Pau Casals y su carta a Charles De Gaulle.

Pau Carles Salvador Casals i Defilló 
(Vendrell, 29 de diciembre de 1876 - San Juan de Puerto Rico, 22 de octubre de 1973)





Carta de Pau Casals al General De Gaulle
25 de marzo de 1963


«Señor presidente: me permito escribirle porque me he enterado, por la prensa, de que su Gobierno parece tener la intención de tomar determinadas medidas con respecto a los refugiados políticos españoles que se vieron obligados a establecerse en Francia veinticuatro años atrás.

Como yo mismo soy un refugiado, y me siento solidario de mis compatriotas, considero un deber recordarle que cualquier medida de expulsión o confinamiento adoptada contra esos españoles sería recibida dolorosamente por todas las personas que permanecen fieles a ciertos valores humanos.

Mi general: durante los años sombríos de la ocupación hitleriana, desde la pequeña ciudad de Prades escuchaba sus llamamientos retransmitidos por la radio como unos llamamientos a la esperanza. No ignora usted quiénes eran entonces los que deseaban ardientemente la liberación de Francia, y los que, por el contrario, se alegraban de todas las victorias de los ocupantes. Permita que le diga que para todos nosotros sería un terrible desengaño que el mismo hombre que simbolizaba la esperanza adoptase unas medidas - ¡veinte años después!- contra aquellos que le sostenían con su entusiasmo y su acción. (En Annecy existe un monumento elevado a la memoria de los españoles que dieron su vida por liberar a Francia.) Quizá soy un romántico anticuado, pero, a mi entender, el destino de un solo justo es más importante que las combinaciones diplomáticas.

Conozco a Francia desde hace más de sesenta años, y nunca podría olvidar los maestros y los amigos que, en este país, me acogieron y me alentaron en momentos difíciles; sin embargo, lamentaría muchísimo verme decepcionado por un hombre al que tanto había admirado.»


Respuesta del presidente de la República francesa
9 de abril de 1963


«Mi querido maestro (Mon cher maître): ha tenido la amabilidad de comunicarme las inquietudes que le provocan los rumores que ha propagado cierta prensa.

Puedo asegurarle que estos rumores carecen en absoluto de fundamento, y que el Gobierno francés no tiene en modo alguno la intención de adoptar medidas discriminatorias contra los españoles refugiados en su territorio.
Celebro poder aprovechar la oportunidad que se me presenta con ese motivo para manifestarle mi profunda admiración por su gran talento, y le ruego que quiera aceptar, mi querido maestro, la expresión de mis sentimientos más distinguidos y más cordiales.» 



1143. Así fué la defensa de Madrid. II - Planteamiento de la Batalla (1)

Sierra de Guadarrama, vista panorámica del despliegue defensivo del Ejército republicano, incluyendo varias pieza de artillería
(Albero y Segovia)





El terreno.

El teatro de operaciones donde se va a desarrollar la batalla está enclavado en la Meseta meridional de las dos que forman la gran terraza de ambas Castillas. Se halla separada de la septentrional por las grandes sierras de Gredos y Guadarrama, y por el conjunto de serranías que forman el sistema Carpetano hasta los Altos de Medinaceli, donde este sistema empalma con el Ibérico y donde desarrolla la comarca en que confluyen las provincias de Soria, Guadalajara y Zaragoza.

Desde esa gran arista orográfica, el terreno desciende hacia el sur, desarrollando sus espolones de forma suave, y apareciendo la región de Madrid como una extensa llanura, levemente accidentada en algunas de sus comarcas. Los obstáculos orográficos no son de sobresaliente importancia para las operaciones que se van a relatar, pues a través de todos ellos es posible y relativamente fácil la maniobra de las Fuerzas Armadas.

Las regiones verdaderamente accidentadas de este TO se revelan: en la parte occidental, al sur de la sierra de Gredos; en la parte oriental, en las tierras que ocupan el Alto Tajo y la serranía de Cuenca; y en la región central, a ambos lados de la carretera de Burgos a Madrid que cruza el sistema Carpetano por Somosierra.

En el sur, el TO queda cerrado por los montes de Toledo y las pequeñas serranías que se inician al norte de Ciudad Real y mueren, por el este, en el valle del Guadiana, a la altura de Alcázar de San Juan.

En verdad, ninguna de las regiones claramente montañosas interesa de manera directa al cuadro operativo en que va a desenvolverse la batalla. Su interés se concreta al hecho de fijar condiciones a los Sistemas de Fuerzas que monten la maniobra en torno a lo que será el objetivo esencial de la lucha: Madrid.

En el aspecto hidrográfico, en la zona de maniobras de la batalla, se desarrolla de norte a sur, descendiendo de las serranías en esa dirección buscando el cauce del Tajo que cruza la zona de E a O, después de describir un gran arco en su curso alto, al E de Guadalajara.

Los afluentes del Tajo que desempeñarán un importante juego como factores tácticos en la maniobra son: al O de Madrid, el Guadarrama y el Manzanares; al E, el Jarama, con sus afluentes el Henares y el Tajuña. El propio río Tajo corre al S de Madrid.

En orden a las comunicaciones, es sabido que Madrid constituye el principal nudo de ferrocarriles y carreteras de España y que el trazado de ambos sistemas es radial. La lectura del croquis nos libera de su descripción. Oportunamente consignaremos las obras que se realizaron en el curso de la batalla para perfeccionar las comunicaciones y garantizar su mantenimiento.

Así como en lo que respecta a la red ferroviaria no dispone el TO de ninguna en circunvalación que ligue los ejes radiales, la red de carreteras se halla muy bien enlazada por transversales y aparece complementada con pequeños ramales que se derivan de ellas, todo lo cual puede apreciarse en el citado croquis.

Topográficamente, el contorno de Madrid interesa para conocer el desarrollo de la batalla. Asentada la capital en el valle del Manzanares, que lame sus linderos en el frente SO (por donde se produciría el ataque), no tiene en sus inmediaciones más que pequeños accidentes de escaso relieve. La zona de maniobras se desarrolla por el S en lo que prácticamente es una extensa llanura, sólo perturbada por colinas aisladas, o que forman sistemas de desarrollo limitado, como las que se alzan sirviendo de divisoria de aguas entre los ríos Guadarrama, Manzanares, Jarama y Tajuña, o de algunas quebradas y barrancas de cauce normalmente seco.

Tanto esa zona sur como la oriental están despejadas de bosques. Estos existen en forma de grandes manchones al O y al N, en un terreno orograficamente más revuelto; de un modo general predominan las extensas capas de matorrales, más que el bosque alto y espeso.

Pese a la existencia de esos matorrales, toda la zona de maniobras se presta a la observación terrestre y aérea, de las que solamente escapan algunas zonas de alto arbolado y las que se hallan edificadas.

Ambas clases de obstáculos jugarán un papel sobresaliente en la maniobra y en la batalla, haciendo pesar su valor como factores tácticos en las acciones de fuego y movimiento, en el encubrimiento y en la sorpresa, y resultando notablemente favorables para la defensa.


Los medios.

Desde el comienzo de la guerra el Gobierno se había lanzado a la lucha en los distintos frentes organizando «Columnas» que puso en su mayor parte bajo el mando de jefes profesionales. Los partidos políticos o los dirigentes sindicales organizaron otras, siendo ellos mismos quienes ejercían el mando, con o sin asesoramiento técnico. Tal fue el primer efecto del derrumbamiento del Estado a consecuencia del Alzamiento.

La totalidad de las columnas eran manejadas desde el Ministerio de la Guerra por el ministro, como jefe supremo, y su EM, pero sin que los diferentes frentes de lucha tuvieran mandos de conjunto que articulasen las columnas que en ellos se empleaban. Esos frentes fueron los del Norte, Aragón, Centro, Andalucía y Extremadura. Los dos primeros se mantenían con relativa autonomía.

En el TO del Centro, concretamente, aparecían: la columna del coronel La Calle, que cubría la carretera de Aragón al sur de Sigüenza; la columna del general Bernal, sobre el eje que conduce a Burgos por Somosierra, y la columna del general Riquelme, que cerraba las carreteras que convergen sobre Madrid por el Guadarrama y Navacerrada; en el S la columna del general Asensio, que operaba sobre la carretera de Talavera de la Reina a Madrid. A esta columna se incorporaron las fuerzas que pudieron replegarse sobre la capital al caer Toledo en poder del adversario. Entre las dos últimas columnas citadas, otra secundaria, a las órdenes del coronel Mangada y reclutada por éste en los primeros días, cubría la zona de El Escorial.

En el mes de octubre, cuando las tropas procedentes de África ya estaban cerca de Madrid, el general Pozas fue nombrado jefe del Ejército del Centro, con jurisdicción sobre las fuerzas que cubrían la capital, y al atardecer del de noviembre de 1936, cuando la capital ya estaba directamente amenazada, fue designado el general Miaja jefe de la defensa de Madrid y se pusieron a sus órdenes las tropas y medios dislocados entre el río Guadarrama, al O de Boadilla del Monte, y Vaciamadrid, en la confluencia de los ríos Jarama y Manzanares, al sureste de la capital.

La evaluación de los medios de la defensa sólo podía hacerse aproximadamente a causa de la confusión que imperaba en un frente que reiteradamente, desde los combates librados en la zona de Talavera de la Reina, venía siendo batido y arrollado (el coronel Puigdengolas, que lo mandaba, acababa de morir en la línea de fuego).

En dicho frente las unidades se renovaban o reforzaban de manera precipitada o sin control, ya fuese por las dificultades con que se tropezaba en la lucha, por las influencias políticas, o por las interferencias creadas por los jefes de los partidos o sindicatos, que habían organizado unidades de milicia. Tales injerencias escapaban muchas veces al control del Mando Superior, aunque éste se hallase en manos del Ministro.

Se sabía que existían numerosas unidades incompletas que actuaban entre las carreteras de Toledo y Extremadura, por las que avanzaba el adversario; pero se desconocía su volumen, su ubicación y las posibilidades con que contaban; tampoco podía precisarse con rigor dónde se hallaba el frente de combate, ni el apoyo artillero de que se disponía, a causa de sus incesantes fluctuaciones. Algo similar podía decirse de las fuerzas empeñadas desde Carabanchel, por Villaverde, hasta Vaciamadrid, y de las unidades que daban conexión al frente desde la zona de Campamento hasta las estribaciones de la Sierra.

A tal imprecisión contribuía la proximidad de los combatientes a la capital y la mayor facilidad que con ello tenían los organismos políticos o sus dirigentes para manejar a quienes designaban como sus tropas. Esos jefes, políticos o milicianos, continuaban practicando un vicio que se inició al comienzo de la guerra: el de desplazarse a Madrid cuando la ausencia de luz atenuaba el combate, so pretexto de «informar», ya fuese al mando militar o al mando político, o bien para recabar órdenes o instrucciones.

En cuanto a la disponibilidad de reservas y medios complementarios en la retaguardia, no era menor la imprecisión o la incertidumbre. En realidad, el nuevo comandante de la Defensa, al hacerse cargo de su cometido, sólo pudo reunir elementos de juicio francamente vagos o inciertos. Sin embargo, en contraste con esa imprecisión, la realidad era que a dicho jefe se le entregaba todo, la ciudad y una masa imponderable de medios, sumidos en el desorden y en el desconcierto.

Si esto era evidente en el orden material, lo mismo acontecía en el moral, ya que al sonar al atardecer del 6 de noviembre los primeros aldabonazos dados por la artillería enemiga, una crisis de tonos morales estaba fraguándose en el ambiente ciudadano de la capital, y no se podía intuir siquiera cómo iba a cristalizar, facilitando o dificultando la resolución del problema militar que se estaba planteando.

Tratemos de precisar algunas de las posibilidades del momento. En el orden humano existía una verdadera polvareda de hombres y de unidades combatientes, agrupados de manera arbitraria, irregular, aunque con la nomenclatura de la organización normal: Secciones, Compañías, Baterías, Batallones…, algunas estaban mandadas por cuadros profesionales de jerarquía modesta y la mayor parte por jefes de milicias designados por los partidos políticos o por la Inspección General de Milicias.

En todos los casos se había tenido en cuenta la conducta que militarmente habían observado como combatientes desde los primeros meses de la lucha; circunstancia, ésta, que daba a los jefes, sobre el miliciano elemental, la autoridad proveniente de su antecedente bélico [1].

Como era natural predominaban las unidades de Infantería equipadas con armas de acompañamiento; excepcionalmente, algunas de ellas disponían de escuadras o pelotones de jinetes; otras contaban con algún carruaje blindado de manera rudimentaria y, muy excepcionalmente, de alguna pieza de artillería.

Para dar una idea de la pulverización orgánica de nuestras unidades combatientes, me basta señalar este dato: cuando en el curso de los combates de los primeros días logramos conseguir información sobre las unidades de que disponía el teniente coronel Barceló que con su columna [2] cubría el frente de nuestra ala derecha, apoyándose en Majadahonda–Boadilla del Monte [3] y que actuaba conjuntamente con la 3.ª Brigada y las tropas batidas de Fernández Cavada (Aravaca–Húmera y Pozuelo) contra el flanco izquierdo de los atacantes, supimos que en aquella base había reunido los restos de diversas pequeñas unidades con efectivos variables entre 40 y 600 hombres. De ellas siete eran restos de unidades de tropas regulares (Batallón de Instrucción, Guardias de Asalto, Seguridad, Aviación, Compañías de los Regimientos de la primitiva guarnición de Madrid y Campamento, y Caballería a pie); los demás eran unidades de milicias (Columna vasca, Compañías del V Regimiento, Batallón Dimitrov, Batallón Pestaña, Batallón Acero, Juventudes Campesinas, Columna Libertad, Batallón España y otros) de las cuales, aunque algunas se titulaban Batallones, eran meras agrupaciones de 200 a 300 hombres, algunas sin cuadros; de dichos batallones sólo uno disponía de 600 hombres y otro de 400.

De las demás columnas (Cavada, Enciso, Escobar, Mena…) cabe decir lo mismo; existían en ellas algunas pequeñas unidades «autónomas», cuyos efectivos eran inferiores a cincuenta hombres. Las dificultades que en el orden táctico habían de vencer los comandantes de columna no necesitan ser subrayadas.

El armamento era muy variado en todo el frente y se hallaba profusamente mezclado: en fusiles, disponíamos de los calibres 6.5, 7.0, 7.62 y 7.92, a los cuales se sumarían bien pronto los 7.7, 8.03 y 8.0, al llegar unidades procedentes de otros frentes o al adquirir en el extranjero algunas partidas de armas.

Había cinco calibres distintos de ametralladoras, tres de morteros, ocho de artillería… incluidas algunas piezas arrumbadas en los parques; su reparto entre las columnas no respondía a ningún criterio y, debido a la circunstancia de que ese armamento había sido entregado a los combatientes según la urgencia de empleo en uno u otro lugar, y al trasiego de éstos de una a otra unidad, era frecuente encontrar unidades armadas con fusiles y ametralladoras de los más variados calibres. Esto crearía enormes dificultades de abastecimiento, hasta que en el proceso de reorganización, de que trataremos en otro lugar, se lograse unificar el correspondiente a cada unidad.

Prácticamente no existían armas de defensa contra aeronaves (DCA) y contra Carros de combate (Ac). El apoyo que pudieran prestarnos la Aviación o las unidades blindadas no se podía controlar ni prever, pues la defensa de Madrid carecía de esos medios y los que disponía el Mando Superior eran manejados directamente por el mismo. Solamente sabíamos que se disponía de algunos aviones llamados en el argot miliciano «natachas» (para pequeño bombardeo y vuelo rasante, de escasa eficacia) y «katiuskas», de bombardeo; muy pronto se recibirían los «chatos», de caza, y posteriormente se adquirieron los llamados «moscas». Aquél era muy maniobrero, y el último muy rápido y de mayor potencia de fuego.

En lo que respecta a Carros de combate, habían llegado los primeros modelos T–26 de fabricación rusa, pero ninguna unidad fue adscrita a la Defensa, si bien cooperaron con ésta muy activamente desde finales de noviembre. Al comienzo de la batalla, el pequeño número de carros ligeros de que disponíamos [4] se adscribieron a las columnas del flanco derecho.

En el frente de Madrid, y expresamente en el sector sur, por donde amenazaba la maniobra adversaria, se habían hecho fortificaciones por el Estado Mayor del ministro, y sobre el plano, unos estudios para montar un sistema de obras defensivas que las tropas habrían de ocupar cuando se replegaran sobre la capital. Formaba dicho sistema un conjunto de centros de resistencia de relativa eficacia para cubrir linealmente la ciudad y, a la vanguardia, algunas obras aisladas tratarían de dislocar la maniobra enemiga dando tiempo a la ocupación de aquellos centros.

El conjunto de tales obras estaba muy lejos de poderse considerar terminado cuando el enemigo se acercó a la plaza, y prácticamente, en la confusión reinante, no se podía pretender su ocupación de una manera ordenada y dirigida. Tal vez las obras más retrasadas, situadas en el propio lindero de la ciudad, pudieran guarnecerse en el último repliegue, y no se debía perder la esperanza de que en ellas llegase a consolidarse la resistencia.

En cualquier caso, parecía frustrada la previsión del Mando Supremo de fortificar la periferia de Madrid, contribuyendo a ello la falta de conexión entre la dirección de las obras defensivas —a cargo de elementos civiles sin relación con el Mando Militar— y los comandantes de las diversas columnas. Las tropas y sus jefes desconocían la localización de las avanzadas, que ya se habían terminado, y en su repliegue pasaron junto a ellas sin ocuparlas.

Es notoriamente exagerada la referencia de la Enciclopedia Espasa (Suplemento 1936–39), cuando dice que «la capital de España se había convertido en un inmenso reducto con su foso natural…» y en cuyas barricadas «cada casa era un fortín». Esto pudo tener visos de verdad durante el curso de la batalla, en algunos sectores, por imperativos del vigor del ataque y la tenacidad de la resistencia, y por el intenso esfuerzo que, día y noche, realizaron las unidades destinadas a esos trabajos, pero distaba mucho de ser cierto en el momento de iniciarse el ataque.

En otro orden de ideas, y sólo como ironía, se puede admitir lo que en diversos textos se ha dicho de que el Gobierno tenía montado un plan de defensa a base del empleo de 50 000 voluntarios internacionales. Si aquel plan existió lo guardaría algún turista en su cartera para mostrárselo a nuestros adversarios. En cuanto a los 50 000 combatientes internacionales no los vimos jamás en Madrid ni fuera de Madrid. De los efectivos que llegaron a la plaza para cooperar en la defensa trataremos en el momento oportuno.

El mantenimiento del Sistema de Fuerzas de la defensa estaba prácticamente asegurado por los propios organismos que desde la capital habían venido abasteciendo los frentes hasta entonces. Y aunque muchos de sus elementos directivos se desplazaron a Valencia con el Gobierno, la maquinaria o mecanismo de abastecimientos de todo orden quedaba montado en Madrid.


General Vicente Rojo
"Así fué la defensa de Madrid"
Capítulo  II - Planteamiento de la Batalla (1)
Asociación de Libreros de Lance de Madrid, 2006













1142. A mi abuelo, Fabián Valencia Lerga.

Sabemos que el silencio absuelve a los verdugos. Los nietos de aquella generación que fue víctima de una represión institucionalizada, no hemos querido aprender de nuestros padres los silencios, y aunque al igual que ellos el sufrimiento nos acompañe, queremos recordar.

Ha llegado a nuestras manos el relato de Olga, nieta de Fabián Valencia, asesinado en Tafalla hace 78 años, el 21 de octubre de 1936.

Cuarenta y un años despúes, ella misma sacó de la tierra donde habían sido arrojados, los restos de su abuelo. Las imágenes que acompañan a este texto hablan por si solas.

No, los nietos no olvidamos. Queremos saber la verdad, queremos Justicia y reparación del daño.

Nunca alcanzaremos un Estado realmente democrático mientras que no se reconozca y repare el daño, mientras no rescatemos los cuerpos que yacen en las todas las fosas y dignifiquemos la memoria de los represaliados, mientras no obtengamos una condena de las atrocidades del régimen de Franco, mientras que los franquistas sigan viviendo en la impunidad.



*


A mi abuelo.

Ese 12 de Octubre de 1936, unos días antes de ese fatídico 21 de Octubre en la «fiesta de la raza» en Salamanca, Millán Astray gritaba «muera la inteligencia» y «viva la muerte».  Fue la antesala de lo que iba y estaba sucediendo a la joven democracia Española a la que no dejaron desarrollarse por la mezquindad de los mediocres. 

Mi abuelo Fabián Valencia Lerga (21 Enero 1903), de profesión albañil lo sacaron de su casa y fue encarcelado en Julio del 36 sin ningún motivo, dejando a su mujer Claudia embarazada de 8 meses y a su hija Isabel de 2 años. Mi madre nació un 16 de Septiembre de 1936 y lo que primero pensó mi abuela Claudia fue llevar a su niña a la cárcel a que su padre la conociera. Le negaron la entrada porque iba con esa criaturita. Sin otro pensamiento en aquellos momentos tan duros y dolorosos, se fue a la parte trasera de la cárcel donde había un pinar y levantando el bultito hacia la cárcel esperaba que su marido fuera capaz de ver a su nueva hija. La doble desgracia es que mi madre jamás conoció a su padre ni tampoco su padre la conoció a ella.

Todo empezó un 18 de octubre cuando se celebraba el funeral del teniente Castiella del ejército sublevado y muerto en el frente. La homilía del sacerdote invitaba a sublevarse contra los presos con estas palabras “….estos honrados hijos del pueblo, defensores de la Patria y la Religión, están muriendo en el frente y los enemigos de la Patria y de la Iglesia siguen vivos”. Se organizó una manifestación amenazante hacia la cárcel donde querían sacar a los presos y quemarlos vivos. Entre los carlistas y falangistas de uniforme se sumaron los matones a sueldo. Frustrado el linchamiento, los carlistas en su mayoría se dirigieron a las autoridades para conseguir los permisos de fusilamiento aludiendo al clamor popular que así lo pedía.

Dos días más tarde comunicaron a los presos que les iban a trasladar a Burgos y que no se acostaran. La orden iba firmada por el General Solchaga. A las dos y media de la mañana del 21 de octubre un numeroso grupo de requetés de Pamplona llego a la cárcel y leyeron la lista de los que iban a ser “trasladados”. En total se contabilizaron 64 personas de los cuales 27 eran de Tafalla y entre ellos estaba mi abuelo Fabián (33 años). Llenaron dos autobuses de la Tafallesa y al ver que los autobuses se desviaban de Pamplona tomando dirección a Monreal algunos forcejearon. Cuando llegaron en el paraje llamado “la Tejeria” habían ya preparadas varias fosas. Los sacaron en grupos, atados con alambre por parejas, mientras varios curas daban la confesión (¡malditos todos!). Tras asesinarlos, un requeté supuestamente les daba el tiro de gracia tirándolos a continuación a las fosas. Acabada la matanza los cuerpos fueron cubiertos con una capa de cal y enterrados por los horrorizados vecinos, a quienes se les obligo a participar. Cuando se localizaron las fosas y se sacaron los huesos 41 años después, estos seguían impregnados de esa cal, y muy poquitas calaveras tenían ese tiro de gracia. Doy crédito de lo que vi pues ayude a sacar a mi abuelo. 

Hubo 502 fusilados en toda la Merindad y al menos 3.162 en todo Navarra un lugar donde no hubo nunca “frente de guerra” al triunfar el golpe desde el primer día, sin hablar de las viudas a las que se las hacia ingerir aceite de ricino y se las rapaban la cabeza. Mi abuela Claudia no sufrió esa humillación y todavía no sabemos por qué.

No quiero remover heridas pero tampoco quiero dejar mi pasado en el olvido. La “memoria histórica” molesta a los franquistas convertidos en demócratas. En Navarra esta derecha criminal sembró las cunetas de asesinados y lo peor es que nunca fueron juzgados por esos crímenes (entre otros el “Chato de Berbinzana”) y encima esos “demócratas” quieren que sigamos callados.  ¡Ya está bien!!!


Olga Uyarra.







1141. Así fué la defensa de Madrid. I - Encuadramiento del tema.

Situémonos en el momento crucial de la lucha, cuando Madrid se convierte en objetivo de guerra. Va a comenzar la batalla de Madrid, el hecho singular por excelencia del conflicto que me propongo estudiar.

Se había planteado ese objetivo como decisivo en la guerra española desde los primeros días del Alzamiento, cuando el Gobierno decidió hacer frente a la rebelión para intentar abatirla; la primera crisis favorable a los leales se produjo al lograr la redención, en las serranías al norte de la capital, de las columnas que venían a atacarla desde el norte; ahora iba a cristalizar otra crisis. Podía pensarse en la pérdida del objetivo por cuanto las fuerzas de las columnas marroquíes llegaban por el sur arrollando a las milicias hasta las puertas de la capital y ésta, como objetivo, cobraba su más alto significado en los órdenes estratégico y táctico, tanto nacional como internacional.

Han transcurrido tres meses y medio de lucha. Esta aún tiene significado miliciano. Se han hecho presentes en los dos bandos cooperaciones extrañas al ámbito español, y el mundo europeo, a través de un comité irónicamente titulado de No Intervención, pero integrado por los gobiernos que ven en la discordia sangrienta en que ha caído España la posibilidad de un «buen negocio» para sus intereses económicos o para sus ambiciones imperialistas, no duda en dar al problema proyecciones universales, comprometiéndolo con las ideologías que baten el mundo, explotando el hecho de que tales ideologías ya habían prendido en el suelo español.

Dejemos planteada clara y categóricamente esa verdad, no sólo para comprender cabalmente los sucesos que va a desarrollarse a lo largo de los cinco meses que durará la batalla, sino para que, después de conocido su desenvolvimiento, queden perfectamente claras estas otras dos verdades:

1.ª Que la Segunda Guerra Mundial, iniciada diplomáticamente en Munich seis meses antes de la terminación de la guerra española, y desencadenada militarmente cuatro meses después de ese final por las potencias responsables de la derrota del pueblo español, sería el testimonio contundente del crimen internacional cometido contra España; y 

2.ª Que fue precisamente en el curso de esta memorable batalla donde los hombres de España y del mundo quedaron divididos en dos tendencias inconciliables porque, a pesar de la victoria de Madrid aquel comité hizo posible que con los despojos del pueblo español quedaran enterrados los ideales universales y cristianos de libertad y justicia, abriendo el campo a la expansión mundial del totalitarismo.

Por las deformaciones que en ambos bandos se han hecho de la batalla de Madrid y por la aviesa explotación que algunos escritores han prestado al suceso en sus aspectos político, social y moral, considero que para mí es un deber, porque fui jefe de Estado Mayor de la Defensa, decir lo que sé de ese acontecimiento histórico. Es posible que les interese tenerlo en cuenta a quienes algún día aborden la empresa de escribir la verdadera historia de nuestra guerra.

Por ello he tratado de plantear el tema con amplitud y desarrollarlo tan completamente como me ha sido posible, abarcando todas sus manifestaciones. Ninguna debe omitirse porque en las causas profundas del suceso, en la conducta de los combatientes y en las consecuencias que tuvo su victoria se resume toda la grandeza de una obra militar y ciudadana, así como la justicia y la razón que asistía al pueblo español en aquella lucha suscitada por un acto de rebeldía contra el Gobierno; acto financiado y planteado por fuerzas e intereses públicos, económicos, ideológicos y sociales, y llevado a cabo por una parte de las Fuerzas Armadas. No cuadra al objeto de este libro analizar tal cuestión, pero sí estimo de interés dejarla precisada inicialmente, en los términos en que acabo de hacerlo.

El frente de guerra que separaba a los bandos beligerantes ya había quedado definido, aunque un tanto inconcretamente en algunos Teatros de Operaciones (TO), al terminar los meses del verano de 1936. Su trazo general era el representado en el croquis anexo (n° 1). Como núcleo aislado y envuelto por fuerza del gobierno solamente subsistía por entonces el del Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza, al este de Córdoba (Sierra Morena).

El TO del norte ya se hallaba totalmente aislado del resto de la España leal. El saliente de Málaga, en el TO del sur, aún estaba por entonces (al empezar la batalla de Madrid) en poder del Gobierno; y en el sinuoso trazado con que se mostraba el resto del frente, presentaba, como particularidades, el gran bolsón de Teruel, que amenazaba la costa levantina, y el de Ciudad Real, de sentido inverso, adversario, enlazaban, pasando por Extremadura, la región de Castilla la Vieja con Andalucía. En ese cuadro de conjunto y mientras permanecían todos los frentes de lucha en tensión hostil se desarrollarían las operaciones para la conquista y defensa de la capital desde los primeros días de noviembre de 1936 hasta los últimos de marzo de 1937.

Así queda encuadrada militarmente la batalla de Madrid en el marco general de la guerra; pero antes de abordarla, y en razón de los complejos caracteres que va a tener su desarrollo, la comprensión correcta del suceso obliga a hacer otro encuadramiento; el que le corresponde como problema nacional y humano.

Recordemos, para ello, que a la batalla de Madrid se llega después de tres meses y medio de una crisis nacional de significado más que revolucionario, caótico, en la que el Estado había quedado fundamentalmente derrumbado en la totalidad de su estructura orgánica y espiritual, desde las raíces de sus soportes políticos y sociales hasta la cumbre de las ideas. La savia que de éstas podía fluir, envenenada por sectarismos extremistas, había podrido el árbol y de la sociedad destruida solamente quedaba en pie, envuelto en la turbia polvareda del hundimiento, el hombre: unos hombres desconcertados e indefensos y, los menos, contaminados del virus de una revolución que venía germinando largo tiempo en la masa social, desde las crisis monárquicas del siglo XIX y, más agudamente, durante el siglo XX. En el tiempo que precede a la época de este estudio los desmanes sociales se habían multiplicado.

El panorama era el mismo en toda España. El caos todavía estaba dando por entonces (noviembre) sus últimos coletazos; pero aún no se había terminado, y aquellos hombres seguían sin luz para orientarse hacia una meta que se mantenía oculta en la nebulosa de las pasiones, sin asideros firmes para resistir los vientos huracanados de esas mismas pasiones y poder verse libres de la suciedad que, como residuos de un naufragio, aún seguía a flote.

En las horas difíciles, cuando todo se derrumba en torno nuestro, si la voluntad no se ha abatido, el hombre encuentra en su fe el más firme punto de apoyo, y en su propia conciencia la luz que alumbra su camino. Quizá tenga que caminar sobre escombros, sorteando el lodazal, aventando la inmundicia, pero se puede avanzar y se avanza hacia una meta clara y por una vía justa. El hombre sólo se deja dominar por la vorágine o arrastrar por el temor cuando su deber se le aparece confuso, indeterminado, o es convencionalmente entendido. Pero llegado el punto crítico en el que la lucha nos anuncia la muerte implacable de lo que nacional y humanamente es más querido: el patrimonio y la libertad, la confusión y los convencionalismos se esfuman y el hombre reaparece en toda su grandeza; con esa grandeza espiritual con la que Dios quiso dotar tanto a los seres humildes y sencillos como a los doctos y sabios.

Ese fenómeno o crisis se produjo en los hombres que tomaron parte en la batalla de Madrid. Es prematuro, y no es correcto, discurrir sobre ellos a priori. Ha de ser el lector quien haga la interpretación que le dicte su conciencia, después de conocer las circunstancias del desarrollo del suceso. Por eso, las breves consideraciones que acabo de hacer no han tenido otro objeto que realizar esa sobresaliente particularidad, para que los hechos sean más comprensibles y fijar el tono del ambiente social en que comenzaba a librarse la batalla de Madrid. Las palabras de Bruto, pronunciadas en el Senado romano dos mil años antes, iban a cobrar todo su valor:

Perder la libertad es de bestias; dejar que nos la quiten, de cobardes.

Quien por vivir queda esclavo, no sabe que la esclavitud no merece nombre de vida, y se deja morir de miedo a dejarse matar.

Para terminar con el encuadramiento del tema que estoy haciendo, solamente añadiré que la dirección de la guerra y de las operaciones estaba en manos del jefe de Gobierno, auxiliado por un Estado Mayor manejado, a la sazón, por el general Asensio, quien desempeñaba la función de subsecretario de Guerra.

El primer Gobierno presidido por el Sr. Largo Caballero, que remplazó al del Sr. Giral en los primeros días de septiembre, fue ampliado a fines de octubre para dar cabida a mayor número de organismos políticos y sindicales, estando constituido en la época del suceso que examinamos del siguiente modo:

Presidencia y Guerra: Largo Caballero; Estado (Relaciones Exteriores): Sr. Álvarez del Vayo; Marina y Aire: Sr. Prieto; Gobernación: Sr. Galarza; Hacienda: Sr. Negrín; Instrucción Pública: Sr. Hernández; Industria: Sr. Peiró; Comercio: Sr. López; Obras Públicas: Sr. Just; Justicia: Sr. García Oliver; Agricultura: Sr. Uribe; Comunicaciones: Sr. Giner de los Ríos; Trabajo: Sr. de Gracia; Sanidad: Sra. Montseny; Propaganda y Prensa: Sr. Esplá; Ministros sin Cartera: Sr. Giral, Sr. Ayguadé, Sr. Irujo.

La presidencia de la República la ejercía don Manuel Azaña, quien tenía como jefe de la Casa Militar al general don Carlos Masquelet. Eran presidentes del poder legislativo don Diego Martínez Barrio; del Tribunal Supremo don Mariano Gómez; del Gobierno autónomo de Cataluña el Sr. Companys y del Gobierno autónomo de Euskadi el Sr. Aguirre.


General Vicente Rojo
"Así fué la defensa de Madrid"
Capítulo I - Encuadramiento del tema.
Asociación de Libreros de Lance de Madrid, 2006
















1140. Al pueblo de Madrid.

El Comisario general de la Guerra y ministro de Estado señor Alvarez del Vayo, lanza un llamamiento al pueblo de Madrid. He aquí sus brillantes párrafos:

Defender Madrid: He ahí la suprema consigna.

Que cada obrero, cada hombre libre de Madrid, cada mujer, se da cuenta de que puesta la capital de la revolución y la República a la temperatura a que debía estar ya en estos instantes decisivos, la victoria es cierta. Pero solo mediante el esfuerzo máximo de cada uno y de todos.

Madrid no se defiende gritando en el frente, ya tan próximo: "¡que nos han copado!", "¡que se nos lleva al matadero!", ni pidiendo más de lo que de momento pueda ofrecerse como material de combate. Sí desahogando el ímpetu revolucionario en una crítica negativa y estéril. Control severísimo de mandos, compenetración entre los mandos leales y la masa combatiente, extirpación inexorable de la traición, venga de arriba o de abajo, de las masas nunca; pero sí de fascistas emboscados o de dementes irresponsables, entremezclados en las filas. Cuanta más persistencia en la vigilancia,  mejor. A eso y al afán salvador de restablecer en todos la decisión de vencer, responde justamente la creación del Instituto de Comisarios políticos, encomendada al nuevo Comisariado general de la guerra. El comisario político, pletórico de vida y de eficacia en "Los marinos del Cronstadt", cuya exhibición en Madrid resume la exigencia más apremiante de la hora, pero que sin esos formidables marineros, decididos a abrirse camino contra el mar y contra todos, quedaría reducido a una figura aislada e inservible.

Madrid se defiende colocándose cada uno al nivel de aquella jornada inolvidable que glorificó revolucionariamente a nuestro Madrid en el asalto al cuartel de la Montaña.

Madrid se defiende comenzando a mirar cara a cara la verdad, en clara conciencia de que por tomar Madrid y por vengarse de que no se sumara desde el primer día a la rebelión, los generales facciosos no ahorrarán esfuerzo ni brutalidad alguna.

Madrid, en una palabra, no se defiende desde la calle del Carmen, ni diciendo irresponsablemente: "¡El día que vengan, ya verán cual va a ser la reacción de nuestro pueblo!" Madrid se defiende en el frente, pasando a la ofensiva victoriosa, y a la vez estando cada uno con el músculo tenso y el ánimo igual, cual si el enemigo estuviese ya en los arrabales.

Es cuestión de horas, cada obrero, cada hombre libre de Madrid, en un empuje de voluntad, debe saber salvar la vida mejor en la trinchera que junto al paredón de la ignominia de los fusilados por no haberse sabido batir a tiempo. 

¡A defender Madrid, y entonces si que no hay quien lo tome!


Edición de la mañana, página 13.

1139. Carta de Lazaro Cárdenas a Julio Alvarez del Vayo.

El Presidente Lázaro Cárdenas con los Niños de Morelia en Palacio Nacional (Ciudad de México)





El 19 de octubre de 1970 fallecía Lázaro Cardenas del Río, Presidente México de 1934 a 1940, el hombre que ayudó tanto al exilio republicano español. Hoy le recordamos con una de las cartas que envió a Julio Álvarez del Vayo el 3 de abril de 1939.



*



Sr. Don Julio Álvarez del Vayo, París.

Mi estimado y distinguido amigo: El señor licenciado Bassols, nuestro ministro en Francia, puso en mis manos su carta del 16 de marzo, de la que me enteré con vivo interés y tanto por su contenido como por la serie de detalles que me ha referido el señor licenciado Bassols, confirmo las causas que vinieron precipitando los acontecimientos de España. Hemos apreciado en su valor la participación leal y decidida que usted y el señor Negrín desarrollaron con verdadero sentido de responsabilidad hasta el último momento, en defensa de la causa republicana y consideramos que estuvo fuera de las posibilidades de ustedes mismos lograr los resultados que perseguían, encontrándose como estaban frente a fuerzas extrañas que contaron con el poderoso auxiliar de una actitud indiferente o de complicidad de países que por respeto al derecho y a la soberanía de los pueblos y en defensa propia, pusieron haber evitado. Hoy tendrán las democracias que enfrentarse con fuerzas que aquellos países ayudaron a acrecentar con su pasividad en los casos de España, Checoslovaquia y Abisinia. Sin embargo las recriminaciones de todos estos pueblos tendrán que realizarse en más o menos tiempo, pero llegarán.

El señor licenciado Bassols lleva instrucciones para los españoles que desean venir a convivir con el pueblo mexicano, modesto en sus recursos pero lleno de emoción y de simpatía para nuestros hermanos que se ven obligados a alejarse temporalmente de su patria.

Me satisface su propósito de venir a México, tendré positivo gusto de verle entre nosotros. Y si el señor Negrín acepta alojarse aquí, lo recibiremos también con afecto.

Lo abraza su amigo.

Lázaro Cárdenas
México. D. F., 3 de abril de 1939


El 1 de Julio de 1940 el presidente Lázaro Cárdenas, ordenó a Luis I. Rodríguez, ministro plenipotenciario de México en Francia, que con carácter urgente manifestara al gobierno francés que México estaba dispuesto a acoger a todos los refugiados españoles de ambos sexos residentes en Francia. "Diga usted  que este gobierno está tomando medidas conducentes para llevar a la práctica esta resolución en el menor tiempo posible. Si el gobierno francés acepta en principio nuestra idea, expresará usted que desde el momento de su aceptación todos los refugiados españoles quedarán bajo protección del pabellón mexicano. Asímismo, gobierno francés sugiera usted la forma práctica para realizar estos propósitos en la inteligencia de que en atención a las circunstancias nos dirigimos a los gobiernos alemán e italiano comunicándoles nuestro deseo."

1138. Don Santiago Ramón y Cajal, in memoriam.

Santiago Ramón y Cajal 
(Petilla de Aragón, Navarra, 1 de mayo de 1852-Madrid, 17 de octubre de 1934) 





María Torres - 17 Octubre 2014

Sobre la mesilla noche, junto a la cama del histólogo español, premio nobel de Fisiología y Medicina en 1906, se encontraba un calendario abierto por la fecha del día: 17 de octubre de 1934. Su hija Fé Ramón Fañanas tomó una pluma entre sus dedos y escribió: "Este día, a las once menos cuarto de la noche, murió mi padre".

Su padre era Don Santiago Ramón y Cajal, el descubridor de la individualidad de las neuronas -a las que denominaba "esas mariposas del alma"-, el científico  que reconocía la importancia de “saber ver” en lo pequeño: “¡qué de cuestiones de alta humanidad laten en el misterioso protoplasma del más humilde microbio!”. Un hombre íntegro y honesto que pagó de su bolsillo su primer equipo de investigación y que cuando fue nombrado director del Laboratorio de Investigaciones Tecnológicas con un sueldo anual de diez mil pesetas,  pidió que le rebajaran a seis mil; rechazó ser Ministro de Salud e Instrucción Pública porque “Ante mis compañeros de profesión, y, sobre todo, a los ojos de los políticos de oficio, iba yo a resultar, no un hombre de buena voluntad vencido por las circunstancias, sino un vulgar ambicioso más. Y esto repugnaba a mi conciencia de ciudadano y de patriota”, pero aceptó el nombramiento de senador vitalicio propuesto por Canalejas porque el cargo no tenía asignación económica;  se negó a que su hijo Jorge, también investigador, fuese a Italia becado por la Junta de Ampliación de Estudios que él presidió desde 1907 hasta su muerte en 1934.

Pionero del culturismo en España, el joven estudiante de medicina nacido en Petilla de Aragón en 1852, hijo de un médico rural, se entrenaba a conciencia en gimnasios de Zaragoza, llegando a describirse a sí mismo como: “ancho de espaldas, con pectorales monstruosos, mi circunferencia torácica excedía de los 112 centímetros, y al andar mostraba esa inelegancia y contorneo rítmico característico de los forzudos o Hércules de Feria”. Posiblemente esta fortaleza adquirida a golpe de pesas fue lo que le hizo resistir la guerra de Cuba y el paludismo grave y la disentería que contrajo en esa contienda de la que podría haberse librado si no se hubiera negado a pedir la excedencia como médico militar.

Amante de la literatura y del oficio de escritor, fue nombrado académico de la Real Academia de la Lengua Española, aunque no llegó a pronunciar su discurso de entrada. Obtuvo el reconocimiento de Pérez de Ayala, Pardo Bazán, Unamuno, Azorín, Ortega y Marañón. Su predilección la encabezaba Leopoldo Alas Clarín, Benito Pérez Galdós -por el que luchó para conseguir su candidatura al Premio Nobel de Literatura- y Emilia Pardo Bazán, a la que apoyó en su fracasado intento de ingreso en la Real Academia de la Lengua.

En Mayo de 1922 Cajal señalaba: «Se ha dicho hartas veces que el problema de España es un problema de cultura. Urge, en efecto, si queremos incorporarnos a los pueblos civilizados, cultivar intensamente los yermos de nuestra tierra y de nuestro cerebro, salvando para la posteridad y enaltecimiento patrios todos los ríos que se pierden en el mar y todos los talentos que se pierden en la ignorancia». Siempre fue consciente de la importancia crucial del papel de la investigación científica en el desarrollo cultural de la sociedad.

Admirador de Ortega y Gasset: “el exquisito escritor y pensador Ortega y Gasset, quien propone, como condición esencial de la ascensión cultural y ética de España, la plena conciencia de nuestra miseria espiritual y de nuestra corrupción política y administrativa”.  Admirador también del krausismo de la Institución Libre de Enseñanza especialmente en la figura de Giner de los Ríos y admirador de Joaquín Costa, se sumó a su programa regeneracionista y liberal, que defendía la separación de la Iglesia y el Estado, así como la independencia del Poder Judicial.

Don Santiago que tuvo tiempo de conocer a lo largo de su vida varios reinados, dos repúblicas y decenas de gobiernos de todos los signos, se manifestaba agnóstico,  republicano y progresista. Apoyó al gobierno republicano de Castelar y mostró también sin vacilar su apoyo a la Agrupación al Servicio de la República, el proyecto de José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala a principios de 1931, pero no quisó firmar el manifiesto contra Alfonso XII. Esto no impidió que por acuerdo ministerial de 15 de abril de 1933, le fuera concedida la condecoración de más alta categoría de la Orden creada por la II República: La Banda de la Orden de la República.

Falleció antes del golpe de Estado de 1936 y la posterior Guerra. Según palabras de su nieto, de haber sido posible, Don Santiago hubiera combatido con la República.

“Soy, y ése es mi orgullo, español; español que cifra su amor en España”. El sentimiento patriótico de Ramón y Cajal no tenía límites, y ofreció en múltiples ocasiones ejemplo de absoluta fidelidad al mismo. Aceptó pronunciar una conferencia en la Universidad americana de Clarke a condición de que la bandera española ondeara y presidiera el acto en un sitio de honor.  Aceptó el nombramiento como director del Instituto Nacional de Higiene Alfonso XIII, ante la amenaza de que la peste que ya había llegado a Portugal pudiera invadir España, argumentando que “en tales circunstancias parecióme pusilanimidad antipatriótica declinar un cargo que me imponía graves responsabilidades, y celo y actividad perseverantes”.  Decía que “la patria está formada por los que han sufrido juntos, porque el dolor común une más que la alegría”. No le importaba reconocer los errores y las vergüenzas de su patria, ya que según su criterio esa era la única forma de poder cambiar la situación.

Mantuvo tolerancia cero la corrupción: “¡Oh nuestros inveterados abusos administrativos, y cuán caros los ha pagado la pobre España, siempre esquilmada, siempre sangrante y siempre perdonando y olvidando!” Y exclamaba: “¡Cuán desconsolador para un corazón de patriota es, después de cuarenta y nueve años, reconocer que todavía buena parte de nuestros militares, empleados y hasta próceres políticos siguen entregados al saqueo del Estado! Y es que para muchos españoles el Estado es pura entelequia, vacuo ente de razón. Estafarle equivale a no estafar a nadie. ¡Singular paradoja creer que no se roba a nadie cuando se roba a todos!..."

Otra gran inquietud de Ramón y Cajal eran los intentos de separación y de ruptura de la unidad española por parte de de vascos y catalanes: “No es que me asusten los cambios de régimen, por radicales que sean, pero me es imposible transigir con sentimientos  que desembocarán andando el tiempo, si Dios no hace un milagro, en la desintegración de la patria y en la repartición del territorio nacional. Semejante movimiento centrífugo, en momentos en que todas las naciones se recogen en sí mismas unificando vigorosamente sus regiones y creando poderes personales omnipotentes, me parece simplemente suicida. En este respecto, acaso me he mostrado excesivamente apasionado. Sírvame de excusa la viveza de mis convicciones españolistas, que no veo suficientemente compartidas ni por las sectas políticas más avanzadas, ni por los afiliados más vehementes a los partidos históricos”.

En su libro "El Mundo a los Ochenta Años. Parte II", editado en 1934, el Premio Nobel de Medicina escribe sobre esta cuestión el siguiente artículo que hemos querido recoger íntegramente:


"No me explico esta desafección a España de vascos y catalanes"

"Deprime y entristece el ánimo, el considerar la ingratitud de los vascos, cuya gran mayoría desea separarse de la Patria común. Hasta en la noble Navarra existe un partido separatista o nacionalista, robusto y bien organizado, junto con el Tradicionalista que enarbola todavía la vieja bandera de Dios, Patria y Rey.

En la Facultad de Medicina de Barcelona, todos los profesores, menos dos, son catalanes nacionalistas; por donde se explica la emigración de catedráticos y de estudiantes, que no llega hoy, según mis informes, al tercio de los matriculados en años anteriores. Casi todos los maestros dan la enseñanza en catalán con acuerdo y consejo tácitos del consabido Patronato, empeñado en catalanizar a todo trance una institución costeada por el Estado.

A guisa de explicaciones del desvío actual de las regiones periféricas, se han imaginado varias hipótesis, algunas con ínfulas filosóficas. No nos hagamos ilusiones. La causa real carece de idealidad y es puramente económica. El movimiento desintegrador surgió en 1900, y tuvo por causa principal, aunque no exclusiva, con relación a Cataluña, la pérdida irreparable del espléndido mercado colonial. En cuanto a los vascos, proceden por imitación gregaria. Resignémonos los idealistas impenitentes a soslayar raíces raciales o incompatibilidades ideológicas profundas, para contraernos a motivos prosaicos y circunstanciales.

¡Pobre Madrid, la supuesta aborrecida sede del imperialismo castellano! ¡Y pobre Castilla, la eterna abandonada por reyes y gobiernos! Ella, despojada primeramente de sus libertades, bajo el odioso despotismo de Carlos V, ayudado por los vascos, sufre ahora la amargura de ver cómo las provincias más vivas, mimadas y privilegiadas por el Estado, le echan en cara su centralismo avasallador.

No me explico este desafecto a España de Cataluña y Vasconia. Si recordaran la Historia y juzgaran imparcialmente a los castellanos, caerían en la cuenta de que su despego carece de fundamento moral, ni cabe explicarlo por móviles utilitarios. A este respecto, la amnesia de los vizcaitarras es algo incomprensible. Los cacareados Fueros, cuyo fundamento histórico es harto problemático, fueron ratificados por Carlos V en pago de la ayuda que le habían prestado los vizcaínos en Villalar, ¡estrangulando las libertades castellanas! ¡Cuánta ingratitud tendenciosa alberga el alma primitiva y sugestionable de los secuaces del vacuo y jactancioso Sabino Arana y del descomedido hermano que lo representa!

La lista interminable de subvenciones generosamente otorgadas a las provincias vascas constituye algo indignante. Las cifras globales son aterradoras. Y todo para congraciarse con una raza (sic) que corresponde a la magnanimidad castellana (los despreciables «maketos») con la más negra ingratitud.

A pesar de todo lo dicho, esperamos que en las regiones favorecidas por los Estatutos, prevalezca el buen sentido, sin llegar a situaciones de violencia y desmembraciones fatales para todos. Estamos convencidos de la sensatez catalana, aunque no se nos oculte que en los pueblos envenenados sistemáticamente durante más de tres decenios por la pasión o prejuicios seculares, son difíciles las actitudes ecuánimes y serenas.

No soy adversario, en principio, de la concesión de privilegios regionales, pero a condición de que no rocen en lo más mínimo el sagrado principio de la Unidad Nacional. Sean autónomas las regiones, mas sin comprometer la Hacienda del Estado. Sufráguese el costo de los servicios cedidos, sin menoscabo de un excedente razonable para los inexcusables gastos de soberanía.

La sinceridad me obliga a confesar que este movimiento centrífugo es peligroso, más que en sí mismo, en relación con la especial psicología de los pueblos hispanos. Preciso es recordar –así lo proclama toda nuestra Historia– que somos incoherentes, indisciplinados, apasionadamente localistas, amén de tornadizos e imprevisores. El todo o nada es nuestra divisa. Nos falta el culto de la Patria Grande. Si España estuviera poblada de franceses e italianos, alemanes o británicos, mis alarmas por el futuro de España se disiparían. Porque estos pueblos sensatos saben sacrificar sus pequeñas querellas de campanario en aras de la concordia y del provecho común".


Finalizó la Guerra y se inició la larga noche del franquismo que silenció su figura hasta 1945. Es a partir de ese año cuando la propaganda del régimen inicia la exaltación de Ramón y Cajal como medio de transmisión del ideario moral franquista, convirtiéndole en un mito político. La tierra de cultivo del mismo fue el patriotismo del que Cajal hizo gala durante toda su vida y que era considerado uno de los valores de la "Nueva España". Se manipuló su biografía y se celebró el centenario de su nacimiento como fiesta nacional: "El universal prestigio de don Santiago Ramón y Cajal y el empeño fervoroso que en todos los momentos de su vida procuró la dignidad y la grandeza de su patria exigen celebrar el primer centenario de su nacimiento de manera proporcionada a la importancia de su obra científica y a la calidad de su servicio a la cultura  española" (Decreto de 7 de diciembre de 1951). Por orden de 8 de agosto de 1952 Ramón y Cajal se convirtió en materia obligatoria en la Escuela franquista y algunos de sus libros, los que pasaron el tamiz de la censura, volvieron a recibir la luz.

Don Santiago Ramón y Cajal dijo aquello de "Este país no tiene arreglo", pero siempre confió que en la vida todo tenía remedio, e insistió en que nuestros mayores enemigos éramos nosotros mismos.

¿Será cierto?