22 de mayo de 2013

Víctimas de San Cristobal, in memoriam.



 
 
22 De Mayo (Barricada):

Que ha pasado para que el barro guarde tus pasos antes de salir
Quizás el hambre fue la culpable de querer escapar subiendo hasta el cielo
Sin más instrumento que tu propio cuerpo encadenado a los huesos
Y al montón de piojos
Que guarda este infierno donde se queman todos los sueños
Y sin esperanza se arde
Que ha pasado para que el barro guarde tus pasos antes de salir
Hacinamiento, trato inhumano, sólo el deseo de sobrevivir
Y salir corriendo para abrazar a la libertad que está esperando tras la puerta
Fecha para no olvidar (22 de mayo), fue la fuga del penal (22 de mayo)
Ezkaba todavía es (22 de mayo) la rabia allí enterrada (22 de mayo)

Buen momento es la hora de la cena cuando pasan el caldero los centinelas
Hacerse con las llaves de las cancelas y en media hora ¡ya están fuera!
Va oscureciendo, llegan las fuerzas con potentes reflectores y cortando carreteras
No hubo lucha, ni resistencia, de cadáveres descalzos sembraron las laderas
A doscientos siete les costó la vida, sólo tres pasaron la frontera
En el diario oficial una nota escueta fue su triste réquiem
Fecha para no olvidar (22 de mayo), fue la fuga del penal (22 de mayo)
Ezkaba todavía es (22 de mayo) la rabia allí enterrada (22 de mayo).


 






21 de mayo de 2013

664. Trece días de odisea desde el infierno hasta la libertad.



Jovino Fernández González, el berciano que consiguió alcanzar
Francia tras la masiva fuga de la cruel prisión de San Cristóbal
(Navarra) el 22 de mayo de 1938

D. Martínez / Ponferrada
 
El 22 de mayo de 1938, un total de 798 reclusos participaban en una fuga masiva del penal de castigo de las fuerzas franquistas de San Cristóbal, en Pamplona. Muchos morirían en la huida. Otros eran cazados y reintegrados a este fuerte militar. Sólo tres de ellos consiguieron alcanzar la frontera francesa y encontrar lo que entenderían por libertad. Uno de los tres era berciano.
 
Con la ayuda de familiares e investigadores, La Crónica recupera la desconocida historia de Jovino Fernández González, un joven minero, albañil y posteriormente militar de Santa Marina del Sil, con afiliación sindical a la CNT, enrolado en el ejército republicano y encarcelado en el penal de San Cristóbal el 23 de octubre de 1937.
 
Casi ocho meses después de ese ingreso se convertiría en un Ulises en los Pirineos, cuya vida fue salpicada por duros episodios.
 
Tras perder los republicanos la guerra, rehizo su vida como refugiado en Francia añorando siempre poder regresar a su querido Bierzo. Algo que sólo consiguió décadas después, muerto el dictador Francisco Franco.
 
 
De Santa Marina...
 
Como tantos otros muchachos de todos los pueblos del entorno, Jovino trabajó desde muy joven en las minas de Toreno hasta que se le destinó a San Sebastián a prestar el servicio militar. Tras esta etapa decidió quedarse en Santander y unirse a la Confederación Nacional de Trabajadores (CNT) en 1932. En 1934, una falsa denuncia lo vincula a los movimientos obreros revolucionarios y Jovino cumpliría unos meses de cárcel en León y Oviedo.
 
Sin embargo, la victoria del Frente Popular las elecciones de febrero de 1936 supuso la amnistía para todos los presos políticos y Jovino pudo beneficiarse de tal decreto.
 
 
... a San Cristóbal
 
El golpe militar del 18 de julio de 1936 le sorprendió en Asturias. Allí decidió unirse al Ejército Regular republicano, donde formó parte del Segundo Cuerpo, 12º Brigada Mixta, batallón 212 y llegó a ser sargento de Enlaces y Transmisiones.
 
El bando nacional lo cogió prisionero en la defensa de Reinosa (Cantabria). Fue condenado a pena de muerte, que posteriormente le conmutarían por reclusión mayor: 30 años de prisión que lo llevarían al penal navarro de San Cristóbal.
 
Allí ingresó el 23 de octubre de 1937. Tal y cómo él mismo relató tiempo después en el periódico de la CNT Solidaridad Obrera, “los civiles me entregaron al jefe del penal del Fuerte de San Cristóbal como si se tratase de un fardo. Sin ropa, sin colchoneta, sin nada, con mis pobres harapos de prisionero me metieron en la brigada del patio”.
 
Los testimonios de los presos sobre las condiciones de vida en San Cristóbal son desgarradores.
 
El propio Jovino contó que “la comida era horrible, un día en la ración de potaje para cuarenta hombres pudimos contar hasta setenta garbanzos”. “El que enfermaba o tal vez le hacían enfermar no tenía médico, ni medicinas ni enfermería, moría como podía”.
 
Otros testimonios (cita recogida en el libro "Fuerte de San Cristóbal, 1938")hablan de que “había grandes desconchones con nidos tremendos de chinches”, tal y como citaba el madrileño Ernesto Carratalá. “No nos daban más que un litro de agua para todo el día y con eso teníamos que lavarnos la cara, el plato, la cuchara”, recordaba Josu Urresti, de Ondarroa. “Allí sólo te permitían tener piojos”.
 
“Para lavar la ropa había un lavadero lleno de piojos y agua sucia”. “No teníamos ropa, las zapatillas las hacíamos nosotros con una goma y telas de las colchonetas”, testimonio que ofreció para el citado libro el leonés Luis Félix Álvarez, de Armunia.
 
La fuga.
 
Jovino llevaba ya 7 meses y 29 días en el pétreo infierno de San Cristóbal. Jornadas llenas de penuria, hacinamiento, insalubridad, frío extremo, humedad, hambre, maltratos y humillaciones.
 
Corría el domingo 22 de mayo de 1938. El plan de fuga había comenzado hace meses. Un grupo de presos, buena parte de ellos juzgados en Vitoria, con Leopoldo Pico Pérez a la cabeza, trabajaron recopilando información sobre los planos del fuerte. En buena parte gracias a los reclusos que desempeñaban servicios en el penal. Elaboraron una minuciosa estrategia para desarmar a los guardas y hacerse con el control de la fortificación.
 
Unos cuantos presos sabrían de antemano que se planeaba una huida. Pero muy pocos de ellos conocerían los detalles de la operación. Eligieron la hora de la cena. Era un buen momento para aprovechar que los vigilantes bajaban la guardia y beneficiarse de la constante apertura de puertas.
 
Los organizadores de la fuga irían a través de los pasillos desarmando, encerrando y anulando a guardias, funcionarios y centinelas uno a uno, apoderándose de alguno de sus uniformes para continuar su plan con discreción. Mataron a uno de ellos.
 
Las entrañas del plan merecerían un extenso capítulo aparte. Si bien trabajos como el anteriormente mencionado libro, obra de Iñaki Alforja y Félix Sierra, recogen con gran precisión una reconstrucción de lo ocurrido.
 
Jovino se encontraba al margen del plan. “Al atardecer paseábamos por el patio. Se me acercó un ordenanza del Economato y me dijo en tono misterioso, hay jaleo, hay que tener cuidado”, relató a Solidaridad Obrera.
 
 
¡A la calle camaradas, sois libres!
 
Sonaron tiros, eran momentos de confusión y miedo. Retumbaban puertas y chirriaban cerrojos. Entraron compañeros en el patio portando fusiles con la ropa de los oficiales de la prisión. Alguien gritó ¡A la calle camaradas, sois libres!
 
Todo el mundo corría, muchos de ellos sin saber muy bien que hacer. Se apoyaban y preguntaban a los amigos y conocidos. Había una posibilidad de escapar del infierno. Finalmente fueron 795 los que se aventuraron a la evasión, en busca de una libertad y una dignidad negada desde hacía demasiado tiempo.
 
Confusos, temerosos, débiles, cansados, enfermos, hambrientos, desarmados, mal vestidos y mal calzados, salieron en columna, cómo pudieron, buscaron senderos, se escondieron en los montes e intentaban avanzar en la dirección opuesta al infierno.
 
Para la mayoría de ellos la aventura no duró mucho. En cuanto le fue posible, el ejército cortó puentes y carreteras. Enseguida se conformó un gran despliegue para capturar los fugados, que en su huida escuchaban los aterradores estruendos de las ametralladoras a discreción. Se percibía la falta de compasión allí donde los guardias encontraban a un fugitivo.
 
Hay descuadres con los números, pero las cifras oficiales hablan de que 207 presos murieron en la huida. Otros 585 fueron capturados y reintegrados al fuerte con duros castigos. Tres llegaron a la frontera francesa. Valentín Lorenzo Bajo (Villar del Ciervo, Salamanca),José Marinero Sanz (Dehesa Mayor, Segovia) y el berciano Jovino Fernández González.
 
Valentín y José estaban en el mismo grupo en la escapada y pudieron hacer juntos su travesía.
 
Jovino se quedó solo muy pronto. “Iba con un grupo primero de 20 compañeros. A los dos días quedábamos tres y más tarde quedé yo solo”. Jovino nunca supo, según expresó, ni los detalles del plan de huida, ni cómo se consiguió desarmar a los guardianes del fuerte.
 
Pero estaba fuera, parecía haber esquivado a los perseguidores y quería aprovechar las pocas fuerzas que le quedaban para seguir adelante.
 
Según contó en su relato a Solidaridad Obrera y tal y cómo relataría a su familia sus recuerdos muchos años después, fueron 13 días de un auténtico periplo de angustia y miedo, pero también de tesón y esperanza.
 
 
Travesía en el monte.
 
“Comía hojas y hierbas, las que creía que pudieran serme buenas”. Iban pasando las jornadas. Jovino avanzaba de noche y se escondía por el día, pero los perseguidores seguían al acecho. Aún no habían recuperado a todos los fugados.
 
“Cada día me libraba, por verdadero milagro, de que me atrapasen”. Uno de los episodios más angustiosos que contaba Jovino fue cuando, ante el aliento cercano de sus perseguidores, se metió en un río. Nunca supo cual. Allí permaneció más de dos horas, mientras escuchaba a la patrulla gritar: “aquí se ha metido, y aquí lo hemos de encontrar”.
 
Los perros acudieron donde Jovino se encontraba, dentro del agua, ante los crujidos de una rama en la que se escondía y que se rompió. Contaba que llegó a extender su mano hacia el hocico de los canes en un intento desesperado de calmarlos para evitar que le delataran o le atacaran. Y lo consiguió. Los perros volvieron con la patrulla y le dejaron estar.
 
Fueron 13 días y 13 noches, cada cual peor, casi sin comida, sólo lo poco que podía encontrar, sin ropas, sin descansoy sin fuerzas.
 
En la última jornada de travesía se encontró con un pastor. Lo recordaba con barba y melena. Éste enseguida se dio cuenta de que Jovino era un fugitivo  Cristóbal. Aunque manipuladas, las noticias volaban.
 
Se ofreció a ayudarle, a traerle alimento al día siguiente. Pero en un primer momento, las fuerzas de Jovino sólo le llegaban para desconfiar. Finalmente se sinceró con el pastor y e escondió en otro lado a esperar. Y al día siguiente lo vio llegar con una cesta de comida. “Mira, allí es Francia, vas por esas cumbres y llegarás”.
 
 
Francia, ¿la libertad?
 
Faltaba muy poco. Echó a correr hacia las montañas, durante horas, hasta que llegó a un pequeño pueblo, ya francés. Era 4 de junio de 1938. Jovino vio a los vecinos hacer corro entorno a él. No recordaría el nombre del pueblo ni la ruta que usó para llegar a él, pero estaba en Francia.
 
Explicó quien era. Las autoridades locales lo condujeron a Hendaya en el País Vasco Francés. Fue interrogado y acompañado por el cónsul español a descansar a un hotel.
 
Trece días después acababa una odisea para Jovino. Finalizaba un terrible episodio que pudo, cada día, costarle la vida. De hecho, así le ocurrió a centenares de sus compañeros. Sin embargo, ahora estaba libre. Estaba en Francia.
 
Pero Jovino no se iba a quedar allí. No por el momento. Creyó recuperar todas las fuerzas perdidas con el sueño de una sola noche.
Su mente ya maquinaba cómo hacer para regresar a casa. Pidió ser trasladado a Barcelona, en zona republicana. Sus convicciones eran claras. Ya había servido a la causa republicana durante algunos meses en Asturias y Cantabria.
 
Los suyos seguían peleando y él quería regresar para ayudarles. La prisión de San Cristóbal se lo había impedido en los últimos meses. Pero ahora ya estaba fuera de allí.
 
Fue ubicado en el cuartel de lucha antifascista Karl Marx de Barcelona, donde operó como teniente de Ingenieros, encargado de Transmisiones del 34 Batallón Divisionario de Ametralladoras, en el Segre y en Gerona . “Y ahora, otra vez soldado hasta el fin. Para eso quería salir de aquel infierno”.
 
 
Fuente: La Crónica de León.
 
 
 

20 de mayo de 2013

654. MARIA GOYRI.


Maria Goyri el día de su boda con Ramón Menéndez Pidal

 

 

En un informe emitido desde Segovia a la Junta de Defensa Nacional en 1937 se decía que María Goyri era una de las raíces más robustas de la revolución, una de las mujeres más peligrosas de España que había pervertido a su marido y a sus hijos. Por ello fue apartada de la docencia al terminar la Guerra. Depurada por ser una mujer inteligente y por tanto peligrosa para el régimen.

 

María Torres / 20 mayo 2013

María Goyri fue la primera mujer en obtener una licenciatura en España (Filosofía y Letras, 1896) y la primera en doctorarse en una universidad española en 1909. Algo sorprendente si tenemos en cuenta que no se permitió a las mujeres acceder como alumnas oficialmente a la universidad hasta 1910.
 
El brillante expediente académico de María Goyri se puede examinar a través del Portal de Archivos Españoles (PARES).
 
Cuentan que cuando la imponente María llegó una mañana del mes de octubre de 1893 a la Universidad en su primer día clase, un bedel la estaba esperando y la condujo hasta la sala de profesores donde el decano de Filosofía y Letras le dijo: “Señorita, quedará usted aquí hasta la hora de clase. Yo vendré a recogerla”. Tras estas palabras el Decano abandonó la sala y cerro con llave dejando en ella a María. Cuando llegó la hora de entrar al aula la sacó del encierro y la hizo caminar de su brazo entre dos filas de estudiantes que perplejos veían en esa mujer atlética, alta, rubia y de ojos verdes, lo que era el primer signo de la irrupción de la mujer en la universidad.
 
Un año antes había comenzado a estudiar Filosofía y Letras pero como oyente. El 26 de septiembre de 1893 pidió autorización a la Dirección de Instrucción Pública, dependiente del Ministerio de Fomento, para que se le permitiera matricularse en la Universidad Central, algo insólito entonces. Se aceptó su matrícula, no sin antes pedir informes a todos los catedráticos por si veían alguna sospecha de que la incorporación de Maria Goyri a las aulas pudiera perturbar el orden. La respuesta de los profesores de Metafísica, Historia Universal, Lengua griega, Literatura clásica griega y Latín, fue que no encontraban inconveniente en admitir a María , por lo que el Decano aprobó el 12 de octubre de 1893 la matrícula ordinaria de la que sería la primera Doctora en Filosofía y Letras por una Universidad española pero con condiciones: Debía entrar en el aula junto al catedrático, no podía permanecer en los pasillos ni hablar o sentarse junto a sus compañeros sino en una silla al lado del profesor.
 
María Amalia Vicenta Goyri nació a las ocho y cuarto de la mañana del día 29 de agosto de 1873 en Madrid. De familia vasca, vivió hasta los cinco años en Algorta. Hija de María Amalia Vicente Goyri, madre soltera, mujer inteligente y culta, de profesión costurera y de vocación precursora, fue educada sin tener en cuenta las convenciones de la época. Durante sus primeros años no asistió a ningún colegio. Tuvo como maestra a su madre que estableció para su hija un programa de estudios repleto de horarios y  disciplina, apuntándola en un gimnasio para combatir una artritis de origen tuberculoso que padecía, en una época en la que la gimnasia no estaba destinada a las mujeres por variados tabúes y simbolismos sobre el cuerpo femenino. También fue la única alumna, entre varones, de las clases de dibujo que impartía un viejo profesor y a las que la inscribió su progenitora. A los doce años fue matriculada en la Escuela de Comercio de la Asociación para la Enseñanza de la Mujer, creada en 1870 por Fernando de Castro, entidad pionera de la cultura y liberación femenina hasta que fue silenciada por el régimen en 1939. Curso el Bachillerato en el Instituto Cardenal Cisneros de Madrid, el mismo al que asistió el que más tarde sería su marido, Ramón Menéndez Pidal. Comenzó sus estudios de Filosofía y Letras en 1891, obteniendo el 16 de junio de 1909 el Grado de Doctor con una calificación de sobresaliente. Su tesis versó sobre “La difunta pleiteada” en la Literatura española.
 
Tomó parte en el Congreso Pedagógico Hispano-Portugués-Americano de 1892 celebrado en el Ateneo de Madrid defendiendo públicamente las avanzadas ponencias de Concepción Arenal -que contaba entonces 73 años- y Emilia Pardo Bazán, dos grandes precursoras que sustentaban la revolución en pro de la liberación de las mujeres. Es aquí cuando María se dio a conocer como defensora de los derechos femeninos.
 
Conoció a Ramón Menéndez Pidal, un joven y conservador profesor universitario en la Escuela de Estudios Superiores del Ateneo durante unas conferencias de Marcelino Menéndez Pelayo. María se encontraba preparando su tesis y Ramón elaboraba un estudio sobre la obra de Don Juan Manuel, así que el azar y las aficiones comunes como la literatura, la filología y la historia fueron guiando y consolidando su relación. María comenzó siendo su alumna, un tiempo después su colaboradora, y finalmente se casarón el 5 de mayo de 1900 en la iglesia de San Sebastián de Madrid.
 

María Goyri en del valle del Arbujuelo
(Fotografía:  R. Menéndez Pidal)

Célebre fue su luna de miel a lomos de una mula en tierras del alto Duero siguiendo la ruta del Cid y recopilando romances, ya que según María “para encontrar los romances es necesario ir a sacarlos de su escondite”. En honor al héroe medieval, le pusieron Jimena a su primera hija nacida el 31 de enero de 1901, nombre de leyenda para la que llegaría a ser una de las mejores pedagogas transformadoras de la educación en este país. Posteriormente nació Ramón que falleció en la niñez, y Gonzalo.
 
Aunque María Goyri dedicó su vida a la investigación de Filología e Historia, también participó en las tareas docentes del Instituto Escuela de la Institución Libre de Enseñanza junto a María de Maeztu, elaborando los programas de enseñanza del español para niños de ocho a diez años, e impartió clases de literatura en la Residencia de Señoritas, que compaginaba con sus Crónicas Femeninas en la Revista Popular, donde plasmaba sus “avanzadas” ideas sobre la necesidad de la incorporación de la mujer al trabajo remunerado y la coeducación. Tenía en esta revista como compañeros a Francisco Giner de los Ríos, Joaquín Costa y Julián Besteiro. También colaboró con el protectorado del Niño Delincuente, creado por la Institución Libre de Enseñanza en 1916.
 
María Goyri fue ejemplar hasta en la forma de gestionar sus preferencias espirituales. Mujer que abrazó la discreción en sus asuntos personales y familiares, católica desde su nacimiento, acudía a la iglesia a las seis de la mañana y de forma absolutamente privada. No sabemos si estaba de acuerdo con Don Manuel Azaña cuando pronunció en 1931 aquello de "El auténtico problema religioso no puede exceder los límites de la conciencia personal, porque es en la conciencia personal donde se formula y se responde la pregunta sobre el misterio de nuestro destino".
 
Ramón Menéndez Pidal y María Goyri
Con la llegada de la Guerra en 1936, se truncaron los sueños, la vida y el trabajo de una gran parte de los intelectuales. La familia Menéndez Pidal se refugió en Segovia. En el Archivo General de la Guerra Civil Española consta que desde Burgos, donde estaba la Junta de Defensa Nacional se pidió el 2 de julio de 1937 a las autoridades de Segovia un informe amplio y ecuánime de las actividades así como la ideología política antes del Glorioso Movimiento Nacional de los miembros de la familia Menéndez Pidal-Catalán. «Interesa también sean vigilados de un modo discreto, así como las amistades que operan alrededor de esta familia. En caso de que convenga le sea intervenida la correspondencia».
 
De Ramón Menéndez Pidal señalan: «Presidente de la Academia de la Lengua. Persona de gran cultura, esencialmente bueno, débil de carácter, totalmente dominado por su mujer. Al servicio del Gobierno de Valencia como propagandista en Cuba». En el informe que se remitió a Burgos dicen de María Goyri: «Persona de gran talento, de gran cultura, de una energía extraordinaria, que ha pervertido a su marido y a sus hijos. Muy persuasiva y de las personas más peligrosas de España. Es sin duda una de las raíces más robustas de la revolución».
 
Los Menéndez Pidal (Ramón, María, su hija Jimena y su esposo, Miguel Catalán) fueron apartados de la docencia y silenciados. Intervinieron sus cuentas bancarias y Ramón Menéndez Pidal hubo de emprender un exilio forzoso durante los años de la Guerra mientras la familia se quedaba en España.
 
María Goyri, obligada a abandonar su compromiso con el proyecto educativo de la Segunda República Española, se dedicó hasta el final de su vida a cuidar el archivo familiar y a investigar, recopilar y sistematizar las diferentes versiones de romances de la tradición oral para el Archivo del Romancero. 
 
A pesar de ser una mujer silenciada, antes y después fue soporte imprescindible de Ramón Menéndez Pidal, pero siempre a la sombra de éste a quien cedía todo el protagonismo, nunca estuvo sujeta a las cadenas de la dependencia. A su muerte la magistral biblioteca y el archivo de los Menéndez Pidal quedaron sin su “ama de llaves”. Cuando alguien visitaba a Don Ramón y le solicitaba algún documento para consulta el siempre contestaba lo mismo: "Si estuviera mi mujer, seguro que le ayudaría; ella lo sabía todo".
 
Fue libre a pesar de la época que le toco vivir. Fue libre desde su nacimiento hasta su muerte el 28 de noviembre de 1954, a los 81 años.

 


 



653. Los republicanos españoles otra vez humillados.


 
 
 
A continuación publicamos una carta de Floren Dimas, delegado de AGE para la Región de Murcia, dirigida a la Prensa sobre al acto internacional del pasado 5 de mayo en conmemoración de la liberación del campo de exterminio de Mauthausen.




Sr. Director,

Doy fé de la vergüenza colectiva soportada por los españoles que el pasado día 5 participamos en el acto internacional conmemorativo de la liberación por fuerzas norteamericanas del campo de exterminio de Mauthausen, agradeciéndole tenga por oportuno la publicación de la siguiente Carta al Director. Muchas gracias.
 

“No ha venido el agregado militar desde Berlín porque sería un derroche gastar quinientos euros”. Con esta respuesta se despachó el pasado día 5, un representante de la embajada de España en Viena, a mi reproche por la ausencia de una delegación militar, en los actos del 68 aniversario de la liberación del campo de exterminio de Mauthausen. Fueron testigos todos los españoles de la Amical de Mauthausen y otros colectivos, que a sus expensas fueron los auténticos embajadores de un país que ha negado al reconocimiento jurídico de la condición militar, de los miles de republicanos españoles asesinados por los nazis, así como no haberles devuelto la nacionalidad española arrebatada por el franquismo, que ocasionó su deportación a los campos de exterminio. La práctica totalidad de las delegaciones de los países europeos, además de Cuba, China y los EEUU, enviaron una digna representación militar para rendir los honores de ordenanza, recordando que buena parte de los deportados de nuestro país tenía esta condición. Una humillación más para las víctimas españolas del Holocausto.

 

Floren Dimas
Delegado de AGE para la Región de Murcia
 
 
 

19 de mayo de 2013

652. Ocurrió el 19 de mayo de 1939.


Primer desfile de la Victoria, 19 de mayo de 1939.
La Legión Cóndor sobrevuela Madrid

 
Recuperamos un texto de Enrique Clemente, escrito en el 2006, sobre el primer desfile de la victoria en Madrid del 19 de mayo de 1939. Un acto de demostración y advertencia de los vencedores.
 
 
Enrique Clemente / 2006
 
El llamado desfile de la Victoria que tuvo lugar en Madrid hoy hace 67 años fue una demostración de poder, de culto a la personalidad de Franco y una advertencia a los vencidos de que la Guerra Civil iba a tener una terrible continuación en la posguerra.
 
Caía una fina lluvia sobre la rebautizada avenida del Generalísimo de Madrid (antes, paseo de la Castellana). A las nueve menos cuarto de la mañana, con uniforme militar, camisa azul de la Falange y boina roja de los carlistas llegaba Franco a la alta tribuna desde donde iba a presidir el desfile de la Victoria. A su izquierda estaba el Gobierno en pleno uniformado, excepto el ministro de Justicia; el cardenal Gomá, primado de España, y el gran visir de Marruecos. A su derecha, los generales Varela, Queipo de Llano, Cervera y Kindelán, entre otros.
 
El locutor Fernando Fernández de Córdoba (el mismo que había leído el 1 de abril el famoso parte que ponía fin a la Guerra Civil, «cautivo y desarmado...») comenzaba su retransmisión para Radio Nacional recitando la Marcha triunfal de Rubén Darío.
 
Antes de que se iniciara la parada militar, el general Varela, único bilaureado del Ejército español, impuso al «invencible Caudillo» la máxima condecoración militar española, la Gran Cruz Laureada de San Fernando. Tras de lo cual dio comienzo en el Madrid «reconquistado a los enemigos de España» ¿como decía la prensa? un impresionante desfile, encabezado por el jefe del Ejército del Centro, general Saliquet. Alcanzó veinticinco kilómetros de longitud, duró cinco horas, participaron 120.000 soldados y asistieron medio millón de madrileños.
 
Los que primero partieron fueron los Carabinieri, seguidos de un batallón de camisas negras italianos con sus dagas levantadas en saludo romano. El desfile lo cerró la Legión Cóndor, a cuyo frente estaba el general Von Richthofen. Es decir, los representantes de las dos potencias que contribuyeron decisivamente al triunfo franquista.
 
Desfilaron tropas regulares españolas, falangistas, requetés que portaban grandes crucifijos, legionarios y mercenarios marroquíes. Todos ellos llevaban banderas acribilladas durante la Guerra Civil. Curiosamente marchó también una milicia de caballería de señoritos andaluces montados en los caballos en los que solían jugar al polo y en sus costosos corceles árabes. En el cielo una formación de biplanos dibujaba en el aire «Viva Franco» y otro aeroplano escribía con humo el nombre del Caudillo.
 
«El desfile (relataba el inventor del fascismo español, Giménez Caballero, en Arriba) ha sido un milagro. Milagro que sólo tiene un nombre: ¡Franco, Franco, Franco!».
 
Concluida la parada militar, se hizo el silencio cuando Fernández de Córdoba anunció: «Españoles, habla el Caudillo». Franco pronunciaba su primer discurso a los madrileños y advertía de lo que iba a venir: «Terminó el frente de la guerra, pero sigue la lucha en otro campo. La victoria se malograría si no continuásemos con la tensión y la inquietud de los días heroicos, si dejásemos libertad de acción a los eternos disidentes, a los rencorosos, a los egoístas, a los defensores de la economía liberal». Acabada la guerra, no llegó la paz, sino una terrible represión.
 
El dictador fue aclamado durante el trayecto que le condujo en coche descubierto hasta el palacio de Oriente, donde se celebró un almuerzo. Al día siguiente, recibía la bendición de la Iglesia. El Caudillo entró en la iglesia de Santa Bárbara bajo palio, trato que estaba reservado al Santísimo Sacramento y a los reyes. El momento culminante se produjo cuando depositó su espada victoriosa ante el Cristo de Lepanto traído de Barcelona.