos para él y sus socios.

El banquero, asegura la obra, también se ocupó de dar solución a una cuestión de tanta importancia para un conflicto militar como el suministro y financiación del petróleo que utilizó el llamado 'Gobierno de Burgos'. March ofreció las garantías suficientes a la empresa norteamericana Texaco para financiar los primeros envíos de petróleo a los sublevados, que dejaron de suministrar petróleo a la República, a pesar de los acuerdos firmados por ésta. El autor, además, añade: "No está documentado pero parece también claro que España recibió petróleo de Portugal siendo también March el financiador de esas compras"

El dinero de Juan March también sirvió para sufragar las escuálidas arcas de Falange. El propio José Antonio Primo Rivera había afirmado en 1934 que "uno de los primeros actos del Gobierno de la Falange será colgar al multimillonario contrabandista Juan March". Sin embargo, 1936 el dinero de March ya fluía en las arcas revolucionarias de los falangistas, primero a disgusto de José Antonio y después con su aprobación.

Portugal.  "La ayuda del Gobierno de Portugal a la sublevación fue realmente importante y generosa. Aunque dada, la limitación de recursos que Portugal disponía, esa ayuda fue, en su volumen y regularidad, muy inferior a la ayuda prestada por italianos y alemanes", escribe el autor. No obstante, la ayuda de Portugal, ya en manos de Salazar, fue "muy oportuna y notablemente eficaz". Especialmente durante las críticas primeras semanas.

El gobierno portugués puso a disposición de los militares golpistas todo tipo de recursos financieros, créditos por parte de bancos portugueses, pero también una amplia protección política y diplomática. "Así, queda constancia de que en 1937 y desde el Banco Espíritu Santo de Lisboa, se comunicaba a 37 representantes diplomáticos españoles que les remitían unas determinadas cantidades económicas".

También ayudó Portugal en el suministro de armas al bando rebelde. Portugal se convirtió de hecho en el receptor formal de armas por cuenta de Franco. "De tal manera que Portugal salió de la insignificancia como consumidor de armamento, para ocupar en la lista de clientes de la industria bélica alemana el tercer lugar mundial y el primer europeo", explica. Asimismo, la ayuda portuguesa fue también muy importante en cuanto al suministro de infraestructuras y servicios. El territorio portugués se convirtió en la retaguardia de apoyo logístico ya que servía de comunicación de la zona en manos de los militares golpistas, que había quedado partida en dos tras el fallido golpe de Estado.

Navarra. En 1936, Navarra gozaba de un régimen foral que otorgaba a la Diputación Foral el control económico y fiscal de ese territorio. A partir de esa especial situación de su Hacienda Pública, la Diputación Foral de Navarra mantuvo una "importante, generosa y constante ayuda institucional a los sublevados". Sirve como ejemplo que solamente tres días después del golpe de Estado la Dipuación Foral ya había hecho un llamamiento a los navarros aplaudiendo "su patriotismo al sumarse a la causa del movimiento salvador en defensa de la religión, la paz material y nuestras libertades forales", tomando medidas inmediatas para "el buen funcionamiento de la sociedad navarra al servicio de la guerra".

El 24 de julio, el general Mola dio orden a la Diputación para que le habilitara un crédito por dos millones de pesetas para hacer frente a los gastos originados por "el movimiento emprendido para salvar España", crédito que posteriormente sería liquidado sin ser abonado. Así, la Diputación también llamó a todos aquellos que "disfrutaban de una posición económica desahogada" a realizar una contribución a la causa. En suma, todos los impuestos de guerra que creó la Diputación de Navarra sirvieron para recaudar 13.942.813 pesetas que fueron puestos a disposición de la "causa nacional". Este dinero sirvió para, entre otras cosas, adquirir aviones para la defensa de Pamplona, cancelar el crédito a Mola, poner un coche blindado a disposición de Franco, motocicletas para el general Varela, una pensión de 1.840 pesetas a las hijas de Mola para gastos educativos o el pago de la factura de 4.700 pesetas presentada por el Colegio de Arquitectos vasco-navarro por confección del proyecto del chalet para la viuda del General Mola.

Los carlistas. Otra importante fuente de financiación de la sublevación fueron los donativos que hizo un grupo muy selecto de carlistas, económicamente bien situados, entre los que pueden citarse Joaquín Baleztena, Miguel María Zozaya y Fernando Contreras. Pero lo que constituyó una excepcional fuente de financiación, explica el autor, fue el sistema regular de cuotas que los carlistas tenían establecidos desde 1934, de acuerdo con el cual todos los afiliados debían pagar al "Tesoro de la Tradición" una suma, "por lo menos igual a la pagada en imposición directa al Estado".

Francesc Cambó. El político catalán, cofundador y líder de la Liga Regionalista, descrito por Romanones como "el mejor político del siglo XX", ayudó a recaudar en el extranjero 410 millones de pesetas para financiar la sublevación de los militares golpistas. Asimismo, avaló o ayudó a conseguir créditos que pudieron ascender a 35 millones de dólares.

Aportaciones judías. A pesar de las amenazantes frases lanzadas por Radio Sevilla por Queipo de Llano, las grandes familias judías de Melilla "destinaron cuantiosas sumas de dinero a la causa rebelde". Franco, que estaba gestionando créditos con la banca judía de Tetuán y Tánger, se vio obligado a desautorizar las emisiones de Mola y el 15 de agosto de 1936 dirigió una carta al Consejo Comunal Israelita de Tetuán pidiéndoles que no prestarán atención alguna a las emisiones antisemitas.

Italia. El autor argumenta que hay dos tipos de razones que justifican la ayuda de Mussolini a España con la intensidad con la que lo hizo. Unas son razones de tipo político y económico, y se refieren a la necesidad que el Gobierno italiano tenía que dominar como fuera el Mediterráneo y, en todo caso, impedir su bloqueo mediante un pacto hispano-francés. Las otras se refieren a la creencia de Mussolini de que su misión en la Historia era luchar contra el comunismo. "En todo caso, también influyó el hecho de que España ofrecía un buen campo de experimentación para el nuevo armamento", añade el autor.

Más allá de la cuantiosa ayuda militar que Italia destinó a España en forma de aviones Savoia y cazas Fiat, armas y militares de las que, especialmente el historiador Viñas ha dado buena cuenta, cabe destacar la ayuda financiera como es objeto de este artículo y de la investigación de García. En este sentido, y una vez acabada la guerra, representantes italianos y españoles, valoraron que el total del crédito que Italia había puesto a disposición de los golpistas ascendía a 6.926 millones de liras. No obstante, el Gobierno italiano, mucho más generoso que el alemán, propuso fijar en 5.000 millones de liras la deuda total del Gobierno español por suministro de material de guerra de todas clases y diferentes gastos hechos hasta el 31 de diciembre de 1939. El resto quedaba condonado. Este acuerdo fue firmado el 8 de mayo de 1940.

Alemania. El proceso oficial de petición de ayuda de los sublevados a Alemania comenzó el 21 de julio de 1936, cuando Franco, tratando de llegar a Hitler de la forma más directa posible y rápida, recibió a Johannes Bernhard, del que se sabía que estaba en condiciones de contactar con facilidad, y sin trámites administrativos, con el propio Hitler.

Cuando la petición de ayuda llegó a Hitler, los ministros del Aire, Goering, y de Guerra, Blomberg, animaron a Hitler a prestar ayuda e involucrarse en la operación tanto "por simpatía hacia sus planteamientos anticomunistas, como para utilizar el conflicto español como un laboratorio para mejorar las técnicas de los ejércitos alemanes". Goering también recordó a Hitler que, a cambio de los aviones, Alemania podría obtener de España los minerales que tanto necesitaba.

De tal manera que la intervención alemana en la Guerra Civil española, dice el autor, no puede entenderse sin tener en cuenta la política de aprovisionamiento de materias primas, especialmente de minerales aplicados a las necesidades de la guerra. Sobre esta base, los rebeldes firmaron con Hitler el 20 de marzo de 1937 un Protocolo de Amistad. Las operaciones entre ambos países durante la guerra fueron múltiples, todas con "olvido sistemático" de las opiniones españolas imponiéndose en todo momento el deseo alemán.

Una parte considerable de la deuda que España contrajo con Alemania fue pagadas por compensación, es decir, con exportaciones españolas a Alemania, sobre todo de minerales. Una vez terminada la guerra Alemania fijó la deuda en 372 millones de marcos, incluyendo el coste de la Legión Cóndor, que los alemanes cifraron en 99 millones de marcos. No obstante, la dictadura de Franco y la de Hitler jamás llegaron a un acuerdo para calcular el importe de la deuda aunque sí que encontraron una solución política de entendimiento mutuo para demorar el problema firmado en 1941 que permitía a los alemanes hacer compras en España sin pagar su importe. "Y minerales, aceite y naranjas, entre otras cosas, fueron enviados a Alemania sin generar divisas para la economía española".

Sociedade Geral de Comércio, Industria e Transportes Limitada. Este holding de empresas portugués dispuso de un crédito de hasta un límite de 175.000 libras esterlinas para los golpistas el 8 de agosto de 1936 con un interés del 5,5% anual.

Compañía General de Tabacos de Filipinas. Dispuso un crédito de un millón de dólares, ampliado en 200.000 dólares más. Fue otorgado el 22 octubre de 1936. Sin intereses.

Kleinwort, Sons & Co. El banco inglés otorgó un crédito de 800.000 libras con una remuneración del 4% anual el 15 de septiembre de 1937. Apenas un mes después, la misma entidad concedió otro crédito de hasta 1.500.000 libras esterlinas con un interés del 3% anual.

Société de Banque Suisse. Concedió otro crédito de hasta un millón de libras esterlinas el 20 de octubre de 1938.

Caixa Geral de Depósitos. La entidad bancaria portuguesa concedió un crédito hasta el límite de 50 millones de escudos portugueses el 28 de febrero de 1939 con un interés del 4% anual.

Consorcio bancos italianos. Independientemente de la ayuda prestada por el Estado italiano, un consorcio de bancos italianos que presidía el Banco de Italia, con la colaboración de los bancos Hispano Americano y Español de Crédito puso a disposición de los sublevados un crédito de hasta 125 millones de liras el 20 de noviembre de 1937 alcanzando un total de 300 millones de liras en 1939.


La financiación del Gobierno de la República.

El endeudamiento exterior como fórmula de financiación de la guerra fue una importante fuente de recursos para el bando de los militares sublevados, pero apenas contribuyó a las finanzas de la República. La  primera operación conocida de financiación exterior de la República se hizo en julio de 1938, fecha en que se intentó colocar en el mercado una emisión de obligaciones al 3,5%. "Una operación que no tuvo éxito por la negativa de la banca internacional a facilitar ese apoyo", escribe el autor, que añade que también tuvo mucho que ver con esa negativa, sin duda, el miedo del capitalismo internacional a apoyar a lo que podía desembocar en una "república bolchevique". El historiador inglés Hugh Thomas señaló a este respecto: "Los grandes financieros de Europa y América no sólo esperaban una victoria de los nacionalistas, sino que además la deseaban". La República tuvo, por tanto, prácticamente imposible acudir al exterior en busca de créditos o ayudas. De hecho, algunos grandes bancos extranjeros boicotearon y ralentizaron sus operaciones financieras.

La obra aporta varios ejemplos de boicot de la banca a la República. Entre ellos figuran los británicos Midlang Bank; Barclays, que llegó a justificarse en la "política de la monarquía" inglesa para boicotear a la República; el Martin's Bank o el British Overseas Bank; entre los estadounidenses: Chase, Guarantee Trust o Amalgamted Bank. "Así pues, la República no pudo servirse de Wall Street, ni de la City de Londres, porque desde el principio de la guerra ambos mercados le fueron abiertamente hostiles, a pesar de que había cumplido rigurosamente con todas sus obligaciones financieras internacionales", señala el autor José Ángel Sánchez.



La venta del oro del Banco de España.

Negado el crédito internacional, la principal fuente de financiación de la República partió de las reservas de oro que había en el Banco de España, con sede en Madrid. Según los cálculos del historiador Ángel Viñas, el 18 de julio de 1936 el Banco de España poseía 708 toneladas de oro fino, de las cuales 638 se conservaban en Madrid, 53 en la sucursal de Mont de Marsan del Banco de Francia y el resto en manos de corresponsales. El valor en dólares era de 718 millones, lo que excluida la URSS, colocaba a España en cuarto lugar en el ranking de los países occidentales, en relación con el volumen de sus reservas, detrás de Estados Unidos, Francia y Reino Unido. 

Desde el 18 de julio y hasta enero de 1937, el Banco de España había suscrito con el Tesoro nueve convenio de préstamo por un total de 290 millones de pesetas valor nominal oro. Estos convenios de préstamos se habían traducido en 12 operaciones de venta de oro amonedado o en barras por un total de 580 millones de pesetas valor nominal oro, lo que equivalían a 168,4 toneladas de oro fino. Todas con destino al Banco de Francia. La contrapartida en divisas que recibió España por la venta de oro ascendió a 3.922 millones de francos.

El 6 de octubre de 1936 un acuerdo del Consejo de Ministros autorizó al presidente del Gobierno, Largo Caballero, y al ministro de Hacienda, Negrín, a trasladar el oro "fuera del territorio patrio". El 25 de octubre, 7.800 cajas conteniendo 510 toneladas de oro fueron embarcadas rumbo a Odessa y luego trasladas por tren hasta Moscú, donde se formalizó la entrega. Se depositó el oro español en Rusia fue el Depósito de Metales Precioso del Estado del Comisariado del Pueblo en la Hacienda.

La justificación al traslado fue la incapacidad de la República de obtener armas en el mercado internacional y la negativa de ayuda de las potencias occidentales. Al iniciarse la Guerra Civil el Gobierno republicano contaba con el 47% del ejército, el 65% de la aviación y la marina, el 51% de la Guardia Civil, el 65% de los Carabineros, más del 70% de la Guardia de Asalto y el 59% de la población. Pero la importancia de estas cifras comenzaron a perder fuerza cuando empezaron a llegar noticias de Roma y de Berlín sobre la posición que podían adoptar los Gobiernos italiano y alemán.

El mismo 19 julio el presidente Giral remitió un telegrama al presidente francés, Blum, solicitando urgentemente armas. Pero la ayuda de Francia fue parcial y clandestina. Gran Bretaña, indirecta o directamente, dice el autor, ayudó a la caída de la República. México, por el contrario, la apoyó. No se adhirió al pacto de no intervención y a pesar de sus limitados recursos, el general Lázaro Cárdenas envió a los republicanos 20.000 fusiles máuser, 20 millones de cartuchos y diversas vituallas. Pero al final tuvo que ser la URSS el principal proveedor de armas.

Con el oro ya en Moscú, se pagaron los armamentos y el material bélico que se suministraron, en una operación puramente comercial, a España. También con cargo a ese oro se pagaron, entre otras partidas, los suministros de material y armas procedentes de terceros países, la ayuda para crear en España una industria bélica, los salarios del personal que luchaba o trabajaba en España, los subsidios y las pensiones a las familias de los caídos y el adiestramiento en la Unión Soviética de especialistas para el ejército popular. Hasta que el oro se agotó, y con él la práctica totalidad de la posibilidad de financiarse de la República. "En resumen, de las 638 toneladas de oro fino disponibles en Madrid a 18 de julio de 1936, más de dos terceras partes se enviaron a Rusia y fueron adquiridos por el Gosbank. La mayor parte del tercio restante se vendió en Francia. En conjunto la República ingresó más de 600 millones de dólares", escribe el autor. La investigación de Ángel Viñas al respecto confirmó que la República había gastado absolutamente todo el oro disponible, por lo que en la URSS, primero, y después en Rusia, no quedaba ni un lingote español. Su investigación concluía que en Rusia no quedaba oro español, que los rusos no parece que estafaran a España, pero que cobraron por todos los servicios y que el oro se vendió en Moscú, pero sólo una parte se gastó en la URS, en la medida en la que millones de dólares se transfirieron a París.