Que la tierra le sea leve.

El 20 de noviembre de 1975, me dieron la noticia: ¡Franco ha muerto!

¡Que la tierra le sea leve!, fue mi respuesta a los numerosos medios de comunicación que me asediaron.

No destapamos botellas de champán.

A través de Radio Pirenaica, expresé mi emoción y mis preocupaciones.

Como el despertar de una angustiosa pesadilla, nuestro pueblo ha conocido la muerte de Franco. Franco ha muerto, pero la España eterna, la España de la democracia y de la libertad, la España que dio vida a un mundo, vive en su pueblo maravilloso, capaz de todas las hazañas; y España, a través de las Juntas Democráticas, de la Plataforma de Convergencia, que en torno a la alternativa democrática unen a todas las fuerzas políticas fundamentales que quieren vivir en una patria de paz y de democracia, comienza a abrir nuevos caminos, venciendo no pocas dificultades, pero segura de restablecer en nuestro país la convivencia entre los españoles que no fue posible con el franquismo.

En España comienza a amanecer, y ese amanecer de hoy, rompiendo con las tinieblas del pasado, es el amanecer de una España en la que el pueblo será el principal protagonista, en que de nuevo sean reconocidos los derechos de los hombres y de los pueblos de nuestra patria multinacional y multirregional.

Y en estos momentos de gran emoción, mi primer pensamiento se dirige a nuestros presos, a todos los presos políticos, que deben ser puestos inmediatamente en libertad; y ésta debe ser la principal preocupación de todos los que luchan y desean el restablecimiento de un régimen democrático en España.


Dolores Ibarruri
Memorias de Pasionaria (1939 - 1977) 
Editorial Planeta, 1984






El 19 de noviembre de 1933 amaneció con sufragio universal.




«Para orgullo de la superioridad masculina
estamos seguros de que ellas nunca podrán
superar nuestros absurdos»
Wenceslao Fernández Flórez




María Torres/ 18 noviembre 2014

Hace 81 años, 6.800.000 mujeres españolas (más de la mitad del censo electoral) votaron por primera vez en las elecciones legislativas del 19 de noviembre de 1933. Unos días antes lo habían hecho las mujeres vascas en el referéndum del Estatuto de Autonomía.

Antes y después de su aprobación, el voto femenino gozaba de un amplio rechazo entre la mayoría de los hombres que no veían ni querían el momento de la equidad para las mujeres. Incluso llegaron a afirmar que la concesión del sufragio universal tampoco interesaba a las mujeres.

La artífice de ese logro fué Clara Campoamor, que a pesar del aislamiento al que fué sometida por parte de todos sus correligionarios, de los ataques recibidos por la mayoría de diputados y apoyada tan solo por una minoria socialista, consiguiò que el 1 de octubre de 1931 el Pleno del Congreso de los Diputados aprobara el derecho de las mujeres al sufragio por 161 votos frente a 121, ratificado el 1 de diciembre de ese mismo año en una votación aún más ajustada: 131 votos a favor frente a 127. Se consagraba por tanto la “igualdad” entre hombres y mujeres, permitiendo a las mujeres mayores de 23 años participar en las votaciones, no sólo como candidatas sino también como electoras.

Votaron en contra del sufragio femenino el partido Radical (excepto Clara Campoamor y cuatro diputados más), el Partido Republicano Radical Socialista y Acción Republicana. A favor el Partido Socialista (a excepción de Indalecio Prieto con su famosa frase de «se ha dado una puñalada trapera contra la República», y su grupo), el sector conservador de la derecha española y pequeños grupos republicanos como la Agrupación al Servicio de la República)

Aunque el sufragio universal situó a España en la vanguardia de Europa en cuanto a derechos electorales, si repasamos la prensa de la época, comprobaremos la crispación que el asunto del sufragio causaba en los medios, incluso de "izquierda":









«La señorita Campoamor lucha bravamente frente a casi todos los jefes de minorías, pero la impresión es que será derrotada» (El Heraldo de Madrid)

«Milite donde milite desde ahora, la mujer lleva a la lucha un espíritu de intransigencia y defiende siempre las soluciones más radicales. Dígase lo que se diga, la mujer española no está preparada para intervenir en la vida pública" "Para otorgar el voto a la mujer española se ha alegado que ya lo tienen la alemana y la inglesa. Bueno; pero da la casualidad de que ni la inglesa ni la alemana van al confesonario» (El Heraldo de Madrid)

«Y cuidado que, con gusto, en principio, no aceptamos nosotros la concesión del voto a la mujer. Nosotros creemos que el lugar propio de la mujer, de su condición, de sus deberes, de su misión en la vida, es el hogar. Y nos parece mal que de él se la arranque, y aunque en ella se fomenten o despierten vocaciones que la atraigan a la calle. Estamos ciertos de que es desgraciada una sociedad donde la mujer no se contenta con ser esposa y madre.» (El Debate)






«Segaremos trigo verde» «... Defiende la implantación rápida de los derechos de la mujer. Con ella votarán a favor los socialistas, y en contra es de suponer que los demás sectores de la Cámara, que tienen el justificado temor de que aún la mujer no está capacitada lo suficientemente para acudir a las urnas... Se impone un poco de calma en las damas, y repetimos nuestra creencia, que han de debutar con unas modestas elecciones municipales. Y ya es bastante.» (La Voz)

«Se entabló un amplio debate sobre el voto de la mujer. Los partidos radicales, todos, se han mostrado aquí profundamente reaccionarios. Querían conceder el voto a la mujer, pero no en la Constitución, sino en la ley Electoral,  para condicionado y hacerlo desaparecer si les era adverso. Temen que los curas y los frailes influyan decisivamente en la mujer... ¿Y qué hicieron entonces con su labor anticlerical? La Cámara, por una gran mayoría, proclamó el derecho de igualdad. Esto irritó y desconcertó extraordinariamente a los partidos burgueses..., que están dominados por un pesimismo sombrío que los incapacita para la lucha.» (El Socialista, 1 de octubre de 1931)

«No se ha otorgado el voto a los jóvenes de veintiún años, olvidándose de que a esa edad la juventud española discierne sobre temas políticos con más preparación y sentido que las mujeres a los cuarenta» "El voto hoy en la mujer es absurdo, porque en la inmensa mayoría de los pueblos el elemento femenino, en su mayor parte, está en manos de los curas que dirigen a la opinión femenina, se introducen en los hogares e imperan en todas partes. Hoy la mujer española, especialmente la campesina, no está capacitada para hacer uso del derecho del sufragio de una manera libre y sin consejos de nadie. Con lo que hoy ha acordado el Parlamento. La República ha sufrido un daño enorme y sus resultados se verán muy pronto.» (La Voz, 1 de octubre de 1931)





«La concesión del voto a las mujeres, acordada ayer por la Cámara, determinó un escándalo formidable, que continuó luego en los pasillos. Las opiniones eran contradictorias. El banco azul fue casi asaltado por grupos de diputados que discutían con los ministros y daban pruebas de gran exaltación. Es posible que la trascendental votación de anoche tenga consecuencias graves en otro orden nacional.» (La Voz, de 2 octubre de 1931)

«Los comentarios después del resultado otorgando el voto a la mujer fueron muy apasionados. En los pasillos los radicales y algunos radicales socialistas anunciaban que, como represalia, no harían ninguna concesión cuando llegue el momento de discutir las relaciones entre la Iglesia y el Estado, llegando incluso a la rebeldía con los jefes si ordenaban cosa que se opusiera a este propósito. Los diputados discutían con varios ministros primera votación, y se distinguían en su apasionamiento los radicales socialistas y los radicales, que estimaban que la concesión del voto a la mujer es un gran peligro para la República.» (El Sol, de 2 de octubre de 1931)

«No somos enemigos de la concesión del voto a la mujer. Estimamos que debe concedérsela ese derecho de ciudadanía, pero a su tiempo, pasados cinco años, diez, veinte, los que sean necesarios para la total transformación de la sociedad española. Cuando nuestras mujeres se hallen redimidas de la vida de esclavitud a que hoy están sometidas, cuando libres de prejuicios, de escrúpulos, de supersticiones, de sugestiones, dejen de ser sumisas penitentes, temerosas de Dios y de sus representantes en la tierra y vean independizada su conciencia. La mujer española, en general, por sus condiciones de vida, por su educación, por los limitados horizontes de su apagada existencia, tiene su consuelo en la fe religiosa. Su esperanza en la oración, su refugio en la iglesia... » (La Libertad, 2 octubre 1931)





«Resuelta la edad del voto, se discute el voto de la mujer. Aunque al principio más parece que lo que se discute es la edad y no el voto. El Sr. Ayuso dice cosas terribles. Quiere que la mujer no tenga el voto hasta los cuarenta y cinco años, porque en esa edad "se fija por los tratadistas la estandarización de la edad crítica en la mujer latina". Estas palabras indignan a la Srta. Clara Campoamor que arremete contra el Sr. Ayuso y le lanza con voz sorda una palabra antiparlamentaria. Afortunadamente la discusión se eleva rápidamente hasta culminar en una votación desconcertante. Parecía que la opinión de la Cámara era contraria al voto femenino, y, sin embargo, se vota lo contrario. Luego en los pasillos se oyen frases gordas: - ¡Esto ha sido una puñalada a la República! ¡Hemos votado como unos inconscientes! Y quedan las espadas en alto.»  (Crisol, 10 de octubre de 1931)

«Los demócratas burgueses tienen miedo a la democracia... Como sabemos que todo su radicalismo es verbalista no nos ha sorprendido lo ocurrido. Son republicanos, viejos republicanos, defensores de la igualdad de derechos para uno y otro sexo, pero sólo en la verborrea fácil del mitin. Luego se asustan, y cuando la Constitución concede el voto a la mujer, no sólo como un derecho, sino como un deber, tiemblan de pánico.» (El Socialista, 2 de diciembre de 1931)

Y ahora le toca el turno a los testimonios y manifestaciones de algunos de los representantes de la Cámara, de abrumadora mayoría masculina. No olvidemos que las únicas parlamentarias eran Victoria Kent, del Partido Republicano Radical Socialista y Clara Campoamor del Partido Radical. Más tarde se incorporó Margarita Nelken del Partido Socialista (elegida en las elecciones parciales del 4 de octubre de 1931). Tres mujeres de un total de 465 diputados.





«iSe ha dado una puñalada trapera a la República!» (Señor Prieto)

«Es lo más grave que se ha votado hasta ahora, porque ha de favorecer enormemente a las derechas.» (Señor Guerra del Río)  

«Era preciso mantener a toda costa el principio constitucional, que no significaba ningún peligro para la República.» (Señor Companys)

«Sin entrar a discutir el fondo del asunto, había que considerar que la política se hallaba ante dos incógnitas: una la aplicación de la nueva ley electoral con sistema proporcional, y otra el sufragio femenino, por lo que era prudente no hacer las dos a la vez.» (Señor Martínez Barrios)

«Estoy conforme con el voto a la mujer, pero mi discrepancia es solamente por cuestión de oportunidad. Creo que no estamos aún en tiempo de someter la República española a una experiencia tan peligrosa.» (Señor Sánchez Román)

«No hay, a mi juicio, motivo alguno de preocupación, sobre todo si la República actúa con habilidad.» (Señor Alcalá Zamora)

«No puedo aceptar que el voto de la mujer pueda poner en peligró la República. Lo que estimo absurdo es la actitud de las minorías.» (Señor Maura)

«Ha sido una votación inconsciente. Hasta ahora, Alianza Republicana ha venido actuando como conservadora, como conservadora de la República, pero roto el pacto por los socialistas, que en esta votación se han unido a las derechas, nosotros llegaremos a los mayores radicalismos, y si mañana se propusiese que colgasen de los faroles a todos los frailes, nosotros y los radicales lo votaríamos.» (Pedro Rico)

«Negar el voto por entender existía el peligro de que votase a los elementos de derecha era negar el principio fundamental de la democracia.» (Doctor Marañón)

«La concesión del voto era necesaria en buen principio democrático.» (Sr. Albornoz)





«Socialistas y derechas han creído que el voto reforzaría sus sufragios. Los grupos genuinamente republicanos estimaban que a ello se debía ligar después de un intenso período de preparación. Nadie ignora que Francia ha sido siempre una gran escuela de democracia, y si aparta de la lucha electoral a la mujer no es para inferirla un agravio, sino para mantenerla al margen.» (Sr. Salazar Alonso)

«He votado en favor porque no solamente es justo, sino también necesario. Los mismos argumentos de peligros ocultos escuchados en la Cámara fueron los que se emplearon en otros países y el resultado es bien patente. No hay ningún peligro para la República con la concesión del voto a la mujer. Tantas reaccionarias y beatas como en España, o más, hay y ha habido en Inglaterra, Alemania, etc., y sin embargo ellas han dado una nota siempre liberal en su actuación.»  (Jósé Ortega y Gasset)

«Dar el voto a la mujer en España era atentar contra la estabilidad de la República. Las mujeres, en su mayoría, son derechistas. En Inglaterra, desde que tuvieron el voto dieron el triunfo a los conservadores. Las mujeres inglesas han terminado con el histórico partido liberall.» (Santiago Alba)

Según relata Clara Campoamor en El voto femenino y yo, el voto a la mujer pesaba como losa, más que sobre el corazón, sobre el hígado de muchos españoles. Llovieron las lamentaciones. La juventud republicana de Bilbao dirigió a los jefes de las minorías parlamentarias un telegrama de protesta por entender que el voto femenino suponía para Vizcaya el fracaso de las ideas republicanas y el retraso por varias generaciones. Incluso unos fieles republicanos navarros escribieron al Heraldo manifestando que «era delito de lesa patria conceder el sufragio a la mujer».

El doctor Roberto Novoa de la Federación Republicana Gallega como argumento biológico en contra de la concesión del voto se manifestó así: «A la mujer no la dominaban la reflexión y el espíritu crítico, se dejaba llevar siempre por la emoción y el histerismo no era una simple enfermedad, sino la propia estructura de la mujer.»

Ante la pregunta ¿Qué cartera ministerial le daría a una mujer?, publicada en la Revista Estampa en 1932, transcribimos las repuestas facilitadas por algunos de los entrevistados:


«Ninguna... no son propios de la mujer los cargos que lleven aneja autoridad.» (José María Gil Robles)

«Yo le daría la suya: la del espejito y la barra de carmín. Pero si no quedaba más remedio que darle una cartera de ministro a una mujer, le daría la de Estado... Es que en nuestra época la diplomacia no debe tener secretos.» (Ángel Lázaro Machado)

«Ninguna. Mejor crearía para ella una que solo por ella pudiera ser desempeñada eficazmente: la de Acción femenina... así podría cumplir sin que la mujer se transformase en una virago pedantesca, ni los hombres quedaran humillados en lo que constituye su legítima superioridad intelectual.» (José Francés)


El gran dolor de Clara Campoamor fue que la aprobación del sufragio femenino se obtuvo sin el apoyo de los "demócratas" republicanos. 

Pero, ¿que opinaban las mujeres? Las mujeres de cualquier edad y condición estaban interesadas en la política y querían participar en ella.


He aquí algunos ejemplos:





«Las mujeres españolas esperan recibir de los diputados de la República su primera lección de ética política, al vedas mantener las leyes que ellos votaron en el Parlamento concediéndoles el derecho al sufragio en igualdad de condiciones que al varón. ¡Diputados! ¡Sed consecuentes! ¡No malogréis la esperanza de las mujeres republicanas que esperan anhelosas servir a la República con pleno sentido de responsabilidad! ¡No despreciéis su concurso leal!» (Benita Asas Manterala, Asociación Nacional de Mujeres Españolas)

«Cuatrocientos cuarenta y cinco diputados y dos diputadas. Cerca de cuatrocientos se llaman de "ideas avanzadas". El resto defiende lo que cree la tradición. Dejando a un lado a los familiares femeninos de 108 electores de derechas y socialistas, quedan los núcleos femeninos de los cientos de miles de electores burgueses, pero "de ideas avanzadas". A estos núcleos tienen miedo los diputados. Estos hombres, los diputados están convencidos de que entre ellos y las mujeres de sus familias y las de sus electores se interpone otro hombre, el cura, por el cual ellos se confiesan vencidos. Pero entonces no deberían presentarse ante sus -electores como capaces de luchar por favorecerlos, cuando tan fáciles de vencer son.»  (Matilde Huici, El Sol)

«Lo abrigan precisamente aquellos que más y mejor descuidaron el dar a la mujer conciencia de su propia responsabilidad, el valor de su propia estimación y los que la dejaron más indefensa en poder de sus llamados directores espirituales. El hombre de la clase media ha sido en política más o menos avanzado, pero desde luego, en el hogar su intervención desdichadísima ha supuesto siempre el atraco, la reacción y la rutina.» (Matilde Muñoz)










«El voto hoy en la mujer es absurdo, porque en la inmensa mayoría de los pueblos el elemento femenino, en su mayor parte, está en manos de los curas, que dirigen a la opinión femenina, se introducen en los hogares e imperan en todas partes.» (La Voz, 1 de octubre de 1931)

«En estos momentos, y si se tratara de conceder el voto a las mujeres obreras, no vacilaría. Pero como no es sólo eso y yo desconfío de que las mujeres de las clases media y alta sientan la República, mi voto es resueltamente adverso a la concesión.» (Victoria Kent, El Heraldo de Madrid 10 de octubre de 1931) 

«Lo que yo propugno es algo en que las derechas españolas tienen sin remedio que estar absolutamente conformes, por el revuelo que se produjo entre ellas al instaurarse el sufragio universal. Sostenían, y hasta quizá no les faltaba razón, que el pueblo carecía de la preparación necesaria para intervenir de pronto en la política nacional, que muchos de los presuntos electores no iban a tener ni siquiera noción de lo que significaba aquello que se ponía a votación, que el obrero, por falta de preparación, decían entonces esas derechas, iba labrar un campo abonado al caciquismo, y otras muchas cosas más que en este momento no recuerdo. Pues bien; yo he pensado mucho en los argumentos de mis contrarios políticos, y he creído, como ya le he dicho, que quizá tuvieran entonces razón. Y como ahora se presenta un caso exactamente igual, me he dicho: ¿Cómo voy a permitir que la historia se repita ...? »(Victoria Kent en una entrevista a Josefina Carabias publicada en La Voz, noviembre 1931)





En las elecciones del 19 de noviembre de 1933 ganaron los partidos de centro-derecha y derecha, la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), dirigida por José María Gil Robles, lo que dio lugar al bienio radical-cedista o bienio negro de los años 1933-1936. Muchos pensaron que se confirmaba la teoría de Victoria Kent, que se opuso al voto femenino en aquellos momentos por considerar que estaría influenciado por la iglesia. 

Es absurdo culpar a las mujeres de esta victoria. Además de la desunión de las izquierdas, se pudo comprobar en todas las mesas electorales como votaban los obispos, las monjas y los frailes de clausura. Se compraron votos, se regaló dinero y se ejecutó una eficaz campaña política desde los púlpitos a la vez que se realizaban mítines en las sacristías. Como señalaba en su editorial el periódico Humanitat de 22 de noviembre de 1933: «Ha sido toda una tropa lívida y negra del fanatismo religioso, que ha utilizado una ley de la democracia para apuñalar a la democracia.»

No olvidemos que tres años después, y también con el voto de las mujeres, ganó con sobrada mayoría el Frente Popular.

A Clara Campoamor se la culpó de favorecer el triunfo de las derechas: «A mi pudiéronme cargarse todos los políticos imaginarios de la mujer, y pasárseme todas las cuentas del menudo rencor. Lo que no espero ocurra es que se eleve una voz, una sola, de ese campo de la izquierda, de quien hube de sufrirlo todo, por ser el único que ideologicamente me interesa, y al que aún aislada sirvo» (El voto femenino y yo)

El día que la mujer española pudo votar por primera vez en unos comicios, Clara Campoamor y Victoria Kent perdieron su escaño. 







1191. Las derechas compran conciencias por cinco duros y votos por un colchón.




       
María Torres/ 18 noviembre 2014

Hoy vamos a compartir con vosotros una curiosa noticia publicada en la segunda página de El Heraldo de Madrid el 18 de noviembre de 1933, un día antes de la celebración de la la primera vuelta de las segundas elecciones generales de la Segunda República Española, las primeras en que las mujeres ejercían el derecho al voto.

Obtuvieron mayoría los partidos de centro-derecha y derecha, lo que dio lugar al bienio radical-cedista o bienio negro de los años 1933-1936.

La noticia es la siguiente:

«Las derechas compran conciencias por cinco duros  y votos por un colchón.

Realiza las operaciones ¡¡un jefe de Mesa de uno de los colegios del distrito de Chamberí!!

Un afiliado a Acción Popular, jefe de Mesa de uno de los colegios electorales del distrito de Chamberí, se ha estado dedicando estos últimos días a la tarea de «distribuir» colchones entre los pobres del distrito. Eso sería una obra de caridad... si no fuera por el pequeño detalle de que por cada colchón exigía la entrega «sólo por unas horas» de la cédula de identidad del beneficiado.

Al pedirle por teléfono cierta persona que nos ha puesto al tanto del asunto que atendiera a un camarero sin trabajo que suma cuatro votos con sus familiares, el aludido señor le dijo :

—Aquí, en casa, ya no tengo colchones. Dígale que vaya de siete a nueve a la avenida de Pablo Iglesias, 15, sótano; que pregunte por mí y saldrá satisfecho. Le daremos también unos duros, pero que no dejen de llevar la cédula.

Y la presente fotografía muestra la portada de la mencionada casa de la avenida de Pablo Iglesias con ¡qué extraña prevención! dos guardias que pasean continuamente por el portal.

¡Qué harán allí esos guardias! ¡Ah!, ya..., será tal vez para que nadie desvalije a quienes, después de «dejar por unas horas» su cédula a los de Acción Popular, salgan de aquel antro con unos duros en el bolsillo y el vale de un colchón.

Lo gracioso es que la mayor parte de los afortunados que han cogido esas cantidades serán los primeros en votar mañana con otro cualquier documento que identifique su personalidad, y cuando vayan a votar los de las cédulas «adquiridas»... ¡Les van a dar pocas!»


Acción Popular, fue un partido confesional católico fundado el 29 de abril de 1931 con el nombre de Acción Nacional. Por no estar autorizado el empleo del término nacional para designar instituciones u organismos no estatales, cambió su denominación por Acción Popular.

El objetivo del partido era la «salvación político-social de España». Núcleo aglutinante de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), surgió como un frente político para defender la religión católica, la propiedad y la familia. Su promotor, Ángel Herrera Oria, más tarde obispo de Málaga (1947), era a su vez director de El Debate, que pasó a ser el órgano oficial del partido.

En octubre de 1931, tras la renuncia de Herrera Oria, se constituyó un comité dirigido por José María Gil-Robles, junto a Antonio Goicoechea y el conde de Vallellano. Las Cortes constituyentes de 1931 contaron con cinco diputados de Acción Nacional.

Parece ser que el asunto de colchones a cambio de votos no fue una práctica puntual. Dolores Ibarruri, resultó detenida tras un mitín celebrado el 1 de enero de 1936, por pedir al público que no tomasen los colchones con los que se decía que la derecha compraba los votos, «porque esos colchones no sirven más que para descansar los cuerpos deshechos de nuestros maridos e hijos maltratados en las comisarias y cuarteles.»






1190. Una trinchera de un millón de seres inermes

Aquel mismo día 17 de noviembre sufrió Madrid el bombardeo aéreo más terrible que se había conocido hasta entonces. Más de un centenar de edificios destruidos o incendiados. Cuatrocientos muertos. Novecientos heridos. El mando rebelde creyó que si a las vacilaciones del frente se unía la desmoralización fulminante de la retaguardia aterrorizada el triunfo era seguro. Pura táctica de guerra total. Se equivocaron los rebeldes. Este fue el segundo error cometido por Franco ante Madrid.

El vecindario madrileño soportó la dura prueba con un estoicismo y una serenidad insospechables. Empezaron los bombardeos al apuntar el día. A las diez de la noche hicieron los trimotores rebeldes su última incursión, en la que arrojaron principalmente bombas incendiarias: aquella noche ardió Madrid por los cuatro costados. Sucumbieron el palacio del duque de Alba, la Diputación Provincial, el Teatro Cervantes, el Cine de la Ópera, el hotel Savoy, el mercado del Carmen y en total más de un centenar de edificios sitos en las calles de Fuencarral, Desengaño, Carrera de San Jerónimo, Alcalá, Avenida del Conde de Peñalver, Caballero de Gracia, Montera, Preciados, Mayor y otras muchas de las barriadas de Vallecas, Cuatro Caminos y Tetuán. En la Puerta del Sol una bomba hundió el pavimento y dejó al descubierto el túnel del Metro. La mortandad fue horrible, el daño material incalculable. El efecto moral, nulo. La teoría de la guerra total falló en Madrid aquella noche.

Un millón de personas no combatientes sintió la guerra llegar hasta sus hogares. La alcoba más escondida fue como la trinchera más avanzada del frente. Refugiados en los sótanos, millares de seres inermes fueron sometidos a la dura prueba que antes se reservaba al arrojo y al heroísmo de los guerreros. Madrid era una inmensa trinchera ocupada por tiernas criaturas, débiles mujeres e inofensivos ancianos que un enemigo implacable batía furiosamente. En los sótanos de los grandes y sólidos edificios del centro se apiñaba para resguardarse del bombardeo constante una inmensa muchedumbre sobrecogida por el terror; solo en los sótanos del edificio de la Compañía Telefónica, el más alto de Madrid, estuvieron refugiados durante toda la madrugada más de seiscientas personas. Los vecinos de las casas humildes de dos o tres pisos a lo sumo, que las bombas podían perforar hasta los cimientos, se apelotonaban como borregos en la planta baja de cada casa impulsados únicamente por ese instinto animal que junta a los rebaños en los momentos de peligro.

Fue tan intenso el bombardeo que llegó un momento en el que los madrileños ante la magnitud del estrago permanecieron impasibles. Ensordecidos por las tremendas explosiones y alucinados por las llamaradas de los incendios, presenciaban la catástrofe con ojos atónitos. Si echaban agua para sofocar el fuego producido por las bombas incendiarias veían estupefactos que las llamas crecían con el agua por la naturaleza, para ellos desconocida, de la materia que provocaba la combustión. Si se metían en los refugios corrían el peligro de quedar sepultados por las explosiones de bombas enormes que hundían totalmente los edificios. Entre el estruendo de las bombas, el resplandor de los incendios innumerables, el grito herido de las sirenas de alarma y el tañido siniestro de la campana de las ambulancias, Madrid vivió una noche apocalíptica. Los incendios, como antorchas gigantescas, teñían el cielo con un resplandor rojizo. Desde las alturas próximas a Madrid, donde tenían sus avanzadas, los rebeldes pudieron contemplar a placer el espectáculo terrible que su furia había provocado.

El alba lívida del día siguiente alumbró un Madrid espectral, silencioso, poblado de seres inmovilizados por el terror que contemplaban fríamente el estrago. Las negras humaredas de los incendios subían derechas al cielo cubierto de nubes plomizas. El frío helaba el agua arrojada sobre los incendios que hacía grandes charcos en las calles. Sentadas al borde de la acera, con la mejilla entre las palmas de las manos, las pobres gentes que se habían quedado sin hogar permanecían insensibles ya al dolor y a la inclemencia. Nadie se quejaba. Nadie hería con sus gritos de desesperación el trágico amanecer silencioso. Frente a los ingentes montones de escombros humeantes unos espectros macilentos vagaban con los ojos desorbitados buscando sin esperanzas ya al ser querido que allí había quedado sepultado. Solo las campanas estridentes de las ambulancias que seguían trasegando heridos osaban romper el silencio glacial de aquel amanecer pavoroso, ¡cuatrocientos muertos! Por la tarde, los cortejos fúnebres cruzaban a pie las calles detrás de unas parihuelas en las que los pliegues de una sábana dejaban adivinar el perfil aguzado del cadáver. Se habían acabado los ataúdes y los hombres volvían a la tierra envueltos en un sudario.


La vida continúa.

Pero la vida vuelve por sus derechos apenas pasada la terrible prueba y el vecindario madrileño recobra pronto su buen ánimo. Diríase incluso que a raíz de una de estas hecatombes la vitalidad de los supervivientes se exacerba. Hay, en efecto, una alegría en las caras de los transeúntes que dejan traslucir el júbilo inmenso que sienten por estar aún vivos. «¡Alegrémonos —parece que dicen—; todo lo que vivamos de aquí en adelante será de añadidura!». Las mismas gentes cuyas casas han quedado destruidas por las bombas o los incendios no recatan su júbilo diciéndose: «¡No importa! ¡Estamos vivos! ¡Ya tendremos otra casa!». Solo los que han perdido algún ser amado lloran silenciosamente entre los montones de escombros.

En las calles se amontonan los muebles y las ropas salvados del fuego y los derrumbamientos. Hay que prohibir el tránsito de vehículos por muchas calles en las que las casas heridas por las explosiones amenazan derrumbarse a la menor vibración. Cerca del Ministerio de Hacienda el fuego consume lentamente una manzana de diez casas en una de las cuales había unos grandes depósitos de productos farmacéuticos.

Pera la vida recobra pronto su ritmo normal. Después de aquella terrible noche nada podrá ya sobrecoger el ánimo de los madrileños. Los cañonazos caen todas las tardes de tres a cinco sobre el centro de Madrid. Las balas perdidas que llegan de la Moncloa y la Ciudad Universitaria han matado a más de un transeúnte en la misma Gran Vía y alguna vez, una pobre mujer ha sido víctima del plomo que entraba por la ventanita de su cocina.

El lejano estrépito de la fusilería, las ametralladoras y los morteros llega confusamente desde el frente hasta el centro de Madrid, cuyos habitantes se acostumbran al fin a aquel ruido lejano que sirve de acompañamiento a sus quehaceres domésticos. En la distancia, el estruendo del frente es un sordo rumor que recuerda el manso ruido del puchero puesto a hervir a la lumbre del hogar. «La olla», lo llaman los madrileños. El confuso bordoneo del puchero en ebullición, lo que Dickens llamaba «El grillo del hogar», ha sido sustituido para los madrileños por ese acompañamiento constante de miles de detonaciones que en la distancia se funden en un monótono gorgoteo.

Los bombardeos aéreos continúan, pero ya el vecindario de Madrid se ha acostumbrado a ellos, los acepta como algo fatal e incluso se atreve a comentarlos con buen humor. Ordinariamente vienen a bombardear tres trimotores, grandes, panzudos y pintados de negro. Los madrileños ya los conocen y les han dado el remoquete de «Las tres viudas». Al avión que habitualmente bombardea Madrid al amanecer le llaman «El churrero». Para mantener el estado de alarma constante en la población civil el mando rebelde ha dispuesto que durante toda la noche se vayan relevando los aviones que por turno bombardean Madrid sin interrupción. Como los madrileños ven que apenas se va un avión viene otro, han deducido que se trata de dos aparatos que alternan en la terrible tarea y les ha bautizado con los nombres de «Otto» y «Fritz», dos protagonistas de todos los chascarrillos alemanes. Siguiendo sus evoluciones comentan resignados: «Ya se ha marchado Otto; ahora vendrá Fritz».

Cada vez impresionan menos los bombardeos aéreos. Cuando suenan las sirenas de alarma la gente no se precipita ya para meterse en los refugios. Si alguno corre asustado no falta nunca un ciudadano «consciente» que se lo reproche como una debilidad: «No corras tanto, hombre. Si no pasa nada. Si a lo mejor son aviones nuestros».

Siempre que aparecen aviones en el cielo de Madrid hay grupos de madrileños que se quedan en las esquinas siguiendo con la vista sus evoluciones con la esperanza de que sean de la República y no de los franquistas.

—¡Son nuestros, son nuestros! —grita entusiasmado un optimista.

—¡Qué van a ser nuestros, si son seis!

—¿Es que no tenemos nosotros seis aviones?

—¡Qué te crees tú eso!

La primera explosión corta la disputa.

—¡No eran nuestros! —dice desconcertado el optimista. Pero reponiéndose acto seguido sujeta por el brazo a su amigo que ya corre hacia el refugio y todavía se atreve a decirle:

—¡Espera! Verás cómo ahora salen nuestros cazas a perseguirles.

Y este optimista incorregible que es el ciudadano madrileño se queda plantado en el centro de la calle esperando inútilmente a que aparezca en el cielo de Madrid una escuadrilla republicana. Que no aparece.

Las víctimas de estas imprudencias son muchas y el general Miaja tiene que dictar un bando por el que se obliga al vecindario a meterse en los refugios tan pronto como suenen las campanas de alarma. Pero lo cierto es que ni siquiera el mismo general Miaja cumple sus propias prescripciones. En la tarde del mismo día 17 se hallaba presidiendo la reunión de la Junta de Defensa en el piso alto del Ministerio cuando los aviones rebeldes bombardeaban Madrid. Una de las bombas cayó en un patio interior del Ministerio y la voz de Miaja que había quedado cortada por el estruendo de la explosión continuó oyéndose en el mismo tono unos segundos después mientras los miembros de la Junta se rebullían inquietos en sus sillones que no se atrevían a abandonar. Las bombas de los rebeldes iban contorneando el edificio mientras Miaja seguía impertérrito su peroración. Fue preciso que el teniente coronel Rojo entrase en el salón a exigir al general Miaja el estricto cumplimiento de las disposiciones dictadas para los casos de bombardeo. Al pasar de su despacho a los sótanos vio el general a uno de sus ordenanzas que permanecía en el portal al descubierto y se puso a amonestarle furioso por la misma falta que él estaba cometiendo.

Las ordenanzas preventivas eran inútiles. Un día la aviación republicana presentó batalla a los aviones rebeldes y en el cielo de Madrid se desarrolló ante los ojos de millares de espectadores el combate aéreo más importante que hasta entonces había habido en el mundo. Setenta y dos aviones tomaron parte en aquel encuentro que desde las calles, las plazas y las azoteas presenciaban los madrileños a despecho de las ráfagas de plomo de las ametralladoras que hasta ellos llegaban.

Los bombardeos aéreos del casco de Madrid llegaron a ser un hecho normal y cotidiano. Alguna vez las bombas caían sobre los hospitales o las embajadas y entonces se alzaba en el mundo un vago rumor de protesta que acallaba pronto. Y la matanza de seres inocentes continuaba un día y otro…


«Ustedes quieren que me coja el toro»

Aquel noviembre en el que Miaja tuvo que ir al frente a contener pistola en mano a los que huían y cuando los rebeldes volcaban sobre Madrid toneladas de explosivos y bombas incendiarias, el Gobierno de Valencia, celoso de su autoridad, insistía una vez más en que el general abandonase la capital y fuese a comparecer ante el señor Largo Caballero para rendirle cuentas de su actuación.

Miaja se excusaba diciendo por el teletipo: «Acabo de llegar del frente, donde he resultado ligeramente herido y donde han perecido varios hombres de mi escolta, pues la situación era gravísima. Me es imposible salir de Madrid en estos momentos».

Pero como su lealtad al Gobierno de la República no le permite negarse en redondo al cumplimiento de las órdenes que se le dan, por erróneas y perjudiciales que le parezcan, dos días después marcha al aeródromo dispuesto a trasladarse a Valencia. Por orden del Gobierno se pone a su disposición un trimotor cuya velocidad no excede de los ciento cincuenta kilómetros por hora. Miaja se niega a trasladarse en tal aparato y comunica a Largo Caballero, siempre por medio del teletipo:

«He estado en el aeródromo para trasladarme a Valencia, pero el aparato que me destinaban no estaba en condiciones para hacer el viaje con alguna seguridad. No obstante he visto salir a un jefe de aviación en un aparato rapidísimo. Tengo que comunicar a Vuecencia que no voy en esas condiciones».

Y, castizamente, agrega:

«A menos que quieran ustedes que me coja el toro».  


Manuel Chaves Nogales
La Defensa de Madrid - Capitulo IX






















La Defensa de Madrid es una recopilación de dieciséis artículos periodísticos de Manuel Chaves Nogales publicados en dieciséis entregas semanales, entre el 5 de agosto y el 22 de noviembre de 1938 en la revista mexicana Sucesos para todos bajo el título Los secretos de la defensa de Madrid con ilustraciones de Juan Helguera. En 1939 fueron publicados en el diario británico Evening Standard bajo el título de The Defender of Madrid, en doce entregas, del 16 al 28 de enero.

María Isabel Cintas Guillén , tras un exhaustivo trabajo de investigación, reunió los artículos en un libro publicado en 2011, editado por Renacimiento.