16 de septiembre de 2014

Estadio Chile.

Llegada de detenidos al Estadio Nacional de Chile
11 de septiembre de 1973



Unas horas antes de su muerte, Victor Jara quiso dejar su testimonio de lucha y resistencia contra el fascismo, los derechos de los seres humanos y la paz. Lo hizo con un poema compuesto cuando estaba preso en el Estadio de Chile, hoy Estadio Víctor Jara. El texto escrito inicialmente en una libreta que tomó prestada Victor, fué copiado por un compañero por duplicado en dos cajetillas de cigarros Hilton y entregadas a un estudiante y un médico que serían liberados en el transcurso de las horas siguientes. Uno de ellos no salió con vida.


Estadio Chile

Somos cinco mil 
en esta pequeña parte de la ciudad.
Somos cinco mil
¿Cuántos seremos en total
en las ciudades y en todo el país?
Solo aquí
diez mil manos siembran
y hacen andar las fabricas.¡Cuánta humanidad
con hambre, frio, pánico, dolor,
presión moral, terror y locura!
Seis de los nuestros se perdieron
en el espacio de las estrellas.

Un muerto, un golpeado como jamás creí
se podría golpear a un ser humano.
Los otros cuatro quisieron quitarse todos los temores uno saltó al vacío,
otro golpeándose la cabeza contra el muro,
pero todos con la mirada fija de la muerte. ¡Qué espanto causa el rostro del fascismo!
Llevan a cabo sus planes con precisión artera
Sin importarles nada.
La sangre para ellos son medallas.
La matanza es acto de heroísmo
¿Es este el mundo que creaste, dios mío?
¿Para esto tus siete días de asombro y trabajo?
en estas cuatro murallas solo existe un numero
que no progresa,
que lentamente querrá más muerte.

Pero de pronto me golpea la conciencia y veo esta marea sin latido,
pero con el pulso de las máquinas
y los militares mostrando su rostro de matrona
llena de dulzura.
¿Y México, Cuba y el mundo?
¡Que griten esta ignominia!
Somos diez mil manos menos
que no producen.

¿Cuántos somos en toda la Patria?
La sangre del compañero Presidente
golpea más fuerte que bombas y metrallas
Así golpeará nuestro puño nuevamente

¡Canto que mal me sales
Cuando tengo que cantar espanto!
Espanto como el que vivo
como el que muero, espanto.
De verme entre tanto y tantos
momentos del infinito
en que el silencio y el grito
son las metas de este canto.
Lo que veo nunca vi,
lo que he sentido y que siento
hará brotar el momento.


Víctor Jara, 
Estadio Chile, Septiembre 1973




1086. Cuatro socialistas.


Por extraordinario, estaba la mar como una balsa de aceite. Las olas, de un verde vítreo alrededor de la embarcación, eran, a lo lejos, bajo los rayos del sol, una sábana azul, tersa y sin límites. La hélice del vaporcillo batía el agua con rapidez, alzando, entre olores de salitre, espuma bullente y rumorosa.

De los pasajeros que se habían embarcado en Cádiz con rumbo a las africanas costas, cuatro, agrupados en la popa, conversaban. No se ha visto cosa más heterogénea que las cataduras de los cuatro. Uno era membrudo y rechoncho, y a pesar de vestir la holgada blusa del obrero, a tiro de ballesta se le conocía ser de aquellos del brazo de hierro y de la mano airada, y que había de caerle bien a su tipo majo el marsellés y el zapato vaquerizo. Gastaba aborrascadas patillas negras, y chupaba un puro grueso y apestoso. El otro, caballero por su ropa, y por sus trazas, era alto y descolorido, de cara inteligente y seria; sus ojos miopes, fatigados, de rojizo y lacio párpado, los amparaban lentes de oro. El tercero era un viejecito, tan viejecito, que le temblaba la barba al hablar, y la falta de diente le sumía la boca debajo de la nariz; y si no mentía el burdo sayalote negruzco, el manto de la misma tela y color, con cruz roja, el cordón de triple nudo y las sandalias, pertenecía a alguno de los numerosos colegios de Misioneros Franciscanos establecidos en el litoral de África. El cuarto..., es decir, la cuarta, llevaba el desarirado hábito de las Hermanitas de los Pobres; era joven, coloradilla, de cara inocentona y alegre, parecida a la de ciertas efigies de palo que se ven en los templos de aldea. El obrero estaba sentado sobre un fardo, con las piernas muy esparrancadas; los demás, de pie, reclinados en la borda.

-Pues na, que el hombre se cansa de vivir a la sombra y aguantando mal quereres -gruñía el de la blusa, ceceando y escupiendo de costado-. O ha de ser un borreguiyo que diga amén a cuanto se le antoje al patrón, y se deje chupar la sangre toda, o ya sa fastidiao. Y aluego le cuelgan a usté el sambenito; que levanta usté de cascos a los demás, y que donde está usté se armó la gresca. Porque me vieron en un mitin, ya too Dios que se desmandaba tenía yo la culpa. Porque un día cae una pelotera cerilla..., un descuido..., en el almacén, y se alsa una llamará que se quería tragar la fábrica..., ¿quién había de ser? Curro, y aposta. Yasté ve que... fumando.

-Pues mucho cuidadito -respondió el de los lentes- con que en el gran establecimiento agrícola industrial en que le daré a usted trabajo caiga cerilla ninguna... ¿eh? Porque yo tengo tan malas pulgas como los patronos.

-Y es la fija; toos los burgueses, idénticos -declaró el obrero con voz opaca y sombrío mirar.

-No soy burgúes -repuso con imperceptible desdén el aludido-. Mi padre hacía zapatos en Écija. A fuerza de privaciones me dio carrera. Seguí la de ingeniero mecánico. No poseo un céntimo de capital; sólo tengo mi cabeza y mi corazón. Paso al África a dirigir en parte una empresa que se funda con dinero inglés y brazos españoles, a competencia con las industrias francesas, que son allí las boyantes. Estaré al frente de los talleres. Se me ha dado carta blanca, y podré aplicar las nuevas y humanitarias ideas sociológicas relativas a la vida fabril. Bajo mi dirección no habrá explotados. Se amparará a la mujer y al niño. Se ensayará la cooperación. Moralidad, equidad, justicia. Si no, dejo el puesto. Pero... ¡al que me revuelva el cotarro..., sin escrúpulo ninguno, y como a un lobo rabioso..., le salto la tapa de los sesos! Usted verá si le trae cuenta entrar en mis talleres.

Habíase puesto en pie el obrero, y en sus morenas facciones y por su frente de bronce, expuesta al sol, corrían como olas encrespadas arrugas profundas, surcos de odio. Su mano se crispó en la cintura, señalando bajo la blusa el relieve de la ancha navaja cabritera. Mas de pronto, y sin transición, con la movilidad del meridional, adoptó expresión halagüeña, melosa, casi humilde y dirigiéndose al franciscano y a la hermanita más que al de los lentes, exclamó:

-¡Pues no que no entraría! Clavos timoneros soy capaz de arrancar con los dientes pa enviar algo de parné a la mujer y a los chiquititiyos. El corazón traigo como una lenteja, de que se me queden allá hambreando, después de tantas crujidas y tantas necesidades como aguantaron ya en este pinturero mundo. En especial la gurruminiya de once meses me la llevaría yo, si pudiera, en los hombros, como San Cristóbal, y le daría yo tortas de almíbar amasás con mi sangre. ¡Por éstas!

Y al besar la cruz de los dedos, una lágrima asomó repentinamente a los lagrimales del anarquista incendiario.

-¡Válganos la Virgen Santísima, qué desgracias hay en la tierra! -exclamó la hermanita con simpatía profunda.

-Eso está muy bien -pronunció con calma el ingeniero-. Quiera usted mucho a sus chicos, y trabaje para ellos, y no se ladee, y le irá mejor. De los atentados y los crímenes no nace la justicia social. ¿A que el padre está conforme? -añadió, dirigiéndose al franciscano.

-Entiendo poco de estas novedades de ahora -contestó el fraile afablemente, en su voz cascada y lenta-. Yo, con decir misa, confesar y obedecer... Lo único que sé es que nosotros, desde hace quinientos años, vivimos bajo el sistema de la comunidad de bienes. Por nosotros, aunque todo se repartiera... Ya ve usted: no podemos poseer ni el valor de un céntimo; no somos propietarios ni aun del sayal que nos cubre. Si usted me pregunta sobre eso, de que tanto se habla del socialismo..., un pobrecito fraile como yo, lo único que opina es que los ricos, por su propia conveniencia y para ganar el cielo, deben ablandarse de entrañas y dar mucha limosna..., y los pobres ser resignados y laboriosos, porque dice el Evangelio que pobres siempre los habrá en el mundo, siempre...

-Bonito conzuelo e tripaz -gruñó el anarquista.

-¿Qué hizo nuestro santo patriarca? -prosiguió el viejecito con una llama de entusiasmo en las pupilas-. Dio cuanto tenía a los pobres... No quiso propiedad, no quiso dinero, porque la codicia es la que estraga el corazón... Nos descalzó, nos mandó pedir limosna... Quiso que todos fuésemos iguales, sin vanidades ni distinciones ni soberbias tontas, que se han de acabar en el sepulcro... ¿Hablan de nivelación social? Me parece que para nivelados... Que lo diga aquí la hermanita; es cosa muy buena el ser libre y pobre; el dar de puntapiés, así, como la sandalia, al mundo y a las riquezas malditas.

-¡Ay padre! -respondió la simplona-. Ya que pregunta a servidora... si no me regaña..., le diré mi parecer. No soy como usted. Soy muy codiciosa. ¡Vaya si me gustaría que se repartiesen tantos millones como andan por ahí mal empleados! Cogería servidora un par de cientos de milloncitos... y ¡anda con ella!

-¡Hermana Belén! -advirtió severamente el fraile.

-¡Pero, padre Salvador!, usted es un santo, y como un santo, ni ve, ni oye, ni entiende. ¿Ha estado en Madrid, en alguno de esos palacios tan atroces? Servidora, sí..., que me llevó la mujer del cochero a ver las cuadras de aquel grandísimo que está junto a Recoletos..., antes de la Castellana. ¡Padre del alma! Hasta espejos y fuentes, y pilas de mármol blanco, y alfombras tenían los caballos allí. ¡Y nuestros ancianitos sin mantas con que abrigarse en el invierno, arrecidos, tiritando! ¡Y los niños, ángeles míos, traspillados de miseria! No me llame tonta...; yo sé lo que me digo... Había un perrito de la señora marquesa, que me lo trajeron en un cesto acolchado de raso, y era un bicho horrible..., con unos pelos..., una rata me pareció, tanto, que servidora pegó un chillido, así: «¡Huy!» Pues el perro había costado allá en Inglaterra cinco mil pesetas... ¿Usted lo oye, padre? Cinco mil... Con cinco mil pesetas se echan los cimientos del asilo para los ancianos... ¡Y al avechucho aquel me lo lavaban con jabón y agua de olor todos los días!... ¡Que si quiero reparto!

La carita de madera se había transfigurado; una ráfaga de pasión hacía brillar los ojos, fruncirse las cejas, palidecer las mejillas y dilatarse la nariz redonda.

-Si no fuera tan sencilla como es, hermana Belén, ahora merecería una peluca gorda -contestó el fraile-. Baje, baje a la cámara a ver cómo sigue del mareo la compañera.

La monjita obedeció, cruzando las manos, y echó a andar, sonándole las cuentas del rosario cuando bajaba la escalera. El vapor volaba, como si le animase la proximidad de la costa.

A lo lejos se divisaba ya el faro de Tánger.


Emilia Pardo Bazán
(La Coruña, 16 de septiembre de 1851 - Madrid, 12 de mayo de 1921)



15 de septiembre de 2014

1085. Testimonio del asesinato de Víctor Jara.





¡A ese hijo de puta me lo traen para acá! Gritó el oficial apuntando con su dedo a Víctor Jara, quien junto a unos 600 profesores y estudiantes de la Universidad Técnica del Estado (UTE) ingresábamos prisioneros con las manos en la nuca y a punta de bayonetas y culatazos al Estadio Chile la tarde del miércoles 12 de septiembre de 1973. Era el día siguiente del golpe fascista. El día antes, el 11, Víctor debía cantar en el acto que se realizaría en la UTE, donde nuestro rector Enrique Kirberg recibiría al presidente Allende, quien anunciaría el llamado a plebiscito al pueblo de Chile. Sin embargo, la voz de Allende fue apagada en la Moneda en llamas y la guitarra de Víctor quedaría allí, destrozada por la bota militar en el bombardeo de la UTE, como testimonio más de la barbarie fascista.

¡A ese hijo de puta me lo traen para acá!. Repitió iracundo el oficial. Casco hasta los ojos, rostro pintado, metralleta al hombro, granada al pecho, pistola y corvo al cinto, balanceando su cuerpo tensado y prepotente sobre sus botas negras. ¡A ese huevón! ¡A ése!. El soldado lo empuja sacándolo de la fila.

¡No me lo traten como señorita, carajo! Ante la orden, el soldado levanta su fusil y le da un feroz culatazo en la espalda de Víctor. Víctor cae de bruces, casi a los pies del oficial. ¡Ch’e tu madre!. Vos soy el Víctor Jara huevón. El cantor marxista, ¡el cantor de pura mierda!. Y, entonces, su bota se descarga furibunda una, dos, tres, diez veces en el cuerpo, en el rostro de Víctor, quien trata de protegerse la cara con sus manos -ese rostro que cada vez que lo levanta esboza esa sonrisa, que nunca lo abandonó hasta su muerte-. Esa misma sonrisa grande con que cantó desde siempre al amor y a la revolución.

Yo te enseñaré hijo de puta a cantar canciones chilenas, ¡no comunistas! 

El golpe de una bota sobre un cuerpo indefenso no se olvida jamás. El oficial sigue implacable su castigo, enceguecido de odio, lo increpa y patea. La bota maldita se incrusta en la carne del cantor. Nosotros, puntados por los fusiles con horror la tortura de nuestro querido trovador y pese a la orden de avanzar nos quedamos transidos frente al horror. Víctor yace en el suelo. Y no se queja. Ni pide clemencia. Este se desespera. Y de improviso desenfunda su pistola y pensamos con pavor que la descerrajará sobre Víctor. Pero, ahora le golpea con el cañón del arma, una y otra vez. Grita e increpa. Es histeria fascista. Y, entonces, la sangre de Víctor comienza a empaparle su pelo, a cubrirle su frente, sus ojos... Y la expresión de su rostro ensangrentado se nos quedaría grabada para siempre en nuestras retinas.

El oficial se cansa y de pronto detiene sus golpes. Mira a su alrededor y advierte los cientos de ojos testigos que en una larga hilera lo observan con espanto y con ira. Entonces, se descompone y vocifera ¿qué pasa huevones? ¡que avancen estas mierdas! y a este cabrón, se dirige a un soldado, me lo pones en ese pasillo y al menor movimiento, lo matas, ¡lo matas!, ¿entendistes, carajo?!

El Estadio de Chile se iba llenando rápidamente con prisioneros políticos. Primero, dos mil, luego seríamos más de cinco mil. Trabajadores heridos, ensangrentados, descalzos, con su ropa hecho jirones, bestialmente golpeados y humillados. El golpe fascista tuvo allí, como en todas partes, una bestialidad jamás vista. Las voces de los oficiales azuzando a los soldados a golpear, a patear, a humillar esta “escoria humana” a la “cloaca marxista”, como lo espetan. Hasta hoy día la gente nos pregunta si los miles de prisioneros del Estadio presenciaron estas torturas de Víctor y la respuesta es que, sólo unos pocos, sus compañeros de la UTE y los más cercanos, ya que el destino y la vida de cada uno estaba en juego y, además, el Estadio Chile era un multiescenario del horror, de la bestialidad más despiadada. Allí arriba un oficial le cortaba la oreja con su corvo a un estudiante peruano, acusándolo por su piel morena de ser cubano. Allá, un niño de unos 12 años, de repente se levanta de su asiento y llamando a su padre corre enloquecido entre los prisioneros y un soldado le descargaba su ametralladora. 

De pronto un soldado tropieza en las graderías con el pie de un obrero viejo y “El Príncipe”, que así se hacía llamar uno de los oficiales a cargo, desde lo alto de los reflectores que nos enceguecían, le ordena que le golpee y el soldado toma el fusil por su cañón y quiebra su culata en la cabeza del trabajador que se desangra hasta morir. Un grito de espanto nos sobrecoge. Desde lo alto de la gradería un trabajador enloquecido se lanza al vacio al grito de ¡VIVA ALLENDE!  y su cuerpo estalla en sangre en la cancha del estadio. Enceguecidos por los reflectores y bajo los cañones de las ametralladoras llamadas “las sierras de Hitler” siguen llegando nuevos prisioneros. Víctor, herido, ensangrentado, permanece bajo custodia en uno de los pasillos del Estadio Chile. Sentado en el suelo de cemento, con prohibición de moverse. Desde ese lugar, contempla el horror del fascismo. Allí, en ese mismo Estadio que lo aclamó en una noche del año 69 cuando gana el Primer Festival de la Nueva Canción Chilena, con su “Plegaria de un labrador”:

Levántate 
Y mírate las manos 
Para crecer, estréchala a tu hermano 
Juntos iremos unidos en la sangre 
Hoy es el tiempo que puede ser mañana. 
Juntos iremos unidos en la sangre 
Ahora y en la hora 
de nuestra muerte, amén (fragmento)

Allí es obligado a permanecer la noche del miércoles 12 y parte del jueves 13, sin ingerir alimento alguno, ni siquiera agua. Víctor tiene varias costillas rotas, uno de sus ojos casi reventado, su cabeza y rostro ensangrentados y hematomas en todo su cuerpo. Y estando allí, es exhibido como trofeo por el oficial superior y por “El Príncipe” ante las delegaciones de oficiales de las otras ramas castrenses y cada uno de ellos hace escarnio del cantor. 

La tarde del jueves se produce un revuelo en el Estadio. Llegan buses de la población La Legua. Se habla de enfrentamiento. Y bajan de los buses muchos presos, heridos y también muchos muertos. A raíz de este revuelo, se olvidan un poco de Víctor. Los soldados fueron requeridos a la entrada del Estadio. Entonces aprovechamos de arrastrar a Víctor hasta las graderías. Le damos agua. Le limpiamos el rostro. Eludiendo la vigilancia de los reflectores y las “punto 50”, nos damos a la tarea de cambiar un poco el aspecto de Víctor.

Queremos disfrazar su estampa conocida. Que pase a ser uno más entre los miles. Un viejo carpintero de la UTE le regala su chaquetón azul para cubrir su camisa campesina. Con un cortauñas le cortamos un poco su pelo ensortijado. Y cuando nos ordenan confeccionar listas de los presos para el traslado al Estadio Nacional, también disfrazamos su nombre y le inscribimos con su nombre completo: Víctor Lidio Jara Martínez. Pensábamos, con angustia, que si llegábamos con Víctor al “Nacional”, y escapábamos de la bestialidad fascista del “Chile”, podríamos, tal vez, salvar su vida.

Un estudiante nuestro ubica a un soldado conocido, le pide algo de alimento para Víctor. El soldado se excusa, dice que no tiene, pero más tarde aparece con un huevo crudo, lo único que pudo conseguir y Víctor toma el huevo y lo perfora con un fósforo en los dos extremos y comienza a chuparlo y nos dice, recuperando un tanto su risa y su alegría, “en mi tierra de Lonquén así aprendí a comer los huevos”. Y duerme con nosotros la noche del jueves, entre el calor de sus compañeros de infortunio y, entonces, le preguntamos que haría él, un cantor popular, un artista comprometido, un militante revolucionario, ahora en dictadura y su rostro se ensombrece previendo, quizás, la muerte. Hace recuerdos de su compañera, Joan, de Amanda y Manuela, sus hijas y del presidente Allende, muerto en la Moneda, de su amado pueblo, de su partido, de nuestro rector y de sus compañeros artistas. Su humanidad se desborda aquella fría noche de septiembre.

El viernes 14 estamos listos para partir al Nacional. Los fascistas parecen haberse olvidado de Víctor. Nos hacen formar para subir a unos buses, manos en alto y saltando. Y las bayonetas clavándonos. En el último minuto, una balacera nos vuelve a las graderías. 

Y llegamos al fatídico sábado, 15 de septiembre de 1973. Cerca del mediodía tenemos noticias que saldrán en libertad algunos compañeros de la UTE. Frenéticos empezamos a escribirles a nuestras esposas, a nuestras madres, diciéndoles solamente que estábamos vivos. Víctor sentado entre nosotros me pide lápiz y papel. Yo le alcanzo esta libreta, cuyas tapas aún conservo. Y Víctor comienza a escribir, pensamos en una carta a Joan su compañera. Y escribe, escribe, con el apremio del presentimiento. De improviso, dos soldados lo toman y lo arrastran violentamente hasta un sector alto del Estadio, donde se ubica un palco, gradería norte. El oficial llamado “El Príncipe” tenía visitas, oficiales de la Marina. Y desde lejos vemos como uno de ellos comienza a insultar a Víctor, le grita histérico y le da golpes de puño. La tranquilidad que emana de los ojos de Víctor descompone a sus cancerberos. Los soldados reciben orden de golpearlo y comienzan con furia a descargar las culatas de sus fusiles en el cuerpo de Víctor. Dos veces alcanza a levantarse Víctor, herido, ensangrentado. Luego no vuelve a levantarse. Es la última vez que vemos con vida a nuestro querido trovador. Sus ojos se posan por última vez, sobre sus hermanos, su pueblo mancillado.

Aquella noche, nos trasladan al Estadio Nacional y al salir al foyer del Estadio Chile vemos un espectáculo dantesco. Treinta o cuarenta cuerpos sin vida están botados allí y entre ellos, junto a Litre Quiroga, director de Prisiones del Gobierno Popular, también asesinado, el cuerpo inerte y el pecho perforado a balazos de nuestro querido Víctor Jara. 42 balas. La brutalidad fascista había concluido su criminal faena. Era la noche del sábado 15 de Septiembre. Al día siguiente su cadáver ensangrentado, junto a otros, sería arrojado cerca del Cementerio Metropolitano. 

Esa noche, entre golpes y culatazos ingresamos prisioneros al Estadio Nacional. Y nuestras lágrimas de hombres quedaron en reguero, recordando tu canto y tu voz, amado Víctor, Víctor del Pueblo.

Yo no canto por cantar 
Ni por tener buena voz 
Canto porque la guitarra 
Tiene sentido y razón. 
Que no es guitarra de ricos 
Ni cosa que se parezca

Mi canto es de los andamios 
Para alcanzar las estrellas (fragmento)


Te recuerdo Amanda 
la calle mojada 
corriendo a la fábrica
donde trabajaba 
Manuel 
Manuel (fragmento)

Esa misma noche, ya en el Nacional, lleno de prisioneros, al buscar una hoja para escribir, me encontré en mi libreta, no con una carta, sino con los últimos versos de Víctor, que escribió unas horas antes de morir y que el mismo tituló “Estadio Chile”, conteniendo todo el horror y el espanto de aquellas horas. Inmediatamente acordamos guardar este poema. Un zapatero abrió la suela de mi zapato y allí escondimos las dos hojas del poema. Antes, yo hice dos copias de él, y junto al ex senador Ernesto Araneda, también preso, se las entregamos a un estudiante y a un médico que saldrían en libertad. 

Sin embargo, el joven es chequeado por los militares en la puerta de salida y le descubren los versos de Víctor. Lo regresan y bajo tortura obtienen el origen del poema. Llegan a mí y me llevan al velódromo, transformado en recinto de torturas e interrogatorio. 

Me entregan a la FACH (Fuerza Aérea de Chile) y tan pron- to me arrojan de un culatazo a la pieza de tortura, el oficial me ordena sacarme el zapato donde oculto los versos. ¡Ese zapato, cabrón! Grita furibundo. Su brutalidad se me viene encima. Golpea el zapato hasta hacer salir las hojas escritas. Mi suerte estaba echada. Y comienzan las torturas, patadas, culatazos y la corriente horadando las entrañas, torturas destinadas a saber si existían más copias del poema. Y ¿por qué a los fascistas les interesaba el poema? Porque a 5 días del golpe fascista en Chile, el mundo entero, estremecido, alzaba su voz levantando las figuras y los nombres señeros de Salvador Allende y Víctor Jara y, en consecuencia, sus versos de denuncia, escritos antes del asesinato, había que sepultarlos.

Pero, quedaba otra copia con los versos de Víctor, que esa noche debía salir del estadio. Entonces, se trataba de aguantar el dolor de la tortura. De la sangre. Yo sabía que cada minuto que soportara las flagelaciones en mi cuerpo, era el tiempo necesario para que el poema de Víctor atravesara las barreras del fascismo. Y, con orgullo debo decir que los torturadores no lograron lo que querían. Y una de las copias atravesó las alambradas y voló a la libertad y aquí están los versos de Víctor, de su último poema:


“Estadio Chile” (fragmento)

Somos cinco mil 
En esta pequeña parte de la ciudad. 
Somos cinco mil 
¿Cuántos seremos en total 
en las ciudades y en todo el país? 
¡Cuanta humanidad 
hambre, frío, pánico, dolor, 
presión moral, terror y locura!. 
Somos diez mil manos 
menos que no producen 
¿Cuántos somos en toda la Patria? 
La sangre del compañero Presidente 
golpea más fuerte que bombas y metrallas 
Así golpeará nuestro puño nuevamente. 
Canto que mal me sales 
cuando tengo que cantar espanto 
espanto como el que vivo 
como el que muero, espanto.

Estos versos recorrieron todo el planeta. Y las canciones de Víctor, de amor y rebeldía, de denuncia y compromiso, siguen conquistando a los jóvenes de todos los rincones de la tierra. El oficial fascista que ordenó acribillarlo debió quedar contento con su crimen, pensando que había silenciado la voz del cantor, sin saber que hay poetas y cantores como Víctor Jara, que no mueren, que mueren para vivir, y que su voz y su canto seguirán vivos para siempre en el corazón de los pueblos. Este es mi testimonio y a ustedes se lo entrego queridos compañeros.


Boris Navia
Testimonio del asesinato de Victor Jara 
CELA, Centro de Estudios Latinoamericanos, 2007




14 de septiembre de 2014

1084. Obituario con hurras.

Mario Benedetti
(14 de septiembre de 1920 - 17 de mayo de 2009)



"Los canallas viven mucho, pero a veces se mueren" 



Vamos a festejarlo
Vengan todos
Los inocentes
Los damnificados
Los que gritan de noche
Los que sufren de día
Los que sufren el cuerpo
Los que alojan fantasmas
Los que pisan descalzos
Los que blasfeman y arden
Los pobres congelados
Los que quieren a alguien
Los que nunca se olvidan

vamos a festejarlo
vengan todos
el crápula se ha muerto
se acabó el alma negra
el ladró
el cochino
se acabó para siempre
hurra
que vengan todos
vamos a festejarlo
a no decir
la muerte
siempre lo borra todo
todo lo purifica

cualquier día
la muerte
no borra nada
quedan
siempre las cicatrices

hurra
murió el cretino
vamos a festejarlo
a no llorar de vicio
que lloren sus iguales
y se traguen sus lágrimas

se acabó el monstruo prócer
se acabó para siempre
vamos a festejarlo
a no ponernos tibios
a no creer que éste
es un muerto cualquiera

vamos a festejarlo
a no volvernos flojos
a no olvidar que éste
es un muerto cualquiera

vamos a festejarlo
a no volvernos flojos
a no olvidar que éste
es un muerto de mierda.


Mario Benedetti




1083. A Lina Odena.



A Lina Odena.

Ni un terror en sus ojos
ni un temblor en su cuerpo.
Ante la muerte, tranquila,
tranquila y seria ante el misterio.
Bala tras bala volcó su pistola
sobre el fascismo siniestro.
Sólo una bala dejó en la pistola
para su pecho.
¡Ay , Lina Odena, tan tierna, tan niña,
y ya compañera del pueblo!
Porque eras espiga en el campo,
porque eras suspiro en el viento,
porque eras espuma en el mar
y rayo de luz en el cielo
¡ay, Lina Odena, se quejan y lloran
la tierra y el agua y el aire y el fuego!
Lina Odena, tan tierna, tan niña,
¡y ya compañera del pueblo!


Pedro Garfías
“Héroes del Sur. (Poesías de la Guerra)”
Editorial Nuestro Pueblo, Madrid-Barcelona 1938, pág. 19.



13 de septiembre de 2014

1082. A mi padre muerto en destierro.

Emilio Herrera Linares
(Granada, 13 de febrero de 1879 - Ginebra, 13 de septiembre de 1967)





El 13 de septiembre de 1967, falleció en Ginebra Emilio Herrera Linares, militar, científico y político español. 

El General que pidió en 1931 al rey Alfonso XIII que lo liberara del vínculo del título de Gentilhombre de Cámara para optar por la causa republicana, a la que fue fiel hasta su muerte y que en 1935 diseñó el primer traje de astronauta de la historia en el que se inspiró la NASA  para crear los trajes espaciales que utilizaron los astronautas de la misión Apollo.

Reconocido internacionalmente por su firme política antifranquista, formó parte de varios gabinetes del gobierno de la República en el exilio como ministro de Asuntos Militares y entre 1960 y 1962, como presidente del Gobierno republicano en el exilio.

Su hijo José Herrera Petere le dedicó un poema en 1975.


A mi padre muerto en destierro.

Yo he tenido un Padre Honrado
se llamaba Emilio Herrera
que yace junto a mi casa,
en exilio, bajo tierra.

Las luces ya se retiran
fuegos fatuos, un misterio
alba del amanecer
resucitará a los muertos.

“Padre mío, padre mío
¿por qué me has abandonado…?”
Ya no tienes ojos verdes
¡Ya no hay tu ciencia en tus labios…!

Pero tu Dios es clemente
y tiene mirada blanca
y a través de las estrellas
admira tu alma clara.

Tu inteligencia palpita,
aún, en el cementerio,
diciendo, aquí yace un sabio
que peleó junto al pueblo.


José Herrera Aguilera
Ginebra, enero de 1975.





12 de septiembre de 2014

1081. Usos amorosos de la posguerra española. II - En busca del cobijo.

Fotografía: Gutiérrez, 1940




Mucho antes de que a una jovencita le llegara la edad de «echarse novio», ya había anidado en su mente una noción muy clara, aunque también algo inquietante por lo que entrañaba de disyuntiva, de decisión personal para su futuro: si no tenía vocación de monja, quedarse soltera suponía una perspectiva más bien desagradable, «desairada».

No es que se entendiera muy bien en qué consistía tener vocación de monja, pero en los libros donde se narraban las vidas de los santos podían encontrarse algunas pistas que ayudaban a situar aquel fenómenoen el terreno de lo excepcional y misterioso. Era algo así como una llamada que venía de lo alto y a la que no se podía desobedecer. Parecidal flechazo del amor. Un momento sublime. No importaba que luego, unavez alcanzada aquella meta, las monjas de carne y hueso que uno conocía se hubieran convertido en una grey rutinaria y más bien poco atractiva.

Tampoco los padres y las madres se parecían ya mucho, en general, a los novios que fueron y cuya mirada intensa, soñadora y fogosa quedó inmortalizada en alguna foto de las que a veces aparecían en el baúl de los recuerdos. La vida era así. Sobre todos los momentos sublimes llovía, con el tiempo, la prosa de la cotidianeidad. Pero el recuerdo del momento sublime quedaba innato en las almas.

A la jovencita que tenía vocación de monja se le permitía quedarse abstraída y mirar con sonrisa mortificada y superior a los que se atrevieran a discutir su decisión irrevocable. Siempre encontraba apoyo para salirse con la suya porque, en definitiva, se trataba de una decisión prestigiosa. La única que a una muchacha de posguerra se le permitía, con el consenso de la sociedad, desobedecer. Aunque dejara a un novio con el corazón partido, como lo dejó la hija de don Juan Alba, inmortalizada por una copla del tiempo, de las más bonitas, por cierto.

La hija de don Juan Alba 
dicen que quiere meterse a monja
en el convento chiquito
de la calle la Paloma.
Dicen que el novio no quiere,
dicen que a ella no le importa,
que se está bordando un traje
blanco como el de una novia.

Luego, en la segunda parte de la copla, cuando la señorita Alba ya había ingresado en el convento de la calle la Paloma, el novio deambulaba de noche bajo la luna y se le escuchaba cantar llorando (llorando, ay madre) por las calles que antaño recorrieran juntos:

En lo alto de la ermita
ya no me espera, ya no me espera,
porque se ha metido a monja,
la que más quiero,
mi compañera.

El tema de la jovencita que se metía a monja, renunciando a los placeres del mundo mediante la ofrenda simbólica de su mata de pelo, se exaltaba como algo grandioso y digno de narración. No en vano uno de los poetas románticos más leídos por las adolescentes del tiempo, Gustavo Adolfo Bécquer, le había dedicado en sus Leyendas un cuento titulado «Tres fechas», que arrancaba las lágrimas. En una palabra, tener vocación era una noción confusa, pero también por eso mismo romántica. Y sobre todo llevaba implícita una decisión. La que se metía monja lo hacía porque le daba la gana. Y además la gente no hablaba mal de ella, ni se burlaba, ni la compadecía. Los padres o el novio podían llorar porque la echaban de menos. Pero más bien se la admiraba.

¿Pasaba lo mismo con las solteras? Evidentemente no. De las mujeres de la familia, del servicio doméstico, amigas o vecinas a quienes se les había pasado o se les estaba pasando «la edad de casarse», los adultos hablaban con una mezcla de piedad y desdén. Incluso se las condenaba de antemano, como si algunas hubieran nacido ya marcadas por aquel estigma. «Esa se queda para vestir santos. Y si no, al tiempo. Lo lleva escrito en la cara.» Generalmente, más que a una descarada fealdad, se aludía a un gesto, a una actitud. La que «iba para solterona» solía ser detectada por cierta intemperancia de carácter, por su intransigencia o por su inconformismo. Analizar las cosas con crudeza o satíricamente no parecía muy aconsejable para la chica que quisiera «sacar novio». Se les pedía ingenuidad, credulidad, fe ciega.

"Tienes un peligro —se avisaba a una de estas chicas «descreídas»—; si con la gente eres tan sarcástica, tan cruda como lo has sido en tu carta, si a cada uno lo examinas a través de la lente de la desconfianza, haciéndoles ver que no crees nada de lo que te dicen, terminarás por convertirte en una persona amargada, recelosa, desagradable, que espantará a todo el mundo". (1)

De las chicas poco sociables o displicentes, que no se ponían a dar saltos de alegría cuando las invitaban a un «guateque», descuidaban su arreglo personal y se aburrían hablando de novios y de trapos se decía que eran «raras», que tenían «un carácter raro».

"No me gusta que te encierres en tu casa a piedra y lodo, pues aunque reconozco que es muy difícil para una persona inteligente tener que hablar siempre de tonterías, tampoco te conviene a tu edad aislarte por completo del mundo, pues eso te irá haciendo un carácter raro y te puede perjudicar enormemente". (2)

El lenguaje popular, que es muy sabio, había acuñado una expresiónque a mí me hizo mucha gracia cuando la oí por primera vez en laSalamanca de mi juventud, aplicada a una de aquellas chicas pocosociables. «Déjala. No le gusta salir. Es más rara que las monjas.» O sea,que se daba por supuesto que las monjas eran raras. Pero más raro era parecerse a ellas sin tener vocación de monja. Ni vocación de nada. Esoera simplemente inaceptable.

Por los años cuarenta, cuando nadie entre las personas que yo conocía había leído a Freud ni se había banalizado el psicoanálisis, empezósin embargo a circular como moneda corriente una expresión que aludía globalmente a todas las torturas incomprensibles del alma: «tener complejos». La complejidad, como la rareza, no eran bien recibidas en una sociedad que pretendía zanjar todos los problemas tortuosos y escamotear todas las ruinas bajo un código de normas entusiastas. El psicoanálisis, donde se prestaba atención a todo aquel «galimatías de los complejos», era algo extravagante que se comentaba con desdén, como el existencialismo y demás frivolidades decadentes que se gestaban en París:

"Acaba de celebrarse en París —decía un texto de 1950— el Primer Congreso Internacional de Psiquiatría. Allí, a orillas del Sena, entre escapada y escapada a Saint-Germain-des-Pres para ver qué es eso del existencialismo en su propia salsa, las mayores eminencias mundiales de la Psicopatología han cambiado impresiones sobre todo ese galimatías de los complejos, el subconsciente y demás cosillas, que tienen casi convertido al mundo en una casa de orates"(3)

El término «complejos» se aplicaba también a algunas películas de argumento inquietante que empezaron a llegar por entonces a nuestras pantallas y que solían ser desaconsejadas como gravemente peligrosas.

En las películas «de complejos» los protagonistas se comportaban de un modo raro, sufrían oscuros e inconfesados tormentos y, de rechazo, hacían sufrir a los demás mediante sutiles coacciones psicológicas. La más famosa fue Luz de gas, interpretada por Ingrid Bergman y Charles Boyer.

Se caracterizaban aquellas historias porque nunca era uno muy capaz de resumir su argumento.

«¿De qué trata?», preguntaban a veces las amigas. «¿Te ha gustado?» «A mí, sí. Pero no sé, vete a verla... Es de complejos.» «Pues, hija, si es de complejos no voy. A mí las de complejos no me gustan.»

Tampoco a los hombres les gustaban las chicas con complejos. Eran incómodas. Se salían de la norma. Los complejos de un hombre, en cambio, podían ser más dignos de atención y análisis, como veremos en su lugar oportuno. Daban pábulo a que la mujer, nacida para consolar, tratara de entenderlos y hasta se sintiera atraída por el muchacho que los padecía. Pero a la chica casadera de posguerra no se le permitía tener una visión complicada de la vida, tenía la obligación de ofrecer una imagen dulce, estable y sonriente. De una forma un tanto burda, se decía de una chica que tenía complejos cuando no sonreía a troche y moche.

"Sonrisa es benevolencia, dulzura, optimismo, bondad. Nada más desagradable que una mujer con la cara áspera, agria, malhumorada, que parece siempre reprocharos algo. El hombre puede tener aspecto severo; dirán de él que es austero, viril, enérgico. La mujer debe tener aspecto dulce, suave, amable. En fin, debe sonreír lo más posible". (4)

Las prédicas sobre la sonrisa femenina como panacea son incontables en las publicaciones de la época y tienen una clara vinculación con la ideología de la mujer fuerte y animosa propugnada por la Sección Femenina de Falange. Uno de los miembros de esta organización, la escritora Carmen de Icaza, popularizó, por boca de su más famoso personaje de ficción, Cristina Guzmán, profesora de idiomas, el axioma de que «la vida sonríe a quien le sonríe, no a quien le hace muecas». Se trataba de una especie de catecismo ético pero también estético. Una mujer que pretendiera hacerse la interesante mediante la languidez estaba obedeciendo a unos modelos de comportamiento equivocados, pasados de moda:

"¿No ves que te estás perjudicando a ti misma con esa estúpida desgana que tú crees interesante y que te está estropeando el cutis, los ojos, el pelo..., con ese estado de dejadez que tu denominas lánguido y melancólico?... ¡Ea, a sonreír sin miedo a la vida!" (5)

La sonrisa por precepto podía ser mucho más insincera que la dejadez y la desgana, convertirse ella misma en una mueca. ¿Pero eso qué importaba? Con todo cinismo llega a reconocer un autor:

"Es verdad que también hay sonrisas inexpresivas, como petrificadas, pero aun en ese caso son preferibles al ceño fruncido. No podemos pretender que la gente sea siempre sincera... Aunque se trate de una sonrisa hipócrita, siempre contribuirá a embellecer algo la existencia". (6)

Sonreír era «airoso». El adjetivo «airoso», con claras connotaciones triunfalistas, se empleaba mucho en la posguerra española. Evocaba un ondear de banderas, un revoleo de capas en los desfiles. Significaba vencer, merecer el aplauso. Si se obtenía sobresaliente en un examen o se superaba una calamidad que parecía insuperable se había salido airoso.

Lo contrario era darse por vencido, «quedar desairado», en mal lugar.

Dentro de este contexto, la sonrisa se aconsejaba como actitud deportiva ante la vida, "sobre todo en el momento en que se os muestre adversa. A lo irremediable hay que salirle al paso sonriendo, porque es más airoso". (7)

Pero es que además, y éste parecía el argumento más irrebatible y convincente, a los hombres no les gustaban las mujeres tristes.

"Levanta ese ánimo. Lo único que los hombres no toleran es el aburrimiento. Y se aburren mucho con las mujeres de ojos enrojecidos y de sonrisa escuálida. Cambia de actitud. Ofrécete a su vista sugestiva, graciosa, alegre". (8)

Es muy probable que a la mayoría de las muchachas con complejos, por muchas ganas que tuvieran de sacar novio, estas abrumadoras propuestas no les sirvieran más que para recrudecer su gesto agriado, al sentirse incapaces de seguirlas con resultado inmediato y convertirse de la noche a la mañana en aquellas criaturas optimistas y cascabeleras que eran las únicas que les gustaban a los hombres, al parecer. Pero además ¿con qué derecho vamos a dar por válida para todos los casos esta interpretación tan banal? No todas las chicas señaladas por la sociedad como raras tenían por qué sentirse inferiores a causa de su complejidad.

Nadie se ha preguntado, que yo sepa, si el llevar la contraria al mandamiento de la sonrisa no podía significar en otros casos, además de motivo de tormento, una actitud deliberada de rebeldía. Tal vez se negaran a sonreír simplemente porque no le vieran demasiada gracia a aquella única salida hacia el matrimonio preceptuada para la mujer que no tuviera vocación de monja. Con lo cual, por mucho que nadaran contra corriente, estarían dando pruebas de un mayor sentido crítico que otras amigas suyas.

¿Se interesaba realmente la sociedad por el porvenir de las solteras?

¿Las ayudaba alguien a aceptar con dignidad su condición de tales? Aparte de intentar «redimirlas» cuando se habían «descarriado», ¿qué opciones se les ofrecían para quitarles de encima aquel sambenito que las condenaba a vivir perpetuamente «desairadas»? Ninguna, en verdad.

Ni la familia, ni las amigas, ni los consultorios sentimentales se dirigían a la chica «que iba para soltera» con otro propósito que el de insuflarle, de mejor o peor fe, la ilusión de que algún día podía dejar de serlo, de estimularla en la competición con las demás aspirantes al rango de casadas. Vocación de soltera no se concebía que la pudiera tener nadie. Se trataba de animar a las que se creyeran en inferioridad de condiciones para que no perdieran la esperanza en la victoria, de alistarlas, en fin, para una causa que se consideraba de interés general.

En la lucha por alcanzar un puesto ventajoso en el mercado matrimonial, una fea no tenía por qué quedarse a la zaga. Se las espoleaba para que dedicasen un cuidado especial a su arreglo, para que sacasen partido de su fealdad adquiriendo un «estilo» que podía brindarles las mismas oportunidades que a sus contrincantes más guapas.

"La hora de las feas ha sonado... De un tiempo a esta parte, la belleza se cotiza menos que antes... Las muchachas demasiado guapas están algo predispuestas a la tontez. Y nuestra fea lee, se educa... Facciones algo irregulares, eso sí, pero mirada inteligente, cutis cuidado, pelo peinado con sencillez y buen gusto, algo de pintura sabiamente aplicada. Al verla dirán que es original, que tiene personalidad, que es elegante. O simplemente dirán: no vale nada, pero tiene algo, me gusta... La fea no se resigna: lucha y vence". (9)

Dentro de esta retórica del éxito y el fracaso, la solterona que no había puesto nada de su parte para dejar de serlo era considerada con el mismo desdén farisaico que el gobierno aplicaba a los vencidos; y su caricatura era a veces tan poco piadosa como elemental. En alguna revista para jovencitas llegó a resumirse el proceso hacia la soltería bajo el género de «cómic», mediante leyendas sucintas debajo de los sucesivos recuadros donde el dibujante había ido plasmando el progresivo estrago que transformaba a la chica con complejos en vieja amargada:

"A los diecisiete años, Luisa se cree fea y sin gracia.
— A los dieciocho devora novelas y se consuela imaginándose guapísima.
— Es retraída y reservada, tiene miedo a entregarse y que no sepan comprenderla.
— Recelosa, a los chicos los despide con bufidos
— A los veintidós, en la oficina no es simpática y oye encantada cualquier crítica acerba contra los hombres y las que los atrapan.
— A los veintiséis entra Alicia en la oficina, más fea que ella, pero tan alegre y bondadosa que tiene éxito. Tiene «simpatía».
— Luisa dice que es una «fresca», que las que atrapan a los hombres son las frescas.
— A los treinta y cinco, frecuenta la iglesia pero no es capaz de llevar una vida piadosa.
— A los cuarenta, le encanta reunirse con otras para despellejar al prójimo.
— A los cincuenta, su lema es «piensa mal y acertarás». (10)

La misma denominación de solterona llevaba implícito tal matiz de insulto que se adjudicaba a espaldas de la aludida. Y en mentes infantiles, tan proclives a dejarse influir por orientaciones definitorias, evocaba a la mujer que nunca ha vivido «el gran amor», a la que nunca ha dicho nadie «por ahí te pudras» y que por eso tiene el gesto agriado. Como doña Merlucines, aquella señora tan aviesa, y por otra parte tan divertida, magistralmente retratada por Elena Fortún en el cuento de Celia en el colegio. Todos la conocíamos. Todos teníamos alguna tía, alguna visita o alguna criada que nos recordaba a doña Merlucines. Y a qué niña se le iba a ocurrir parecerse a ella cuando fuera mayor.

Existía, sin embargo, dentro del género una modalidad que constituía excepción y era considerada con piadoso respeto: la de la señorita a quien le habían matado el novio en la guerra y había decidido no volver a tener ninguno. Lo había jurado entre lágrimas, releyendo sus cartas y mirando su retrato, que solía tener enmarcado sobre la mesilla de noche. Fuera cual fuera el grado de convicción con que formulara aquel voto, el mero hecho de hacerlo no sólo la ponía al abrigo de todo escarnio, sino que la ascendía al rango de heroína. A aquellas señoritas —yo conocí a algunas, porque constituían un grupo bastante numeroso— nadie les exigía que cambiaran el luto por la sonrisa. Hasta en algunos casos podía verse mal que lo hicieran y se las criticaba si se echaban otro novio enseguida. «Pues pronto se le ha pasado la pena a ésa», se solía decir. Y era corriente que conservaran durante muchos años, a veces durante toda la vida, una estrecha relación con la familia de él, especialmente con la madre y las hermanas. Eran como viudas. Y muchas de ellas iban vestidas de negro o con hábito de la Virgen del Carmen. «Lleva luto por su novio» se susurraba con cierta admiración. No las había dejado el novio. Se lo había quitado Dios. Eso no era quedarse «desairadas». A aquellas señoritas, propiamente hablando, no se las podía llamar solteronas. Se habían convertido en novias eternas.

Aunque no siempre, por supuesto, se culpabilizara a la solterona de haber llegado a serlo, su condición de tal no podía dejar de verse como un fracaso. Y a la propia interesada se lo hacían sentir así.

En mi juventud oí contar, dándolo por cierto, el caso de una señorita —no sé si de Palencia o de Valladolid—, que le había aguantado al novio tal cantidad de desaires y de humillaciones que nadie se explicaba cómo no lo mandaba a paseo. Impertérrita ante las críticas de los familiares y los consejos de las amigas, apuró sin embargo basta las heces el cáliz de aquel noviazgo y logró finalmente, a base de pertinacia y disimulo acerca  de sus verdaderos planes, vestirse de tules blancos y recorrer solemnemente el camino hasta el altar a los sones de la marcha nupcial de Mendelssohn. Una vez concluida la ceremonia y conseguido ante testigos el «sí» que pronunciaron los labios de su prometido, cuando le tocó a ella el turno de contestar si lo quería por esposo, se hizo un silencio expectante. «¡No, señor!», se la oyó pronunciar al fin con voz segura y bien timbrada, dirigiéndose al cura. Y, volviéndose acto seguido a todos los circunstantes que llenaban la iglesia, añadió con énfasis, haciendo un gesto teatral que los abarcaba con la mano: «¡Y si he llegado hasta aquí, es para que sepan todos ustedes que si me quedo soltera es porque me da la gana!» Dicho lo cual, se agarró la cola del vestido de novia con la mano derecha y desanduvo con taconeo resuelto el camino que la había llevado hasta el tribunal de Dios para dirimir su juicio ante los hombres.

Si aquella anécdota fue cierta, cosa que nunca pude acreditar, no comprendo cómo a esa mujer, comparable en su arrojo a Agustina de Aragón, no se le ha erigido una estatua. Y aun cuando se tratara de un personaje de ficción, que es lo más probable, su proeza merece consignarse aquí, ya que viene a cuento, como homenaje a la sabiduría de quien la inventara «para desengañar al vulgo», como diría el padre Feijoo.

Se daba por supuesto, efectivamente, que ninguna mujer podía acariciar sueño más hermoso que el de la sumisión a un hombre, y que si decía lo contrario estaba mintiendo.

"La vida de toda mujer, —a pesar de cuanto ella quiera simular o disimular—, no es más que un continuo deseo de encontrar a quien someterse. La dependencia voluntaria, la ofrenda de todos los minutos, de todos los deseos e ilusiones es lo más hermoso, porque es la absorción de todos los malos gérmenes —vanidad, egoísmo, frivolidad— por el amor". (11)

Esta concepción del amor como terapia también se aplicaba, claro está, al soltero. Pero con matices distintos. Los hombres, por su misma naturaleza, tendían a campar por sus respetos, y si elegían vivir siempre esclavos de aquellos «malos gérmenes» en vez de someterse al yugo matrimonial, no quedaban propiamente desairados. El hombre que no se casaba es porque no quería y la mujer que no se casaba, en cambio, es porque no podía. Nadie daba un mentís a estos asertos, tan arraigados en el sentir general que habían llegado a crear su propia verdad y las víctimas de ellas.

"Un solterón, amiga, es lo más contrario a una solterona que pueda imaginarse. Ellas, pletóricas de ilusión acariciada y cultivada, cobardes ante una situación que se proyecta inevitable, suspiran y anhelan un cambio de situación cordial... Un solterón es un ser que ha edificado su tranquilidad a base de egoísmos y pseudocomodidades (comodidades de alquiler, por si nos entendemos mejor). Pero se encariñan con esa vida tan independiente, tan sin obligaciones esenciales". (12)

Ya tendremos ocasión de ver más adelante que tampoco los problemas del hombre frente al posible matrimonio eran tan simples como los presenta el texto reseñado, ni tan indiscutible esta identificación de la soltería masculina con una elección libre y egoísta de felicidad.

Pero dos cosas quedan fuera de toda duda. La primera que esas «comodidades de alquiler», eufemismo mediante el cual se alude a la satisfacción de las necesidades sexuales la mujer no podía permitírselas así tan de rositas. Y la segunda que, en un sistema de total monogamia, las jóvenes aspirantes al matrimonio también luchaban con desventaja, estadísticamente hablando, frente a los varones que aspiraran a lo mismo ya que la guerra había diezmado de forma notoria la población masculina.

"Como el ideal y el lógico destino de la mujer es el matrimonio —Se lee en un texto de 1951—, resulta desolador presentar a las mujeres el panorama de unos cientos de miles que no pueden casarse por la sencilla razón de que no hay hombres bastantes. En el último censo de Madrid, el número de mujeres supera al de varones en casi 200.000". (13)

Ante tan desolador panorama había que tomar alguna medida, aunque fuera a regañadientes. La soltería femenina no sólo acarreaba la renuncia a las tan decantadas dulzuras del hogar, sino también la obligación de ganarse el sustento. Porque resultaba patente hasta para la imaginación más cerril que el infortunio de quedarse soltera no era exclusivo de las marquesas.

"La población femenina es mucho más numerosa que la masculina, lo que fácilmente hace comprender que muchas mujeres tengan que quedarse solteras. De ahí la necesidad de educar técnica y profesionalmente a las jóvenes para que honradamente puedan tener una independencia económica, en caso de que las vicisitudes de la vida les nieguen la formación de un hogar familiar". (14)

La educación técnica y profesional de las mujeres quedaba así tarada desde sus mismas raíces por un carácter de profesionalidad o de emergencia, totalmente en contradicción con el interés que un aprendizaje debe despertar tanto en quien lo recibe como en quien lo imparte. ¿Cómo iba a alcanzar un nivel profesional aceptable en ningún campo la que, de acuerdo con este texto y otros semejantes, tomara aquella formación como un desdichado sucedáneo para el caso de que la suerte le negara la formación de un hogar familiar?

Pero tales consideraciones, caso de que alguien se las hiciera en su fuero interno, estaban censuradas. El frenético desvelo por sanear la moralidad de las costumbres, que dio la tónica a la política fiscalizadora de los años cuarenta, había llevado a las autoridades a considerar el trabajo de la mujer fuera del hogar casi exclusivamente bajo el prisma de sus aspectos negativos, como ocasión de relajamiento y pecado. A nadie, ni siquiera a los censores más estrictos, se le ocultaba que estaba bien entrado el siglo XX y que aquel fenómeno, por muy alerta que conviniera estar sobre él, representaba.

"... un efecto normal, acaso más tranquilizador de lo que podía preverse, de la transformación debida a los trastornos nacionales y mundiales habidos los últimos decenios".

Pero en el mismo texto donde se reconoce esto se insiste, líneas más abajo, en que también suponía, no sólo un peligro para el pudor de las jóvenes trabajadoras, sino un mal ejemplo para las que no lo eran.

"Ha aumentado mucho, especialmente en las ciudades más populosas, la libertad y el desparpajo con que procede la muchedumbre de mujeres jóvenes independizadas por tener que trabajar fuera de su casa, libertad aprovechada por otras muchas que no podrían invocar la misma razón. Son mayores, por consiguiente, los riesgos de relajación del pudor femenino". (15)

Creo, de todas maneras, que dentro de las cortapisas que se ponían a la independencia femenina latía un recelo fundamentado también en razones de tipo económico. En la España de posguerra había mucho paro, y si se estimulaba a las mujeres a trabajar fuera de casa y no dentro de ella, podrían llegar a estar capacitadas para disputarle al hombre sus puestos laborales. Por otra parte, como quiera que la edad de casarse no viniera detallada con precisión en ningún decálogo, si la etapa de «entrenamiento» para ganarse la vida se tomaba demasiado en serio o duraba más de la cuenta, se corría el peligro de crear en la mujer necesidades y aficiones que el día de mañana pudiera echar de menos. Le tomaría gusto a algo que, según la doctrina oficial, estaba reñido con su propia condición y la estragaba: a la independencia.

"La mujer acostumbrada a manejar un sueldo ganado por sí misma —dice un texto— no soportará pacientemente escaseces económicas que la obliguen a suprimir aquellos caprichos... y condenará al esposo a un descontento humillante... Cierto que existe un numeroso grupo de mujeres para quienes el trabajo no es únicamente el medio más directo de conquistar independencia, sino que necesariamente han de ganar un sueldo para ayudar a sostener un hogar que carece de apoyo masculino... No sucede lo mismo con aquellas que desertaron de sus deberes domésticos sin que una necesidad de orden económico las obligue, sino arrastradas por la corriente modernista, a cuya influencia se entregan con verdadero entusiasmo". (16)

Así que la etapa de la soltería vivida con placer y desahogo podía resabiar a la futura casada. La soltería era mejor que no dejara buenos recuerdos, que se viviera como una cruz, como una tensa expectativa. Pero, eso sí, sonriendo. Porque era más airoso. Y estas prédicas, de tanto multiplicarse y asediar por todos los flancos, acababan surtiendo su efecto. De vez en cuando, en las publicaciones de la época, se hacen encuestas a las chicas que estudian o que trabajan y casi todas contestan lo mismo: que cuando se casen dejarán de hacerlo. Que están esperando al Príncipe Azul. Algunas universitarias como una tal Blanca, — entrevistada por la revista Medina— hacían alarde de sinceridad al confesar que estudiaba "...para ganar dinero... Aunque le aseguro que si encuentro en mi camino un muchacho inteligente y que «no esté mal del todo», me casaré con él, ya que al fin ésta es, a mi juicio, la verdadera carrera de la mujer". (17)

Incluso cuando habían llegado a ejercer una carrera de categoría, la tomaban como algo provisional. Su verdadero ideal era otro. O al menos eso es lo que decían de forma casi unánime. Isabel Ribera, médico odontólogo, que, de acuerdo con la descripción que hace de ella la entrevistadora de El Español, despedía «un penetrante aroma de feminidad exquisita», opinaba en 1943 que: "... ninguna prefiere ejercer una profesión a estar en su casa como reina y señora de ella con su marido y sus hijos. Pero la vida moderna — añadía como disculpándose— tiene una complejidad y un ritmo que nos arrastra fuera del hogar. Y bien mirado, ¿y las que no encuentran a su príncipe?".

Por las mismas fechas, Ernestina Romero, jefe de una sección de cables, dijo que: "Una profesión es ideal para una mujer soltera. Una vez casada, ya es otra cosa".

Más tajante todavía era en sus declaraciones la abogado madrileña María Teresa Segura: "Me encanta la carrera, pero me encanta más casarme. La mujer no tiene más misión que el matrimonio. ¡Estaría bonito!".

Y hasta una mujer que había llegado a ser ingeniero industrial, María P. Careaga, afirmaba rotundamente que: "La profesión, podemos llamarla así, específica de la mujer es su vida de casa". (18)

Pocos años antes, durante la etapa de la República, las contestaciones a este tipo de encuestas eran muy otras, en general. Por miedo a desviarme demasiado del núcleo central de mi investigación, no he querido consultar ahora revistas anteriores a la guerra civil. Pero recuerdo que cuando yo era niña las leía, porque se compraban en mi casa. Especialmente una que se llamaba Cartel. Y me fascinaban aquellas jóvenes universitarias, actrices, pintoras o biólogas que venían retratadas allí con sus melenitas cortas y su mirada vivaz y que cuando hablaban de proyectos para el futuro no ocultaban como una culpa el amor por la dedicación que habían elegido ni tenían empacho en declarar que estaban dispuestas a vivir su vida. No sabían, las pobres lo que les esperaba. Pero yo las veneraba en secreto. Fueron las heroínas míticas de mi primera infancia.

En los años que estoy estudiando, la muchacha que soñara con «vivir su vida» enseguida se daba cuenta de que le resultaba más prudente conservar encerrado aquel propósito en la zona de los anhelos inconfesables, como un tesoro que se convertiría en bazofia al exponerlo a la luz.

"Graves males ha deparado al mundo esta alocada rebelión de la mujer que dice querer vivir su vida... Mientras el hombre trabaja en beneficio propio y de la familia, la mujer lo hace para ella sola. Habituada así a lujos impropios, llegado el momento no aceptará las condiciones del matrimonio. (19)

La incoherencia más evidente de estas amonestaciones dirigidas a la mujer es su pretensión de validez general. «O cortos de vista o largos de mala fe», (20) olvidaban aquellos preceptores de la conducta femenina que, de acuerdo con sus propias estadísticas para cientos de miles de españolas, tanto si querían vivir su vida como si no, aquel momento del matrimonio, al cual parecía estar referido todo, no iba a llegar nunca. No se las preparaba para aceptar este hecho, no se les daba a entender que aquel trabajo que hacían «para ellas solas» era probable que lo tuvieran que seguir haciendo siempre para ellas solas. ¿No era entonces más justo y más cristiano considerarlo como una gratificación merecida que condenarlo como una insolencia?

Pero es que una de las conclusiones a que he llegado, después de darle muchas vueltas a las contradicciones de estos textos y otros semejantes, es que a las solteras que no van a encontrar marido se las margina o se las caricaturiza, pero nunca se habla con ellas realmente.

Las alusiones a su existencia no pasan, en el fondo, de ser una abstracción exenta casi siempre de buena voluntad. Resultaba menos enojoso seguirlas incluyendo en el gremio de las que no han perdido las esperanzas de casarse, lo cual significaba ignorar su verdadera identidad, o mejor dicho tergiversarla descaradamente. So capa de intención piadosa y alentadora, que bien mirado era insulto, a la mujer solitaria se la arrojaba despiadadamente del paraíso.

"No puede una mujer sentirse placenteramente feliz —dice un texto— si no es bajo el cobijo de una sombra más fuerte. Más fuerte en todo: en lo sentido y en lo imaginado. Precisa nuestra feminidad sentirse frágil y protegida". (21)

La exaltación del desvalimiento, de la fragilidad que busca cobijo, encerraba a las mujeres en un infantilismo que, con el correr de los años, perdía todo poder de seducción y se volvía sencillamente anacrónico. Nada más grotesco que los mohines y atuendos aniñados de aquellas hijas de familia ya entradas en años, en inquieta búsqueda del cobijo de una sombra más fuerte. Avizorando perpetuamente aquella sombra del novio fugitivo (1) que se desvanecía como un espejismo, se veían condenadas a aceptar empleos mediocres que no sabían desempeñar bien, a reconcomerse envidiando a las amigas y a seguir ensayando delante del espejo sonrisas cada vez más escuálidas y desamparadas. Y eran cursis, «más cursis que un guante», como la señorita Adelina, cuyas vicisitudes cantó Conchita Piquer en una de sus coplas menos afortunadas, «La niña de la estación». Pero que alcanzó más popularidad que ninguna, porque a la gente siempre le ha gustado mucho la gracia gorda y asistir con aquiescencia a la baza de los tópicos.

Tampoco la literatura, el cine o los seriales radiofónicos parecían tener el menor interés en desmentir o rectificar este cliché. La solterona era un tipo rancio, anticuado, cursi. No en vano, la palabra «cursi», que se implantó en el siglo XIX, parece proceder por inversión silábica del apellido de ciertas hermanas andaluzas de la clase media, las señoritas Sicur, famosas por su deseo de aparentar más de lo que eran con vistas a sacar novio. Un tema decimonónico, galdosiano, el de la solterona. Pero en la España de los años cuarenta permanecía su vigencia, y eran pocas las voces que se alzaban para protestar del tópico que seguía identificando la dependencia al varón con la única felicidad legítima e idónea para la mujer. Alguna se encuentra, a pesar de todo.

"Si queréis interpretar debidamente la soltería —dice un texto de 1949—, dejad de pensar en las solteronas como en mujeres que fracasaron, por alguna razón, en casarse. Y empezad a pensar si no fueron las casadas las que, por cualquier razón, fallaron en no quedarse solteras". (22)

Pero eran voces que clamaban en el desierto, testimonios excepcionales. Y además revolucionarios, por entrar en conflicto con la política del Gobierno y de la Iglesia, aliados en su empeño de reforzar el vínculo matrimonial exaltando sus excelencias y ventajas. Mediante préstamos a la nupcialidad y los famosos subsidios y leyes de protección a las familias numerosas, Franco se había propuesto remediar el estrago demográfico de aquel millón de muertos, víctimas de una guerra que él mismo había emprendido. Y la mujer tenía que ser la primera en pagar el pato.

Ya antes de que se acabara la guerra, en una orden ministerial de 1938, se daba a entender que el programa de la recuperación de la familia estaba principalmente basado en una renuncia por parte de las jóvenes españolas a sus veleidades de emancipación, anunciando «la tendencia del nuevo Estado a que la mujer dedique su atención al hogar y se separe de los puestos de trabajo». (23)

Con una solidaridad unánime, apoyaba el estamento religioso aquella tendencia que, por otra parte, coincidía con los ideales del Papa Pacelli, como ya vimos. Desde los confesionarios, los púlpitos, las circulares episcopales y las publicaciones de Acción Católica, se ponía en guardia a la nueva mujer española contra el «peligro disolvente» que entrañaban los trabajos que la alejaran del hogar, y se la encarrilaba hacia la total sumisión.

"Vuestra hosca sensibilidad de modernas jóvenes independientes se doblegará costosamente a una sujeción casera —había escrito el Papa—. En torno a vosotras muchas veces os la presentarán como algo injusto, os sugerirán un señorío más altivo de vosotras mismas... No prestéis oídos a esas voces de sirena tentadoras y falaces". (24)

Desde un punto de vista político, se trataba además de incluir la restitución de la mujer al hogar dentro de los deberes de justicia emprendidos por la cruzada liberadora del marxismo. A la mujer no se la había recluido, sino que se la había rescatado de las garras del capitalismo industrialista, que intentó alejarla de sus labores. Así había que entenderlo, y así se escribía:

"La nueva concepción moral y social de la mujer significa, ante todo, una restitución a su puesto familiar y un reconocimiento de justicia de su trascendental misión económico social... La mano de hierro del capitalismo industrialista arrebató la rueca de las manos de la dulce Margarita... Pues el retorno a ese hogar, como madre y señora ama, entre patriarcal e idílico,... eso significa la restitución de la mujer a su puesto familiar". (25)

La dulce Margarita ya tenía nuevamente la rueca en las manos.

Dignificada y redimida, ¿qué menos iba a hacer que dar las gracias? Y eran muchas mujeres las que las daban, porque la mayoría de la población femenina seguía manteniendo una actitud tradicional y conservadora, cosa que ya había quedado patente durante la etapa de la breve República. No conviene olvidar que el voto femenino, conseguido por primera vez en España en las Cortes de 1931, tras dura polémica, fue una conquista más aparente que real de Victoria Kent, su más apasionado adalid. Algunos historiadores, de hecho, atribuyen el giro a la derecha imprimido a la política española en las elecciones de 1933 a la enorme cantidad de votos antirrepublicanos que suministraron a las urnas las esposas y madres «de toda la vida».

No debe extrañarnos, pues, que la capciosa interpretación del encierro otorgado como liberación magnánima fuese ahora aceptada e incluso jaleada por muchas de aquellas «dulces Margaritas» que habían recuperado su preciada rueca.

"Leemos diferentes artículos, y una cosa queda clara en nuestro espíritu femenino: que en resumidas cuentas, ¡por fin!, hay un Estado que se ocupa de realizar un sueño de tantas mujeres españolas: el ser amas de casa". (26)

Bien es verdad que para inculcarle este sueño a la mujer que no lo tuviera y para afianzarlo y convertirlo en ideal político, el Gobierno contaba con la colaboración providencial de la única mujer que dio mítines en los años cuarenta. Me refiero a Pilar Primo de Rivera, de la que nos ocuparemos especialmente en el capitulo próximo.

Por ahora, con lo dicho, ya queda bastante claro que el culto a la feminidad, inculcado por tantos flancos desde la primera infancia, llevaba aparejado el aborrecimiento de la soltería.


Carmen Martín Gaite
"Usos amorosos en la posguerra española"
Capítulo II - En busca del cobijo.




Capítulo III - El legado de José Antonio
Capítulo IV - La otra cara de la moneda
Capítulo V - Entre santa y santo, pared de cal y canto
Capítulo VI - El arreglo a hurtadillas
Capítulo VII - Nubes de color rosa
Capítulo VIII - El tira y afloja
Capítulo IX - Cada cosa a su tiempo




NOTAS.

1. Letras, «Consultorio sentimental», junio de 1949.
2. Letras, «Consultorio sentimental», julio de 1950.
3. Triunfo, 18 de octubre de 1950.
4. Andrés Revesz: «La sonrisa de la mujer», en Semana, 11 de noviembre de 1941.
5. Mis chicas, 28 de octubre de 1951.
6. Andrés Revesz: La edad de amar, Barcelona, 1952.
7. Enrique Bueu, en Medina, 27 de diciembre de 1942.
8. Medina, «Consúltame», 3 de septiembre de 1944.
9. Josefina Xaudaró: «Las feas con estilo», en Destino, 30 de diciembre de 1939.
10. Chicas, 24 de febrero de 1952.
11. Medina, «Consúltame», 13 de agosto de 1944.
12. Medina, «Consúltame», 24 de junio de 1945.
13. Letras, enero de 1951.
14. Carmen Bueu, «La mujer y la sociedad», en Medina, 1 de noviembre
de 1942.
15. La moralidad pública y su evolución (edición reservada, destinada exclusivamente a las autoridades), Madrid, Imprenta Sáez, 1944, p. 75.
16. María Pilar Morales: Mujeres, Madrid, 1944, PP. 78~9.
17. Medina, 1 de noviembre de 1942.
18. Todas estas encuestas en El Español, 13 de marzo de 1943.
19. La Hora, 10 de diciembre de 1948.
20. Según reza una canción de Chicho Sánchez Ferlosio.
21. Medina, «Consúltame», 13 de junio de 1943.
22. Meridiano femenino, febrero de 1949.
23. Cit. por Daniel Sueiro y B. Díaz Nosty: Historia del franquismo, Sedmay, 1977, fascículo 22, p. 124.
24. Pío XII: «Discurso a los esposos», 3 de mayo de 1939, cit. por Historia del franquismo, op. cit., fascículo 42, p. 240.
25. Vicente Gay: «La última conquista del feminismo», en El Español, 13
de marzo de 1943.
26. Marichu de la Mora: «La ilusión de ser ama de casa», en Y, junio de 1943